Por qué no podemos olvidar la importancia cultural de los rituales al tratar las enfermedades infecciosas

People out for a walk during the Covid 19 Pandemic in Milan.
Diseases have had a devastating effect on human populations throughout history.Image: Unsplash/ Matteo Jorjoson
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  • A lo largo de la historia, las enfermedades han tenido efectos devastadores en las poblaciones humanas y han causado más muertes que todas las guerras juntas.

  • Los efectos de estos brotes han obligado a introducir cambios culturales a lo largo de la historia, ya desde la época de los hititas, hace más de 3.000 años.

  • Los rituales que se basan menos en estudios científicos son muy importantes para culturas de todo el mundo, y es importante asegurarse de que puedan coexistir con la investigación científica.

En su obra clásica de 1954, The Gift, el antropólogo Marcel Mauss describió una práctica inusual de intercambio de regalos entre los maoríes. Se creía que quienes no correspondían a los regalos eran vulnerables a las enfermedades e incluso a la muerte. De este modo, los rituales de dar y recibir se vinculaban con creencias sobre la enfermedad, que ocupaba un lugar central en las interacciones culturales.

En la sociedad occidental moderna, por el contrario, muchas personas consideran las infecciones únicamente amenazas biológicas para la salud y el bienestar, en vez de elementos esenciales de las creencias y del cambio cultural. Algunas personas creen que los brotes de nuevas enfermedades infecciosas son algo con lo que los seres humanos periódicamente simplemente tienen que lidiar.

Pero, como muestra el ejemplo de los maoríes, las enfermedades no son solo una amenaza para nuestras vidas. También son un estímulo complejo e infravalorado del cambio cultural.

Se considera que los brotes son algo con lo que simplemente tenemos que lidiar periódicamente.Image: Ritchie B. Tongo/EPA

A lo largo de la historia, las enfermedades han tenido efectos devastadores en las poblaciones humanas. Si consideramos en conjunto la historia de los brotes infecciosos —desde la peste de Pericles en la antigua Atenas hasta la COVID-19 actual—, las enfermedades infecciosas han causado más muertes que todas las guerras juntas.

De hecho, las enfermedades infecciosas suelen aprovechar las condiciones creadas por la guerra. Durante las guerras napoleónicas, ocho veces más soldados del ejército británico murieron por enfermedades que por heridas de batalla. Y, debido a las enormes amenazas que plantean estos organismos, sumadas a nuestra histórica —y, podría decirse, aún vigente— falta de comprensión sobre ellos, las culturas han desarrollado una gran cantidad de rituales para responder a las enfermedades.

En algunos de los primeros registros históricos, las leyes relativas a las enfermedades formaban parte de la vida cotidiana. Por ejemplo, entre los hititas, que alcanzaron el apogeo de su poder en Anatolia (la actual Turquía) hace más de 3.000 años, deshacerse de forma incorrecta de los restos de un ritual de purificación realizado a una persona enferma se consideraba brujería, una falta grave entonces, como en muchas culturas. Y hoy, en Bihar, India, muchas costumbres tradicionales relacionadas con la higiene, como las que se practican durante el parto, concuerdan con las recomendaciones médicas modernas.

La purificación, o eliminación de las sustancias consideradas impuras, también ha desempeñado un papel central en muchas de las religiones más extendidas, como el hinduismo, el judaísmo y el islam; y pocos científicos actuales, si es que los hay, cuestionarían la importancia de la higiene personal para mantenerse sano. Resulta interesante, entonces, que los rituales de purificación de cada una de estas religiones se hayan asociado con riesgos de infección, desde la anquilostomiasis hasta el herpes.

Esto pone de relieve el posible conflicto entre los rituales y las conductas basadas en la ciencia, y crea la ilusión de que son cosas distintas. Sin embargo, los rituales pueden surgir porque ayudan a las personas a evitar enfermedades o, como muestra el ejemplo de los maoríes, a reforzar los vínculos sociales entre grupos.

El comportamiento ritual puede empezar a ser perjudicial cuando las personas lo adoptan en nuevos entornos, o incluso cuando cambian los entornos en los que se practican los rituales. Por ejemplo, aunque bañarse es esencial para prevenir muchas enfermedades, realizar rituales de purificación en fuentes de agua contaminadas, como el río Ganges en India, puede ser extremadamente peligroso.

Desajuste cultural

Cuando se rompe el vínculo entre las prácticas rituales y sus beneficios para la salud, podríamos llamar, siguiendo al economista Nathan Nunn, «desajustes culturales» a los comportamientos que nos perjudican: «desajustes culturales». Y cuando la investigación científica nos ayuda a identificar estos desajustes —como bañarse en aguas contaminadas—, debemos adaptar nuestras prácticas.

En cada una de las innumerables religiones y culturas que han surgido y decaído durante los últimos milenios, las creencias y los rituales que requieren amplios conocimientos culturales compartidos rodean nuestra relación con las enfermedades. La gente no empezó a usar la expresión «resfriarse», centenaria, porque alguien entendiera la teoría de los gérmenes, sino por una comprensión popular de las circunstancias en las que la gente enferma. En este caso, como en tantos otros, la investigación científica actual coincide con esa comprensión popular, lo que pone de relieve cuánto podemos aprender de la ciencia de nuestros antepasados.

Por último, la estrecha relación entre las enfermedades y las culturas humanas puede ayudar a comprender las normas que las rodean e incluso los comportamientos peligrosos que observamos en torno a la COVID-19. Como en algunos sectores de la sociedad occidental hay poca confianza en la ciencia, la gente recurre a métodos sin respaldo científico para combatir el SARS-CoV-2. A pesar de la falta de pruebas, algunas personas han recurrido al ajo, la vitamina D e incluso a la lejía para protegerse.

Si lo pensamos bien, esta dependencia de ideas acientíficas —o incluso mágicas— quizá sea menos científica que la conducta que hemos documentado entre los hititas, quienes acusaban a otros de brujería. Al menos en el caso de los rituales de purificación vinculados con una buena higiene —y a diferencia de beber lejía—, es casi seguro que los beneficios en forma de prevención de enfermedades han superado los costes.

Conocer estos paralelismos es una herramienta importante para ayudar a la gente a entender que la ciencia no tiene por qué entrar en conflicto con los rituales y que, de hecho, ambas están inextricablemente relacionadas. Pero debemos adaptar a la luz de la ciencia los rituales que no encajan y abandonar o actualizar los que nos perjudican. Unir el estudio de las enfermedades al de la cultura puede ayudarnos a comprender mejor ambos.

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