La eficacia de una vacuna refleja cómo funcionó en una muestra aleatoria (o en una población elegida específicamente) durante un ensayo clínico.
La efectividad, en cambio, se refiere a su uso en circunstancias reales, según explican los expertos de Yale Medicine.
Lo más importante es que el mayor número posible de personas se vacune, con la vacuna que elijan, para frenar la propagación del virus.
El término «eficacia» se utiliza con frecuencia en artículos sobre las vacunas contra la COVID-19. Pero ¿qué significa? ¿Por qué no emplean simplemente la palabra «eficaz»?
Si consultamos un diccionario, estas dos palabras tienen significados parecidos: ambas describen la capacidad de producir un efecto o un resultado deseado. Sin embargo, los médicos y los investigadores utilizan estos términos de forma más precisa. En el contexto de la COVID-19, ambos términos representan el porcentaje de reducción de la infección sintomática entre las personas vacunadas; en realidad, la principal diferencia entre ellos radica en el contexto en que se miden.
Eficacia: Resultado medible clínicamente que se obtiene en condiciones ideales o controladas, como en un ensayo clínico. Algunas de esas condiciones controladas pueden incluir, por ejemplo, que los participantes del ensayo hayan sido seleccionados cuidadosamente o que se les hayan dado instrucciones específicas para reducir su riesgo de infección.
En un ensayo clínico aleatorizado, en el que los voluntarios reciben de forma aleatoria una vacuna o un placebo, una eficacia del 80 % significa que las personas que recibieron la vacuna tenían un riesgo un 80 % menor de contraer la enfermedad en cuestión que las del grupo placebo (que no recibieron la vacuna). Más adelante se explica este cálculo.
Efectividad: Se utiliza cuando el resultado se obtiene en circunstancias normales, en el mundo real. Dado que las condiciones del mundo real existen fuera del entorno estrictamente controlado de un ensayo clínico, las cifras de efectividad son más difíciles de prever y pueden ser inferiores a las de eficacia.
Esto se debe a que múltiples factores pueden influir en el grado de protección que una vacuna ofrece a una persona concreta en el mundo real, entre ellos la edad, las enfermedades preexistentes y los antecedentes de infecciones previas. Otros factores pueden ser el nivel de actividad de la enfermedad en una localidad o en un lugar de trabajo, y la aparición de nuevas variantes, como ocurre con el SARS-CoV-2, que reaccionan de forma distinta a la vacuna que la cepa original del virus.
Eficacia frente a efectividad de las vacunas contra la COVID-19
Estas dos palabras aparecen con frecuencia en las informaciones periodísticas sobre los numerosos estudios que han evaluado la eficacia de las vacunas para prevenir la COVID-19. Por ejemplo, la vacuna de Pfizer-BioNTech alcanzó una eficacia del 95 % en los ensayos clínicos que llevaron a que fuera la primera vacuna en obtener una autorización de uso de emergencia (EUA) de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) en diciembre de 2020.
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Unos meses después, en febrero de 2021, se demostró que la vacuna de Pfizer-BioNTech también ofrecía una sólida protección a sus receptores en el mundo real; tenía una efectividad del 94 % frente a la enfermedad sintomática (tras dos dosis de la vacuna) en un estudio realizado en Israel, publicado en The New England Journal of Medicine.
Es importante tener presente que la eficacia de una vacuna refleja cómo funcionó en un grupo aleatorio de personas (o en una población elegida específicamente) durante un ensayo clínico; el rendimiento de la vacuna en condiciones reales puede ser ligeramente diferente.
Una eficacia del 80 % no significa que tenga un 20 % de probabilidades de enfermar
Una idea errónea muy extendida es que la eficacia se relaciona con el porcentaje de probabilidad de infección de una persona; algunas personas creen erróneamente que, si una vacuna tiene una eficacia del 80 %, quienes la reciben solo tendrán un 20 % de probabilidades de infectarse.
En realidad, la eficacia significa que, entre las personas del ensayo clínico, quienes recibieron la vacuna tuvieron un riesgo un 80 % menor de desarrollar la enfermedad que el grupo que recibió el placebo. Este porcentaje se calcula comparando el porcentaje de casos de la enfermedad en el grupo vacunado con el del grupo placebo (es decir, el grupo que no recibió ninguna vacuna) una vez finalizado el ensayo.
Por ejemplo: imaginemos que hay 100 personas en el grupo de la vacuna y 100 en el grupo placebo. Si 10 personas del grupo placebo se infectan, pero solo 2 del grupo vacunado enferman, significa que la vacuna ha reducido las probabilidades de enfermar en un 80 %; por tanto, se considera que tiene una eficacia del 80 %.
Aunque ayuda comprender el lenguaje, los expertos señalan que el enfoque principal, más importante que la eficacia o la efectividad de una vacuna concreta, es que el mayor número posible de personas se vacune, con la vacuna que elijan. Esto podría contribuir a frenar la propagación del virus, reducir el número de casos y de muertes, y generar un grado de inmunidad de grupo en la población en su conjunto.
Para obtener la mejor protección individual, conviene vacunarse y seguir las recomendaciones de los CDC sobre el uso de mascarillas, el distanciamiento social, quedarse en casa cuando se está enfermo y conocer el nivel de actividad del virus en la comunidad.


