El administrador naval británico del siglo XVII Samuel Pepys llevó un diario en la década de 1660, en el que incluyó sus notas sobre un brote de peste bubónica.
Desde los consejos contradictorios de salud pública hasta la sensación de paranoia y miedo, hay similitudes entre la vida en el siglo XVII y la pandemia de COVID-19 actual.
A principios de abril, la escritora Jen Miller instó a los lectores de The New York Times a empezar un diario sobre el coronavirus.
«Quién sabe», escribió ella, «quizá algún día tu diario ofrezca una valiosa ventana a este periodo».
Durante otra pandemia, un administrador naval británico del siglo XVII llamado Samuel Pepys hizo precisamente eso. Llevó meticulosamente un diario de 1660 a 1669: un periodo que incluyó un grave brote de peste bubónica en Londres. Las epidemias siempre han acechado a la humanidad, pero rara vez podemos asomarnos con tanto detalle a la vida de una persona durante una crisis ocurrida hace tanto tiempo.
En el Londres del siglo XVII no había reuniones por Zoom, pruebas desde el automóvil ni respiradores. Pero el diario de Pepys revela sorprendentes similitudes en la forma en que la gente respondió a la pandemia.
Una sensación de crisis que se va apoderando
Para Pepys y los habitantes de Londres, era imposible saber si el brote de peste que se produjo en la parroquia de St. Giles, una zona pobre situada fuera de las murallas de la ciudad, a finales de 1664 y principios de 1665 se convertiría en una epidemia.
La peste cobró suficiente importancia en la conciencia de Pepys como para que anotara algo en su diario el 30 de abril de 1665: «Hay grandes temores por la enfermedad aquí en la ciudad», escribió, «pues se dice que ya han clausurado dos o tres casas. Que Dios nos proteja a todos».
Pepys siguió con su vida normal hasta principios de junio, cuando vio por primera vez con sus propios ojos casas «clausuradas» —el término que sus contemporáneos usaban para la cuarentena—, «marcadas con una cruz roja en las puertas y con las palabras “Señor, ten piedad de nosotros” escritas allí». A partir de entonces, el brote empezó a preocuparle cada vez más.
Pronto vio cadáveres transportados por las calles para ser enterrados, y varios conocidos suyos murieron, incluido su propio médico.
A mediados de agosto, redactó su testamento y escribió: «Espero que mi alma esté en mucho mejor estado si al Señor le place llamarme en este tiempo de enfermedad». Más adelante, ese mismo mes, escribió sobre las calles desiertas; los peatones con quienes se cruzaba «caminaban como personas que se habían despedido del mundo».
Seguimiento de las cifras de mortalidad
En Londres, la Compañía de Escribanos Parroquiales imprimía los «boletines de mortalidad», los recuentos semanales de entierros.
Como estas listas registraban los entierros de Londres —y no las muertes—, sin duda contabilizaban menos fallecidos de los que hubo. Igual que hoy seguimos de cerca estas cifras, Pepys documentó en su diario el aumento del número de víctimas de la peste.
A finales de agosto, citó el boletín de mortalidad, que registraba 6.102 víctimas de la peste, pero temía «que el número verdadero de muertos esta semana se acerque a 10.000», sobre todo porque no se contaba a las víctimas entre los pobres de la ciudad. Una semana después, anotó la cifra oficial de 6.978 en una semana: «un número de lo más espantoso».
A mediados de septiembre, todos los intentos por controlar la peste estaban fracasando. No se hacían cumplir las cuarentenas, y la gente se congregaba en lugares como la Bolsa Real. En resumen, no se practicaba el distanciamiento social.
También le alarmaba que la gente asistiera a funerales pese a las órdenes oficiales. Aunque se suponía que las víctimas de la peste debían ser enterradas de noche, el sistema también se vino abajo, y Pepys se quejó de que los entierros se hacían «a plena luz del día».
En busca desesperada de remedios
Se conocen pocas opciones de tratamiento eficaces para la COVID-19. La investigación médica y científica requiere tiempo, pero quienes se han visto gravemente afectados por el virus están dispuestos a probar cualquier cosa. Se han propuesto tratamientos fraudulentos, desde infusiones y plata coloidal, hasta coñac y orina de vaca.
Aunque Pepys vivió durante la Revolución Científica, en el siglo XVII nadie sabía que la bacteria Yersinia pestis —transportada por las pulgas— causaba la peste. En cambio, los científicos de la época teorizaron que la peste se propagaba a través de miasmas, o «aire viciado» generado por materia orgánica en descomposición y reconocible por su mal olor. Algunas de las medidas más populares para combatir la peste consistían en purificar el aire fumando tabaco o sosteniendo hierbas y especias delante de la nariz.
El tabaco fue el primer remedio que buscó Pepys durante el brote de peste. A principios de junio, al ver casas clausuradas, «me llevó a pensar mal de mí mismo y de mi olor, así que tuve que comprar tabaco en cuerda para olerlo… y masticarlo». Más tarde, en julio, una noble benefactora le regaló «una botella de agua contra la peste», un medicamento elaborado con diversas hierbas. Pero no estaba seguro de que nada de aquello fuera eficaz. Tras participar en una conversación en una cafetería sobre «la peste que avanza en esta ciudad y los remedios contra ella», solo pudo concluir que «unos dicen una cosa y otros, otra».
Durante el brote, a Pepys también le preocupaba mucho su estado de ánimo; mencionaba constantemente que intentaba mantener el buen ánimo. No se trataba solo de intentar «que no le afectara», como diríamos hoy, sino que también se inspiraba en la teoría médica de la época, según la cual un desequilibrio de los llamados humores del cuerpo —sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema— provocaba enfermedades.
La melancolía —que, según los médicos, se debía a un exceso de bilis negra— podía ser perjudicial para la salud, así que Pepys intentaba reprimir las emociones negativas. Por ejemplo, el 14 de septiembre escribió que enterarse de la muerte de amigos y conocidos «me causa una gran aprensión de melancolía… Pero aparto los pensamientos tristes todo lo que puedo».
Equilibrar la paranoia y el riesgo
Los seres humanos somos animales sociales y prosperamos con la interacción, así que no sorprende que a tantos les haya resultado difícilmantener el distanciamiento social durante la pandemia de coronavirus. Puede exigir una evaluación constante del riesgo: ¿A qué distancia estamos demasiado cerca? ¿Cómo podemos evitar el contagio y mantener a salvo a nuestros seres queridos sin perder la cordura? ¿Qué debemos hacer si alguien de nuestra casa empieza a toser?
Durante la peste también abundaba este tipo de paranoia. Pepys observó que, cuando salía de Londres y entraba en otras ciudades, sus habitantes se ponían visiblemente nerviosos ante la llegada de visitantes.
«Temen a quienes vamos a verlos», escribió a mediados de julio, «hasta el punto de que me aflige».
El propio Pepys sucumbió a la paranoia: a finales de julio, su criado Will empezó a tener de repente dolor de cabeza. Temiendo que clausuraran toda su casa si un criado contraía la peste, Pepys movilizó a los demás criados para sacar a Will de la casa lo antes posible. Resultó que Will no tenía la peste y regresó al día siguiente.
A principios de septiembre, Pepys se abstuvo de ponerse una peluca que había comprado en una zona de Londres donde la enfermedad era muy prevalente, y se preguntó si otras personas también temerían llevar pelucas porque quizá estuvieran hechas con el cabello de víctimas de la peste.
Y, sin embargo, estaba dispuesto a arriesgar su salud para satisfacer ciertas necesidades; a principios de octubre visitó a su amante sin preocuparse por el peligro: «Por todos lados, incluso al lado, hay peste, pero no le di importancia y allí hice lo que pude con ella».
Así como hoy la gente de todo el mundo espera con ansias que baje el número de muertos como señal de que la pandemia remite, Pepys también encontró esperanza —y quizá el impulso para ver a su amante— en el primer descenso de las muertes a mediados de septiembre. Una semana después, anotó una reducción considerable de más de 1.800.
Esperemos que, como Pepys, pronto veamos algo de luz al final del túnel.




