Estados Unidos ha registrado una caída del 50 % en la tasa de natalidad entre 1950 y 2021, pasando de 25 nacimientos por cada 1000 personas a 12.
Las oportunidades económicas, las normas sociales y el cambio de los roles de género explican en parte por qué la fecundidad se ha ralentizado a finales del siglo XX y principios del XXI.
Por ejemplo, en 1950, solo el 5,2 % de las mujeres había completado cuatro años de universidad o más. En 2020, esta proporción aumentó hasta el 38,3 %.
La disminución del crecimiento de la población en Estados Unidos entre 2010 y 2020 forma parte de una tendencia nacional más amplia vinculada a la caída de la natalidad, pero también a los cambios en la inmigración y a otros factores. En mayo de 2021, la magnitud de ese cambio quedó patente, con un mínimo histórico de 55,8 nacimientos por cada 1000 mujeres en edad fértil en 2020, lo que supone una caída del 4 % con respecto a 2019. Otros países se enfrentan a ralentizaciones similares en el crecimiento de la población.
Este cambio se viene produciendo en Estados Unidos desde hace muchos años.
A principios del siglo XX, mi abuelo creció en una familia de nueve hijos en el medio rural de Iowa. Todos trabajaban duro para mantener la granja y sostener a la familia. Algunos de los hijos abandonaron la granja para estudiar en la universidad, formar sus propias familias y encontrar trabajo en otros lugares. Mi padre creció en una ciudad y, de adulto, trabajó para mantener a su familia como único sostén económico.
La siguiente generación, la de los baby boomers, creció durante un período de expansión económica que coincidió con un aumento de la fecundidad, es decir, el número medio de hijos que tiene una mujer en edad fértil. Las generaciones posteriores a los baby boomers han tenido menos hijos, lo que ha contribuido a una caída del 50 % de la tasa de natalidad en Estados Unidos entre 1950 y 2021, pasando de 25 nacimientos por cada 1000 personas a 12.
Las oportunidades económicas, las normas sociales y el cambio de los roles de género (en especial, la ampliación de las opciones educativas y laborales para muchas mujeres) ayudan a explicar por qué la fecundidad se ha ralentizado a finales del siglo XX y principios del XXI. Este cambio tiene repercusiones en las tendencias del número de trabajadores, el empleo, la atención sanitaria, la vivienda y la educación.
Explicación de la caída de la fecundidad
Cada generación vive circunstancias únicas que afectan a la fecundidad. Sin embargo, la tendencia general a la baja de la natalidad se debe en gran medida a los cambios en el papel de la mujer, a las transformaciones del empleo y a los avances en salud reproductiva.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos experimentó un rápido cambio en los roles de género con la ampliación de la educación de las mujeres y su incorporación al mercado laboral. A partir del período del baby boom, de 1946 a 1964, muchas mujeres de clase media y alta tuvieron más oportunidades de cursar estudios más allá de la educación secundaria, que hasta entonces solía marcar el final de su formación académica.
En 1950, solo el 5,2 % de las mujeres había completado cuatro años de universidad o más. En 2020, esta proporción aumentó hasta el 38,3 %.
En comparación, el 7,3 % de los hombres había completado al menos cuatro años de universidad en 1950, y el 36,7 % en 2020, un aumento menor que el de las mujeres.
El aumento de la educación universitaria y la creciente participación de las mujeres en el empleo tienden a retrasar la maternidad. Las mujeres con mayor nivel educativo, especialmente las que no están casadas, tienden a posponer la maternidad hasta principios de los treinta años.
Además, los avances médicos y la aprobación por parte de los organismos reguladores federales de la píldora anticonceptiva en la década de 1960 ampliaron la libertad reproductiva de las mujeres.
Esta situación contribuyó a que las mujeres fueran madres a una edad más avanzada. Por ejemplo, la edad mediana de las primerizas nacidas en 1960 fue de 22,7 años, frente a 20,8 años en el caso de las mujeres nacidas en 1935.
Además, la tasa de natalidad adolescente alcanzó un mínimo histórico en 2019, con 16,7 nacimientos por cada 1000 niñas y mujeres de entre 15 y 19 años. Sin embargo, las tasas siguen siendo más altas entre las adolescentes latinas y negras que entre las blancas o asiáticas. Por el contrario, la proporción de mujeres de entre 40 y 44 años que alguna vez han tenido hijos aumentó del 82 % en 2008 al 85 % en 2018. Las mujeres nacidas en el extranjero tienden a tener tasas de natalidad más altas que las nacidas en Estados Unidos.
La ubicación geográfica también revela importantes diferencias en la tasa de natalidad de Estados Unidos. Las mujeres de Nueva Inglaterra tienen menos hijos, en parte por su mayor nivel educativo. En cambio, las mujeres del sur y de las Grandes Llanuras presentan algunas de las tasas de natalidad más altas del país.
Por último, la incertidumbre económica afecta a las tendencias de fecundidad. Los economistas calculan que una familia gastará de media 233 610 dólares por hijo antes de que cumpla 18 años. La agitación financiera durante la Gran Recesión, de 2007 a 2009, también contribuyó a la caída de la natalidad, mientras que la pandemia de COVID-19 provocó una caída del 4 % de la tasa de fecundidad en 2020, la más baja desde 1979.
Una mirada al futuro
Menos bebés y menos jóvenes, junto con una población cada vez más envejecida, afectarán sin duda a las generaciones futuras.
Varios países desarrollados de Europa también han experimentado descensos de la tasa de fecundidad, con amplios impactos sociales y económicos. En Italia, por ejemplo, el rápido descenso de la fecundidad ha provocado el cierre de hospitales y escuelas. En 2019, la familia italiana media tenía 1,2 hijos, parte de una tendencia a la baja desde la década de 1960, cuando era más habitual que las familias tuvieran cuatro hijos. Como resultado, el porcentaje de personas mayores en Italia es solo superado por Japón, con una creciente preocupación por el suministro futuro de mano de obra.
En Estados Unidos, las tasas de fecundidad más bajas se traducen en menos personas en edad laboral y en posibles escasez de mano de obra en muchos sectores de la economía. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, el porcentaje de personas de 65 años o más ha aumentado, con un incremento de un tercio desde 2010.
Muchos economistas y científicos sociales recomiendan reestructurar el trabajo para apoyar y retener al número cada vez menor de trabajadores. Entre estas recomendaciones figuran condiciones laborales más flexibles, acceso a servicios de cuidado infantil de calidad y asequibles, una reforma de la inmigración y la seguridad en el empleo. Varias de estas medidas proporcionarían un apoyo muy necesario a los padres y, en particular, a las mujeres en el mercado laboral.
En segundo lugar, los espacios habitables y la vivienda residencial también podrían tener que adaptarse a esta creciente población de mayor edad, con modalidades como la vida asistida, las comunidades de jubilados y fórmulas que permitan envejecer en el propio domicilio. Estos cambios en la vivienda beneficiarían en particular a las mujeres, que viven más años que los hombres.
En tercer lugar, los servicios sanitarios, como los seguros, la atención médica y el empleo, tendrán que adaptarse a estos cambios demográficos, ya que se necesitan más recursos para atender a una población mayor.
Por último, la caída de las tasas de fecundidad es una preocupación creciente para educadores y responsables políticos. El llamado “precipicio demográfico” provocará inevitablemente el cierre y la consolidación de escuelas, así como un descenso de la captación y la matriculación de estudiantes en Estados Unidos. Una proyección indica que habrá un 10 % menos de estudiantes universitarios en 2054 que en la actualidad.
La caída general de las tasas de fecundidad tiene efectos de largo alcance en la sociedad y en las generaciones futuras. A principios del siglo XX, la educación universitaria y una carrera profesional no eran opciones para mujeres como mi bisabuela. Los avances en salud reproductiva y el creciente acceso de las mujeres a la educación y al empleo han dado lugar a un cambio demográfico con implicaciones para el trabajo, la vivienda, la atención sanitaria y la educación.

