Una visión integral de la buena salud debe reconocer sus determinantes sociales.
La COVID-19 ha dejado al descubierto estas desigualdades, pero también puede ser un catalizador del cambio necesario.
Podemos impulsar este cambio aprovechando la energía y la determinación de los jóvenes de todo el mundo.
En todo el mundo hay 1.200 millones de personas de entre 10 y 19 años, de las cuales casi el 90 % vive en países de ingresos bajos y medios. Merecen recibir educación y tener acceso a la atención sanitaria para conservar sus capacidades, ser productivas y estar empoderadas.
A medida que exploramos los elementos del bienestar integral, la salud mental también ha surgido como una preocupación creciente. UNICEF estima que uno de cada cinco adolescentes de todo el mundo sufrirá un trastorno mental cada año. La depresión representa la mayor parte de la carga de enfermedad entre las personas de 15 a 19 años, y el suicidio es una de las tres principales causas de muerte entre las personas de entre 15 y 35 años. Es posible que la llegada de la COVID-19 haya elevado aún más estas cifras. Debemos reflexionar sobre los elementos que contribuyen a esta carga de enfermedad si queremos abordar adecuadamente esta necesidad creciente.
El verdadero paradigma de la salud: los determinantes sociales
Actualmente, vemos la salud principalmente en relación con la enfermedad. Una persona enferma y debe recibir tratamiento para recuperar la salud. La mayoría de nuestros sistemas sanitarios actuales se centran en este proceso de curación. Sin embargo, es importante tener en cuenta que el otro aspecto de la atención sanitaria es el cuidado, que incluye la prevención y el mantenimiento de la salud, tanto a nivel individual como colectivo. Según la OMS, «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades»; por ello, depende de una multitud de factores biológicos y socioambientales. Al considerar la salud individual, deben reconocerse los determinantes sociales de la salud (DSS), que, en última instancia, se refieren a las condiciones en las que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen, así como al conjunto más amplio de fuerzas que configuran las condiciones de la vida cotidiana.
Cada vez hay más pruebas de que los factores sociales tienen una influencia desproporcionada en la salud. Los niños son especialmente sensibles a sus circunstancias sociales y, en el caso de los jóvenes de más edad, estas pueden ser particularmente decisivas. Sin embargo, podría decirse que el impacto más significativo de los DSS en la salud se observa en las poblaciones más vulnerables, sobre todo en relación con la educación y el nivel de ingresos. Cuando no se reconocen los determinantes sociales de la salud, pueden surgir la discriminación, las disparidades y la desesperanza; debemos aprovechar las circunstancias actuales para recordar hasta qué punto nuestra salud está determinada por nuestros medios de vida.
La COVID-19 nos ha mostrado la magnitud de las desigualdades en salud
Varios estudios han examinado el efecto de las variables sociales en la salud; algunos atribuyen hasta el 50 % de las muertes en Estados Unidos a una combinación diversa de factores conductuales y sociales. No es difícil imaginar que los ingresos, la educación y la situación laboral de una persona afectan necesariamente sus conductas relacionadas con la salud. Dada la estrecha relación entre la salud y las circunstancias sociales, no sorprende que la COVID-19 se haya propagado entre las poblaciones desatendidas, extendiéndose rápidamente por las brechas sociales creadas por las desigualdades sistémicas y estructurales.
Los efectos de los DSS se perciben en la mayoría de los países del mundo, y los resultados de salud difieren claramente entre las clases sociales. Se ha demostrado que la protección social y el empleo, la educación y la vivienda contribuyen de manera significativa a las desigualdades en salud tanto en Sudáfrica como en Italia. Sin embargo, la forma más sencilla de observar el efecto de la COVID-19 en la equidad social es analizar la raza en Estados Unidos, donde la morbilidad y la mortalidad relacionadas con la COVID-19 son desproporcionadamente más altas en la población negra. Un análisis de los casos de COVID-19 en Nueva York, epicentro de la pandemia en Estados Unidos, mostró que las tasas de mortalidad ajustadas por edad entre los pacientes negros e hispanos duplicaban las de pacientes blancos y asiáticos comparables. Este patrón se observa en muchos estados del sur. Se han registrado cambios similares en varias otras regiones de Europa y África, y la relación entre los resultados de salud y el nivel socioeconómico persiste cuando los países son la unidad de análisis.
Estas disparidades se han atribuido a una mayor concentración de personas que viven y trabajan hacinadas, dependen del transporte público y carecen de acceso a equipos de protección. Como era de esperar, estas comunidades registran las tasas más altas de infección por COVID-19. Además, es probable que presenten una mayor incidencia de enfermedades preexistentes —como hipertensión, diabetes y obesidad—, a menudo debido a factores estructurales y ambientales, como el escaso acceso a la atención sanitaria y la educación.
La COVID-19 nos ha obligado a innovar rápidamente, como demuestra la transformación casi de la noche a la mañana de la atención sanitaria en un sector habilitado por la tecnología. Nos corresponde abordar con la misma urgencia las disparidades sociales en los resultados de salud.
Mejorar la salud abordando las desigualdades sociales: el papel de la juventud
Al procurar mejorar la salud abordando sus determinantes sociales, debemos aprovechar el poder, la energía y el propósito colectivos de los jóvenes, que desempeñan un papel fundamental en el diseño y la configuración del futuro. El Grupo Principal de las Naciones Unidas para la Infancia y la Juventud afirma que los jóvenes sanos y empoderados pueden ser una fuerza impulsora significativa para lograr sociedades equitativas y economías prósperas.
Sir Michael Marmot, referente en el ámbito de las desigualdades en salud y presidente de la Comisión de la OMS sobre Determinantes Sociales de la Salud (CSDH) en 2005, ha dicho: «Entre las personas de 30 años o más, si la tasa de mortalidad de todas aquellas sin título universitario se redujera hasta igualar la de quienes sí lo tienen, habría 202.000 muertes prematuras menos cada año. Sin duda, es un objetivo por el que vale la pena esforzarse». Ahora es el momento adecuado para actuar. Debemos implicar a los actores tradicionales del sector sanitario en la cocreación de la salud del futuro, definiendo resultados de salud claros que puedan alcanzarse mediante la creación de estructuras sociales que hagan posible la salud para todos. La Comunidad Global Shapers se ha comprometido con esta misión al diseñar los Objetivos de Salud Juvenil, una brújula que orienta a la juventud en su conjunto hacia una sociedad con mayor equidad en salud. Mientras buscamos orientarnos en el Gran Reinicio de los tiempos modernos, aprovechemos el poder de la juventud para renovar la salud con un espíritu inspirado, innovador e inclusivo. Puede que esta sea nuestra única oportunidad.