La conciencia tiene una nueva teoría

A tourist wearing a jacket sit at the beach in South Beach Miami, Florida January 11, 2010. Frigid temperatures below the freezing mark have not been seen in south Florida in 30 years. REUTERS/Carlos Barria (UNITED STATES - Tags: ENVIRONMENT SOCIETY TRAVEL) - GM1E61C02U901
All things in our universe are constantly in motion.Image: REUTERS/Carlos Barria
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¿Por qué mi conciencia está aquí, mientras que la tuya está allí? ¿Por qué el universo está dividido en dos para cada uno de nosotros, entre un sujeto y una infinidad de objetos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros constituye su propio centro de experiencia y recibe información sobre el resto del mundo exterior? Por qué algunas cosas son conscientes y otras aparentemente no? ¿Es consciente una rata? ¿Un mosquito? ¿Una bacteria?

Todas estas preguntas son aspectos del antiguo «problema mente-cuerpo», que plantea, en esencia: ¿Qué relación existe entre la mente y la materia? Durante miles de años, se ha resistido a una respuesta generalmente satisfactoria.

El problema mente-cuerpo experimentó un importante cambio de nombre en las últimas dos décadas. Ahora se conoce generalmente como el «problema difícil» de la conciencia, por el término que acuñó el filósofo David Chalmersen un artículo que ahora es un clásicoque hoy es un clásico y que desarrolló más a fondo en su libro de 1996, «La mente consciente: en busca de una teoría fundamental».

Chalmers pensaba que el problema mente-cuerpo debía llamarse «difícil» en comparación con lo que, con ironía, denominó los problemas «fáciles» de la neurociencia: ¿Cómo funcionan las neuronas y el cerebro en el plano físico? Por supuesto, no son fáciles en absoluto. Pero su argumento era que resultan relativamente fáciles frente al verdadero desafío de explicar cómo se relaciona la conciencia con la materia.

Durante la última década, mi colega, el profesor de Psicología de la Universidad de California en Santa Bárbara Jonathan Schooler y yo hemos desarrollado lo que llamamos una «teoría de la resonancia de la conciencia». Sostenemos que la resonancia —otro término para las vibraciones sincronizadas— está en el centro no solo de la conciencia humana, sino también de la conciencia animal y de la realidad física en general. Suena a algo que se les podría haber ocurrido a los hippies —¡todo son vibraciones, colega!—, pero sígueme el hilo.

Todo gira en torno a las vibraciones

Todas las cosas del universo están en movimiento constante, vibrando. Incluso los objetos que parecen estar inmóviles, en realidad vibran, oscilan y resuenan en distintas frecuencias. La resonancia es un tipo de movimiento caracterizado por la oscilación entre dos estados. En última instancia, toda la materia no es más que vibraciones de diversos campos subyacentes. Por tanto, la naturaleza vibra en todas sus escalas.

Cuando distintos objetos vibratorios se juntan, sucede algo interesante: a menudo, al cabo de un tiempo, empiezan a vibrar juntos a la misma frecuencia. Se «sincronizan», a veces de maneras que pueden parecer misteriosas. Esto se describe como el fenómeno de la autoorganización espontánea.

El matemático Steven Strogatz ofrece diversos ejemplos de física, biología, química y neurociencia para ilustrar la «sincronía» —su término para la resonancia— en su libro de 2003 «Sincronía: cómo surge el orden del caos en el universo, la naturaleza y la vida cotidiana», entre ellos:

Cuando las luciérnagas de ciertas especies se reúnen en grandes grupos, empiezan a emitir destellos en sincronía, de una forma que todavía puede resultar algo desconcertante. Los láseres se producen cuando los fotones de la misma potencia y frecuencia se sincronizan. La rotación de la Luna está sincronizada exactamente con su órbita alrededor de la Tierra, de modo que siempre vemos la misma cara.

El estudio de la resonancia puede conducir a conocimientos profundos sobre la naturaleza de la conciencia y sobre el universo en general.

Sincronía dentro del cráneo

Los neurocientíficos también han identificado la sincronía en sus investigaciones. En los cerebros humanos se producen descargas neuronales a gran escala a frecuencias medibles, y se cree que la conciencia de los mamíferos suele estar asociada a diversos tipos de sincronía neuronal.

Por ejemplo, el neurofisiólogo alemán Pascal Fries ha investigado las maneras en que distintos patrones eléctricos se sincronizan en el cerebro para producir diferentes tipos de conciencia humana.

Fries se centra en las ondas gamma, beta y theta. Estas denominaciones se refieren a la velocidad de las oscilaciones eléctricas del cerebro, que se mide con electrodos colocados en el exterior del cráneo. Grupos de neuronas producen estas oscilaciones al comunicarse entre sí mediante impulsos electroquímicos. La velocidad y el voltaje de estas señales, al promediarse, generan ondas EEG que pueden medirse en ciclos característicos por segundo.

Image: artellia/Shutterstock.com

Las ondas gamma se asocian a actividades coordinadas a gran escala, como la percepción, la meditación o la conciencia focalizada; las beta, a la máxima actividad cerebral o al estado de alerta; y las theta, a la relajación o a la ensoñación. Según Fries, estos tres tipos de ondas actúan conjuntamente para producir, o al menos facilitar, distintos tipos de conciencia humana. Sin embargo, la relación exacta entre las ondas eléctricas cerebrales y la conciencia sigue siendo objeto de intenso debate.

Fries llama a su concepto «comunicación a través de la coherencia». Para él, todo gira en torno a la sincronización neuronal. La sincronización, entendida como la coincidencia en las tasas de oscilación eléctrica, permite una comunicación fluida entre neuronas y grupos de neuronas. Sin esta coherencia sincronizada, las señales llegan en fases aleatorias del ciclo de excitabilidad neuronal y su comunicación resulta ineficaz o, al menos, mucho menos eficaz.

Una teoría de la resonancia de la conciencia

Nuestra teoría de la resonancia se basa en el trabajo de Fries y de muchos otros, y adopta un enfoque más amplio que puede ayudar a explicar no solo la conciencia humana y la de los mamíferos, sino también la conciencia en un sentido más general.

A partir del comportamiento observado de las entidades que nos rodean —desde electrones, átomos y moléculas hasta bacterias, ratones, murciélagos, ratas y otros seres—, proponemos que todas las cosas podrían considerarse al menos un poco conscientes. A primera vista, esto suena extraño, pero el «panpsiquismo» —la idea de que toda la materia tiene algún grado de conciencia asociado— es una postura cada vez más aceptada respecto a la naturaleza de la conciencia.

Los panpsiquistas sostienen que la conciencia no surgió en algún momento de la evolución. Más bien, siempre está asociada a la materia, y viceversa: son dos caras de la misma moneda. Sin embargo, la mayor parte de la mente asociada a los diversos tipos de materia de nuestro universo es extremadamente rudimentaria. Un electrón o un átomo, por ejemplo, posee apenas una pizca de conciencia. Pero, según esta perspectiva, a medida que la materia se vuelve más interconectada y rica, también lo hace la mente, y viceversa.

Los organismos biológicos pueden intercambiar información rápidamente a través de diversas vías biofísicas, tanto eléctricas como electroquímicas. Las estructuras no biológicas solo pueden intercambiar información internamente mediante vías térmicas, mucho más lentas y con mucha menos riqueza informativa. Los seres vivos aprovechan esos flujos de información más rápidos para alcanzar una conciencia a mayor escala que la que se daría en objetos de tamaño similar, como rocas o montones de arena. Las estructuras biológicas tienen muchas más conexiones internas y, por tanto, en ellas «pasan» muchas más cosas que en una roca o un montón de arena.

Según nuestro enfoque, las rocas y los montones de arena son «meros agregados»: conjuntos de entidades conscientes muy rudimentarias, únicamente a nivel atómico o molecular. Esto contrasta con lo que ocurre en las formas de vida biológicas, donde la combinación de esas entidades microconscientes crea una entidad macroconsciente de nivel superior. Para nosotros, este proceso de combinación es el rasgo distintivo de la vida biológica.

La tesis central de nuestro enfoque es la siguiente: los vínculos específicos que permiten una conciencia a gran escala —como la que poseen los seres humanos y otros mamíferos— surgen de una resonancia compartida entre muchos componentes más pequeños. La velocidad de las ondas resonantes presentes es el factor limitante que determina el tamaño de cada entidad consciente en cada momento.

A medida que una resonancia compartida concreta se extiende a más y más componentes, la nueva entidad consciente que resulta de esa resonancia y combinación crece y se vuelve más compleja. Así, por ejemplo, la resonancia compartida en un cerebro humano que alcanza la sincronía gamma incluye un número mucho mayor de neuronas y conexiones neuronales que los ritmos beta o theta por sí solos.

¿Y qué ocurre con una resonancia mayor entre organismos, como la nube de luciérnagas cuyos pequeños destellos parpadean en sincronía? Los investigadores creen que su resonancia bioluminiscente se debe a osciladores biológicos internos que hacen que cada luciérnaga se sincronice automáticamente con sus vecinas.

¿Disfruta este grupo de luciérnagas de un nivel superior de conciencia colectiva? Probablemente no, pues podemos explicar el fenómeno sin recurrir a la inteligencia ni a la conciencia. Sin embargo, en las estructuras biológicas con las vías de información y la capacidad de procesamiento adecuadas, estas tendencias a la autoorganización pueden producir, y a menudo producen, entidades conscientes a mayor escala.

Nuestra teoría de la resonancia de la conciencia intenta ofrecer un marco unificado que incluya la neurociencia, así como cuestiones más fundamentales de neurobiología y biofísica, además de la filosofía de la mente. Aborda las diferencias esenciales para entender la conciencia y la evolución de los sistemas físicos.

Todo gira en torno a las vibraciones, pero también al tipo de vibraciones y, sobre todo, a las vibraciones compartidas.

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