Uno de los pocos aspectos positivos de la pandemia ha sido el efecto del confinamiento en el medioambiente.
Pero no resolverá el cambio climático y aún tenemos que hacer más, escriben tres especialistas en biodiversidad.
Analizaron 100 años de observaciones de abejorros y descubrieron que algunas especies han desaparecido en lugares donde la temperatura superó el límite que podían tolerar.
El confinamiento casi universal provocado por la pandemia de COVID-19 tenía que tener algún aspecto positivo. Uno de sus pequeños beneficios ha sido una huella humana temporalmente menor en muchos ecosistemas.
Aumentan los avistamientos de fauna silvestre, mejora la calidad del aire y disminuyen las emisiones de carbono. Aunque estos destellos de esperanza no pueden compensar ni de lejos el trágico costo humano del coronavirus, muchas personas se preguntan ahora qué significará la pandemia para la fauna silvestre de todo el mundo.
Se espera que las emisiones mundiales de dióxido de carbono en 2020 disminuyan hasta un ocho por ciento debido a los cierres, aunque la reanudación de la actividad mundial podría aumentar las emisiones y contrarrestar parte de estos avances. Aunque se trata de una reducción significativa de las emisiones previstas, está muy lejos de bastar para revertir los efectos del cambio climático en la biodiversidad.
La COVID-19 no puede detener el cambio climático. El pasado abril y mayo empataron como los meses más cálidos registrados, y, si esta tendencia continúa, junio será el 426.º mes consecutivo en que las temperaturas medias mundiales superan el promedio del siglo XX. Esto nos recuerda claramente que, aunque hoy detuviéramos todas las emisiones de carbono, aún tendríamos que esforzarnos durante mucho tiempo para reducirlas y secuestrar carbono. Lo que está en juego es peligrosamente importante.
Lecciones de las abejas
Desde hace tiempo sabemos que los abejorros y muchas otras especies han ido disminuyendo en las últimas décadas. Identificar la causa de este declive es especialmente importante en el caso de un grupo de polinizadores que presta servicios ecosistémicos y agrícolas irremplazables.
Hace poco demostramos que hay pruebas sólidas de que el cambio climático ha contribuido al declive de los abejorros en América del Norte y Europa. En este nuevo trabajo, encontramos un mecanismo que vincula el cambio climático con el declive de estos polinizadores: el caos climático.

La forma más habitual de describir el cambio climático es como un aumento progresivo de la temperatura, observado a lo largo de décadas, a medida que crecen las concentraciones de carbono en la atmósfera, principalmente debido a las actividades humanas. Aunque los cambios graduales de temperatura pueden plantear amenazas mortales, parece que la frecuencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos aumentan con rapidez a medida que se intensifica el efecto invernadero. Las olas de calor, por ejemplo, son cada vez más largas y calurosas.
Como señaló Hamlet: «Ahí está el problema».
La fauna silvestre puede tolerar cierto grado de calentamiento, ya sea encontrando formas de alejarse de las condiciones meteorológicas peligrosas o mediante la adaptación evolutiva. Pero es mucho más difícil para las especies tolerar los extremos meteorológicos, cada vez más caóticos como las sequías y olas de calor prolongadas, o las tormentas tropicales.
100 años de datos sobre abejorros
En el caso de las especies de abejorros, podríamos predecir su extinción local y la colonización de nuevas zonas estimando si el cambio climático reciente las ha expuesto a temperaturas superiores a las que se sabe que toleraron en el pasado.
Mediante una serie de pruebas con un conjunto de datos que incluía más de 100 años de observaciones de abejorros, descubrimos que algunas especies han desaparecido en lugares donde la temperatura superó el límite que podían tolerar. A lo largo del año, las especies de América del Norte y Europa se ven empujadas de forma sistemática hasta los límites de su tolerancia, con mucha más frecuencia que durante la mayor parte del siglo XX. La intensificación del uso del suelo —incluido el mayor uso de pesticidas— también perjudica a las abejas, pero estos efectos son distintos de la peligrosa señal del caos climático.
Aunque nuestro estudio reciente se centró en las abejas, en principio los crecientes fenómenos extremos provocados por el cambio climático deberían afectar del mismo modo a otras especies. Si es así, los extremos cada vez mayores de temperatura o precipitación que superan (o quedan por debajo de) los límites que las especies pueden tolerar podrían empezar a transformar rápida y abruptamente los ecosistemas de todo el mundo ya en 2030.
Respuestas necesarias
Aunque sentiremos los efectos del cambio climático durante décadas, es necesario abordar ahora sus causas, mientras aún tenemos perspectivas razonables de mitigar sus peores impactos. Algunas estrategias, como mantener microhábitats protegidos que proporcionen sombra o refugio, y conservar la diversidad de hábitats en un paisaje, pueden ayudar a reducir la exposición de las especies a los fenómenos meteorológicos extremos.
Quizá la menor presión humana durante la pandemia de 2020 permita que más especies se desplacen por los paisajes o superen otro año caluroso en entornos menos alterados. Por ejemplo, la abundancia de flores silvestres en los márgenes de las carreteras sin mantenimiento podría crear muchos espacios para que los polinizadores aniden y se alimenten, si se deja crecer durante todo el año.
El creciente número de jardines que están apareciendo a medida que la gente pasa más tiempo en casa podría aportar un beneficio similar. Al igual que con la reducción de las emisiones, mantener estas prácticas mucho después de que terminen los confinamientos será decisivo para determinar si marcan una diferencia para los polinizadores y otros animales silvestres.
En algunos lugares, las especies y los ecosistemas se están recuperando, aunque esto no ocurre en todas partes: a medida que las economías sufren, los cazadores furtivos matan animales silvestres protegidos.
Los destellos de esperanza nunca compensarán el incalculable costo humano de una pandemia mundial ni sus costos económicos. Sin embargo, la esperanza sigue siendo una herramienta esencial para motivar la acción contra el cambio climático.
El cambio climático no está confinado ni practica el distanciamiento social. Está acelerando la erosión de los sistemas que sustentan la vida en el planeta y el declive de especies de las que a la humanidad le resultaría muy difícil prescindir. Una acción mundial concertada puede mejorar situaciones peligrosas, ya se trate de una pandemia o de la crisis climática.
