¿Qué es la COVID persistente y qué la causa?

Long COVID affects 30% of people who get COVID-19.
Long COVID affects 30% of people who get COVID-19.Image: Stephen Andrews/Unsplash
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  • Aproximadamente el 30 % de las personas que contraen COVID-19 desarrollan síntomas a largo plazo, conocidos como COVID persistente.

  • Un equipo de investigadores cree que esto podría deberse a que los mismos anticuerpos encargados de combatir la COVID-19 tienden a atacar los tejidos del organismo de la persona.

  • Estas respuestas inmunitarias mal dirigidas pueden acompañar a los pacientes mucho después de que se hayan recuperado de la COVID-19.

  • Ahora, los investigadores trabajan para comprender mejor las células y los anticuerpos implicados.

Durante casi tres años, los científicos se han apresurado a comprender las respuestas inmunitarias de los pacientes que desarrollan COVID-19 grave, en un enorme esfuerzo por determinar dónde termina la inmunidad saludable y empieza la inmunidad destructiva.

En los primeros días de la pandemia de COVID-19, gran parte de la atención se centró en los informes sobre inflamación dañina y las llamadas tormentas de citocinas —reacciones inmunitarias excesivas y peligrosas que pueden provocar daños en los tejidos y la muerte— en pacientes con COVID-19 grave. No pasó mucho tiempo antes de que los investigadores empezaran a identificar anticuerpos que atacan el propio organismo del paciente en lugar de atacar al SARS-CoV-2, el virus que causa la COVID-19.

Esos estudios revelaron que los pacientes con COVID-19 grave comparten algunos rasgos clave de las enfermedades autoinmunes crónicas, en las que el sistema inmunitario del paciente ataca crónicamente sus propios tejidos. Los científicos sospechan desde hace mucho y a veces incluso han documentado vínculos entre las infecciones virales y las enfermedades autoinmunes crónicas, pero la investigación aún no es concluyente. Sin embargo, la pandemia de COVID-19 ha brindado la oportunidad de comprender mejor las posibles conexiones entre estas afecciones.

Como inmunólogo y miembro de un equipo interdisciplinario de médicos y científicos que investiga la intersección entre la COVID-19 y la autoinmunidad, he estado trabajando para comprender el origen de estas respuestas descontroladas de los anticuerpos y sus efectos a largo plazo. Nuestro grupo, dirigido por Ignacio Sanz, especialista en investigar las disfunciones inmunitarias subyacentes a enfermedades autoinmunes como el lupus, sospecha desde hace mucho que estas respuestas inmunitarias mal dirigidas pueden acompañar a los pacientes mucho después de su recuperación e incluso contribuir al conjunto debilitante de síntomas conocido comúnmente como «COVID persistente».

Nuestro nuevo estudio, publicado en la revista Nature, ayuda a arrojar luz sobre estas preguntas. Ahora sabemos que, en los pacientes con COVID-19 grave, muchos de los anticuerpos que se desarrollan para neutralizar la amenaza viral atacan al mismo tiempo sus propios órganos y tejidos. También mostramos que los anticuerpos dirigidos contra el propio organismo pueden persistir durante meses o incluso años en quienes padecen COVID persistente.

A medida que investigadores como nosotros seguimos estudiando la COVID-19, nuestra comprensión del vínculo entre la inmunidad antivírica y las enfermedades autoinmunes crónicas evoluciona rápidamente.

El sistema inmunitario comete errores bajo presión

Es fácil suponer que el sistema inmunitario se centra por completo en identificar y destruir a los invasores extraños, pero no es así, al menos en determinadas circunstancias. Incluso en un estado saludable, el sistema inmunitario contiene un contingente de células plenamente capaces de atacar y destruir las propias células y tejidos del organismo.

Para evitar la autodestrucción, el sistema inmunitario depende de una compleja serie de mecanismos de seguridad, denominados en conjunto tolerancia a lo propio que permiten identificar y eliminar células inmunitarias potencialmente traidoras. Uno de los pasos más importantes de este proceso ocurre cuando el sistema inmunitario prepara su arsenal frente a una posible amenaza.

Cuando el sistema inmunitario se encuentra por primera vez con un patógeno o incluso con una amenaza percibida —como una vacuna que se parece a un virus—, recluta rápidamente células «B» que pueden convertirse en productoras de anticuerpos. Luego, las células B «vírgenes» reclutadas —«virgen» es un término técnico usado en inmunología— que demuestran capacidad para atacar eficazmente al invasor pasan por una especie de campamento de entrenamiento.

Allí, se entrena a las células para que reconozcan y combatan mejor la amenaza. El periodo de entrenamiento es intenso y no se toleran los errores: se eliminan las células B que muestran cualquier potencial discernible de lanzar ataques mal dirigidos contra el organismo que las alberga. Sin embargo, como cualquier proceso de entrenamiento, esta preparación y movilización lleva tiempo: por lo general, una o dos semanas.

Entonces, ¿qué ocurre cuando la amenaza es más inmediata, cuando alguien literalmente lucha por su vida en una unidad de cuidados intensivos?

Ahora los investigadores saben que, bajo el estrés de una infección viral grave por SARS-CoV-2, ese proceso de entrenamiento se desmorona. En su lugar, se activa una respuesta de emergencia en la que se envía apresuradamente a la batalla a nuevos reclutas con poco entrenamiento.

El resultado desafortunado es el fuego amigo.

Las respuestas inmunitarias de alto riesgo suelen ser transitorias

El nuevo trabajo de nuestro equipo revela que, en plena batalla contra la COVID-19 grave, los mismos anticuerpos encargados de combatir el virus tienden, de manera preocupante, a atacar los propios tejidos del paciente. Es importante señalar que este efecto parece limitarse en gran medida a los casos graves de la enfermedad. Identificamos las células que producen estos anticuerpos rebeldes con mucha menos frecuencia en pacientes con formas leves de la enfermedad, cuyas respuestas inmunitarias eran más moderadas.

Entonces, ¿significa eso que todas las personas que contraen COVID-19 grave desarrollan un trastorno autoinmune?

Afortunadamente, no. Al hacer un seguimiento de los pacientes una vez resuelta la infección, hemos descubierto que, meses después, la mayoría de los indicios preocupantes de autoinmunidad han remitido. Y esto tiene sentido. Aunque identificamos este fenómeno en personas con COVID-19, los investigadores que llevan más de una década estudiando estas respuestas inmunitarias de emergencia en ratones han determinado que son de corta duración en su mayoría.

«En su mayoría» es la expresión clave.

Implicaciones para la recuperación de la COVID persistente

Aunque la mayoría de las personas se recupera por completo de la infección por el virus, hasta un 30 % no ha vuelto a la normalidad ni siquiera tres meses después de recuperarse. Esto ha dado lugar a un grupo de pacientes que sufren lo que se conoce como secuelas posagudas de la COVID-19, o PASC —el término técnico para la COVID persistente.

Con síntomas debilitantes que pueden incluir la pérdida prolongada del gusto, del olfato o de ambos, fatiga general, confusión mental y diversas afecciones, estos pacientes siguen sufriendo y buscan respuestas con razón.

Una pregunta evidente para los investigadores que estudian a estos pacientes es si los mismos anticuerpos dirigidos contra el propio organismo que aparecen en los casos de COVID-19 grave persisten en quienes padecen COVID persistente. Así es. Nuestro nuevo estudio deja claro que los autoanticuerpos recién desarrollados pueden persistir durante meses. Además, en un trabajo aún en desarrollo y que todavía no ha sido revisado por pares, vemos que estas respuestas no se limitan a quienes se recuperan de una enfermedad grave, y que también pueden identificarse fácilmente en un amplio subgrupo de pacientes con COVID persistente que se habían recuperado de una enfermedad más leve.

Al igual que ocurrió durante la carrera por comprender mejor las causas de la enfermedad aguda en los primeros días de la pandemia, ahora los investigadores trabajamos para comprender mejor las células y los anticuerpos que dirigen este autoataque durante meses y años después de que se resuelve la infección.

¿Contribuyen directamente a los síntomas que experimentan quienes padecen COVID persistente? De ser así, ¿hay tratamientos que puedan mitigar o eliminar las amenazas que plantean? ¿Corren los pacientes con COVID persistente un mayor riesgo de desarrollar verdaderas enfermedades autoinmunes crónicas en el futuro? ¿O todo esto es una pista falsa, una alteración temporal del sistema inmunitario que se resolverá por sí sola?

Solo el tiempo y la investigación continua en este campo fundamental darán la respuesta.

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