Es probable que se publique literatura sobre la COVID-19 durante décadas.
Los historiadores ya han estudiado la forma en que las pandemias anteriores han afectado al comportamiento social.
Por ejemplo, la aparición de la peste en el siglo VI hizo que la población se volviera muy religiosa durante un tiempo y que, una vez que se sintió libre, retomara sus viejos comportamientos.
Por tanto, el impacto de la COVID-19 en nuestra sociedad va más allá de dónde surgió el virus o de la naturaleza de la vacuna.
También debemos pensar en los desafíos culturales, sociales y económicos más amplios de la pandemia para elaborar relatos precisos de la misma.
Tras casi dos años, y un extraordinario parón global cuyo impacto aún no está claro, es inevitable que muchos escriban sobre la COVID-19 durante décadas. De hecho, uno de los primeros libros – Spike, de Jeremy Farrar, uno de los principales científicos del Reino Unido y miembro del comité de emergencia Sage – acaba de publicarse. Al entrar en un largo período de reflexión, la producción académica en artes y humanidades tiene mucho que aportar, especialmente una vez que la intensidad de la cobertura científica y médica haya empezado a disminuir.
Al principio, cuando muchos nos encerramos y nos preocupaba cómo saldríamos de la pandemia, el único capítulo de cualquier libro sobre la COVID que todos queríamos leer era el dedicado a la vacuna. ¿Habría una y funcionaría? Pero la descripción técnica de esta preciosa intervención médica en las publicaciones futuras será concisa y breve. La historia más completa está en otra parte.
La historia médica de las pestes es fascinante, pero rara vez es la cuestión crítica. No sabemos con certeza qué fue la peste ateniense del siglo V a. C., ni la devastadora peste de los siglos II y III d. C.. La peste de los siglos VI al VIII d. C. en el Imperio romano es objeto de cierto debate, pero probablemente se trató de varias infecciones distintas. Sabemos cómo se propagó la peste negra, pero apenas es lo más interesante de ella.
Lo más interesante es cómo reacciona la gente ante las pestes y cómo describen los escritores sus reacciones. El relato del historiador y general griego Tucídides (460-400 a. C.) sobre cómo respondieron los atenienses a su virulenta peste en el siglo V influyó, directa o indirectamente, en cómo muchos historiadores posteriores de la Antigüedad describieron las pestes. Estableció el patrón de una narrativa de síntomas junto con el impacto social.
Atenas se encontraba en el segundo año de lo que se convertiría en más de 20 años de conflicto con su rival griego, Esparta. La peste se propagó rápidamente y mataba con rapidez: sus síntomas comenzaban con fiebre y se extendían por el cuerpo. Algunos atenienses cumplían con su deber de cuidar a otros, lo que solía provocar la muerte, pero muchos simplemente se rendían, ignoraban a la familia o a los muertos, o perseguían todo tipo de placeres en el tiempo que les quedaba.
Hasta qué punto la peste cambió Atenas es discutible: no detuvo la guerra ni afectó a la prosperidad ateniense. Lo que Tucídides sí dice es que la pérdida de su gran estadista Pericles (495-429 a. C.) a causa de la peste alteró la naturaleza de su liderazgo y eliminó algunos de sus rasgos moderadores. Queda implícito que los atenienses pueden haber abandonado en mayor medida su tradicional piedad y respeto por las normas sociales.
Esta fue la generación que daría lugar al más radical cuestionamiento del papel y la naturaleza de los dioses, de lo que sabemos del mundo y de cómo debemos vivir. Pero también condujo a un renovado sentido del militarismo y a una catástrofe final: la derrota de Atenas a manos de Esparta y la pérdida de su imperio.
Las pandemias y su impacto
La tentación es decir que las pandemias lo cambian todo. El historiador bizantino Procopio (500-570 d. C.), que sobrevivió a la aparición de la peste en el siglo VI d. C., era consciente de ello. Todos se volvieron muy religiosos durante un tiempo, pero en cuanto sintieron que eran libres, volvieron a sus viejos comportamientos. La peste fue un símbolo perfecto del declive sistémico, pero las personas se adaptan.
¿Estaba el mundo bizantino tan debilitado de forma fatal por la peste y su resurgimiento como para no poder resistir la embestida de los árabes en el siglo VII? Esto puede ser en parte cierto, pero la peste precedió con mucho a la conquista árabe, se apreciaba tanta continuidad como disrupción en su cultura y en la vida urbana, y el mundo árabe tenía sus propias pestes. La historia no es tan sencilla.
Entonces, ¿qué ocurre con nuestra propia pandemia? ¿Qué cambiará? Por tentador que resulte predecir una transformación completa del comportamiento social, las lecciones del pasado sugieren que es improbable. Los fuertes vínculos de la sociedad han sobrevivido bien.
Quizá la peor consecuencia sea cómo esto ha retrasado el progreso en el mundo en desarrollo.
Eso, junto con los efectos a largo plazo en la salud mental y la educación en todo el mundo, es sumamente difícil de calibrar, aunque esta será la pandemia más estudiada de nuestra historia. Y serán los académicos de artes y humanidades y los científicos sociales quienes llevarán a cabo gran parte de este incisivo trabajo, y ya lo están haciendo. Por ejemplo, The Pandemic and Beyond de la Universidad de Exeter ya está mapeando más de 70 proyectos sobre la COVID-19 de la cartera del Consejo de Investigación en Artes y Humanidades.
Ciencia de la pandemia
Entonces, ¿qué nos enseña la historia que sea útil? Hay que mirar con más atención y profundizar. Por eso la historia de la COVID no se limitará a la descripción del virus y la vacuna, ni al misterio de si procede de un murciélago o de un laboratorio. Será la historia inmensamente compleja de cómo esta enfermedad se cruzó con nuestro comportamiento social, de cómo elegimos responder como individuos y familias, comunidades y políticos, naciones y agencias globales.
Lo que los mejores historiadores, desde Tucídides, nos han enseñado es que la biología de la enfermedad es inseparable de la construcción social de la enfermedad y la salud. Y también observamos que los humanos somos muy malos pensando en las consecuencias.
Una de las consecuencias potenciales más interesantes de esta pandemia es la relación entre la política y la ciencia. La peste ateniense pudo haber impulsado a los pensadores a ser más radicales al cuestionar las visiones tradicionales de la vida, la muerte y el papel de los dioses. Y la peste negra suele considerarse un punto de inflexión en cuanto a religión y filosofía, y que impulsó cambios en la ética médica y mejoras en la atención social. Incluso cambió el equilibrio en cuanto al valor del trabajo, aunque aún no sabemos si nuestra pandemia ha dejado una huella duradera en los patrones de trabajo en oficinas o de forma virtual.
Esta última pandemia ha mostrado la ciencia en su mejor y más esencial versión, pero también la ha situado de forma incómoda en el centro de la toma de decisiones políticas. Junto a la crisis climática, mucho más peligrosa, la pandemia ha animado a los políticos a afirmar que “siguen a la ciencia”. Pero la ciencia no habla con una sola voz, rara vez ofrece respuestas fáciles o inequívocas y se resiste al corto plazo. Cómo se desarrolle el diálogo entre la política y la ciencia, y cuáles sean las consecuencias de las concesiones mutuas, podría llegar a ser una de las sorpresas de este momento tan extraño.
A largo plazo, comprender los efectos de este virus, y los desafíos culturales, sociales y económicos más amplios en los que está inserto, exigirá que adoptemos una visión de la ciencia más generosa y holística. Solo así escribiremos el relato de esta pandemia que exige su fuerza disruptiva.

