El coronavirus ha demostrado lo poco preparados que estamos para algunos de los mayores riesgos que afrontamos.
Podemos aprender de la respuesta a la COVID-19 para mitigar y adaptarnos a la amenaza del cambio climático.
Debemos seguir un camino más respetuoso con el planeta.
Todos nos encontramos en una encrucijada ante una elección fundamental. ¿Cómo respondemos a las amenazas globales, tanto como individuos como comunidades?
La crisis de la COVID-19 lleva a las personas a actuar con una solidaridad sin precedentes. Los actos de bondad abundan. A mediados de abril, se estimaba que un tercio de la población mundial permanecía en casa para ayudar a frenar la propagación del virus. Los esfuerzos extraordinarios y el sacrificio del personal sanitario y de los trabajadores esenciales nos inspiran humildad. Hemos aprendido que los puestos de la sociedad que se daban por sentados —los trabajadores de supermercados y los conductores de furgonetas— son los que mantienen todo en marcha cuando las cosas se ponen difíciles.
Mientras el coronavirus se propaga sin control, la emergencia climática no ha desaparecido. De hecho, ambas están inextricablemente vinculadas. Coincido con Inger Andersen, directora del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, cuando calificó la COVID-19 de «clara señal de alarma». Esto se debe a que el 75 % de todas las enfermedades infecciosas provienen de la fauna silvestre. Con el cambio climático y la destrucción de los hábitats naturales, nos vemos cada vez más hacinados, lo que crea nuevos peligros.

Entonces, ¿cómo debemos responder?
Si queremos mantenernos sanos, necesitamos un planeta sano. Eso significa adaptarnos y cambiar nuestro comportamiento y, en el proceso, construir sociedades resilientes ante emergencias de todo tipo. Estábamos lamentablemente poco preparados para esta pandemia, igual que lo estamos para el aumento del nivel del mar y los demás efectos del cambio climático.
Ahora está absolutamente claro que prevenir es mejor que curar. Esta regla se aplica tanto a los fenómenos meteorológicos extremos como a los virus. Por eso, tiene sentido económico reforzar ahora la resiliencia frente al cambio climático, del mismo modo que los sistemas sanitarios deben estar mejor preparados para la próxima pandemia. La Comisión Global de Adaptaciónestima que invertir 1,8 billones de dólares en reforzar la resiliencia frente al cambio climático durante la próxima década podría generar beneficios netos totales de 7,1 billones de dólares.
Los gobiernos de todo el mundo están lanzando enormes paquetes de estímulo para reactivar sus economías. Esta es una oportunidad de oro para adaptar nuestras economías al planeta en el que vivimos, no al planeta ilimitado e infinitamente estable que quisiéramos tener. Es el momento de invertir en infraestructuras resilientes y sostenibles para construir una nueva economía verde. Energías renovables en lugar de carbón, hierba en lugar de hormigón, reforestación en lugar de deforestación.
En este sentido, la cooperación internacional no es un lujo: es fundamental. En lugar de anteponer los intereses nacionales, debemos prestar más atención a ayudar a quienes más lo necesitan en todo el mundo.
Los países en desarrollo fueron los menos preparados para la llegada de la COVID-19, del mismo modo que son los más vulnerables a los efectos del cambio climático. Un fondo mundial para ayudar a los países más pobres a hacer frente a la crisis actual sería un buen comienzo.
¿Pueden los gobiernos plantearse volver a la normalidad cuando remita el virus? Sin duda, es impensable. Escuchemos la advertencia de la naturaleza y emprendamos un camino más respetuoso con nuestro planeta. Invirtamos en un clima estable, aire limpio, agua limpia y hábitats naturales. La pandemia ha revelado algunas verdades fundamentales: que las catástrofes no respetan fronteras, que la solidaridad aporta fuerza, que la ciencia y el asesoramiento experto importan, y que los retrasos son mortales. Las mismas lecciones se aplican a nuestra emergencia climática.
