El 47 % de la población mundial sufrirá escasez de agua para 2030.
La COVID-19 nos enseña que nuestro afán por crear no debe provocar la destrucción del planeta.
Nuestra alimentación semanal debería componerse principalmente de frutas, verduras y cereales.
Aunque hoy resulta difícil apartar la atención de la dramática situación que vivimos, es aún más importante acercarnos a nuestras necesidades primordiales. Hace poco celebramos el Día Mundial del Agua, y el momento no pudo ser más oportuno para darnos a todos la ocasión de replantearnos las prioridades y extraer algunas lecciones.
Sin agua, nuestra esperanza de vida sería de 14 días. Toda nuestra existencia depende estrechamente de un único recurso agotable. En un momento en que todos nos sentimos vulnerables y, sorprendentemente, más dependientes de sistemas externos de lo que imaginábamos, la vida nos recuerda qué nos hace humanos y dónde deberíamos centrar nuestra atención.
Según las cifras, la desertificación está aumentando en todo el mundo. En Europa ya afecta al 8 % del territorio; en África, casi el 70 % del continente es árido o semiárido; y en América del Norte, alrededor del 40 % de las tierras continentales corre riesgo de desertificación. Los datos muestran que este panorama está destinado a empeorar aún más, según las previsiones, que indican que el 47 % de la población mundial sufrirá escasez de agua para 2030.
Pero ¿dónde consumimos toda esta agua?
Solo el 2,5 % del agua de la Tierra es dulce y solo el 0,1 % está al alcance de los seres humanos, aunque todos los seres humanos la necesitan para sobrevivir. Esto explica por qué en 2010 la ONU reconoció oficialmente el acceso al agua potable segura como un derecho humano básico y universal, además de incluir el agua entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
El uso mundial del agua se ha multiplicado por seis en los últimos 100 años. La mayor parte (hasta el 70 %) se destina al riego de cultivos que finalmente nos alimentan, de los animales que comemos o de las prendas que vestimos. El 30 % restante lo consume la industria y se destina al uso doméstico.
Aunque la mayor parte del agua disponible se utiliza para producir alimentos para las personas, el impacto hídrico de cada producto varía considerablemente. Se necesitan 214 litros de agua para producir un kg de tomates, 2.500 l para un kg de arroz, 3.180 l para un kg de queso y 15.400 l para un kg de carne de vacuno. Así es fácil entender el riesgo de que suban los precios de los alimentos en contextos de escasez de agua, así como el poder que tenemos cada vez que hacemos la compra. ¿Sabemos cuánta agua consumimos cada día a través de lo que comemos?
La Organización Mundial de la Salud define el concepto de escasez de agua partiendo de que cada persona necesita entre 50 y 100 litros de agua al día para satisfacer sus necesidades básicas. Sabemos que en la mayoría de los países occidentales esta cantidad se supera ampliamente.
El estadounidense promedio utiliza unos 340 litros de agua al día, cifra que solo contempla el consumo en el hogar y no tiene en cuenta los alimentos consumidos. A eso hay que sumar el café de la mañana (140 litros), un plátano (80 litros), algo de pollo a la parrilla (430 litros) y tomates (50 litros) para el almuerzo, algo de queso (200 litros), aceitunas (200 litros) y una cerveza (150 litros) como aperitivo, y arroz (250 litros) y brócoli (40 litros) para la cena. El consumo medio diario de agua ya alcanza los 1.900 litros.
Y eso sin mencionar los datos actuales sobre el desperdicio de alimentos. Cada día, en Estados Unidos, los consumidores tiran casi medio kilo de comida por persona, desperdiciando tanto alimentos como agua. Cuando tiramos comida, también desperdiciamos toda el agua y la energía utilizadas para producirla.
¿Qué podemos hacer al respecto?
Ahora que el mundo entero está sufriendo los efectos de una gran catástrofe, tenemos la oportunidad de reevaluar algunas de nuestras decisiones. La COVID-19 ha transformado la vida cotidiana de tal manera que sus efectos ya son visibles desde el espacio, lo que nos demuestra que el cambio es posible y que sus resultados son tangibles. Entre otras cosas, la COVID-19 nos enseña que nuestro afán por crear no debe provocar la destrucción del planeta.
Estas son cinco cosas sencillas que todos podemos empezar a hacer para relacionarnos mejor con el agua y el medio ambiente en el futuro.
1. Sigue la pirámide alimentaria, que constituye la base de la dieta mediterránea. Nuestra alimentación semanal debería componerse principalmente de frutas, verduras y cereales, con una presencia menor de proteínas de origen animal. Para igualar la huella hídrica de una hamburguesa hacen falta 31 ensaladas variadas.
2. Fíjate en cómo se producen los alimentos. La agricultura regenerativa, la permacultura y la agricultura ecológica buscan mejorar la calidad y la productividad del suelo para que retenga la humedad y reducir así la necesidad de un riego excesivo. El cultivo hidropónico y acuapónico, el cultivo aeropónico y la agricultura vertical permiten producir alimentos de forma muy eficiente.
3. Come alimentos sin procesar. La huella hídrica de los alimentos integrales está compuesta únicamente por el agua necesaria para cultivarlos, mientras que los alimentos procesados requieren agua adicional para limpiarlos, precocinarlos y fabricar los materiales de envasado.
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4. Reconsidera dónde vivir y dónde comprar. Cuando se comercia con alimentos y otros productos, su huella hídrica los acompaña en forma de agua virtual. Esto significa que cada vez que consumes un producto importado, no solo aumenta su huella por el agua necesaria para transportarlo, sino que también se resta agua a la población local. Apoyar la producción de más alimentos en tu hogar, barrio y ciudad puede tener un impacto muy positivo en tu huella hídrica, además de respaldar a los productores locales existentes.
5. Piénsatelo dos veces antes de comprar ropa nueva. Se necesitan unos 2.700 litros de agua para fabricar una sola camiseta, cantidad suficiente para que una persona beba durante 900 días. La mujer promedio tendrá 372 chaquetas de punto y 558 pantalones a lo largo de su vida adulta. La industria de la moda rápida se basa en que compremos prendas con muchísima frecuencia, pero ¿realmente las necesitamos todas?
En un momento en que nos sentimos encerrados, tememos perder a nuestros seres queridos y nos sentimos vulnerables en medio de una pandemia que parece imparable, nuestro ecosistema nos plantea un desafío. Aceptarlo o no es responsabilidad personal de cada uno. ¿Somos capaces de preservar nuestra principal fuente de vida?

