Las vacunas funcionan al crear una memoria inmunitaria, pero la intensidad de la respuesta inmunitaria que generan varía.
La velocidad a la que evoluciona el patógeno afecta a la eficacia de la vacuna.
La investigación sobre cuánto duran las distintas vacunas contra la COVID-19 sigue en curso, pero los estudios muestran que las dosis de refuerzo son importantes para prevenir la infección sintomática.
¿Por qué algunas vacunas solo hay que recibirlas una vez, mientras que otras requieren dosis de refuerzo?
La mayoría de los países se proponen administrar dos dosis contra el sarampión durante la infancia, por ejemplo, y después ya no hace falta ninguna más. En cambio, se administran varias dosis contra el tétanos: Estados Unidos recomienda una cada 10 años a los adultos. Y algunos países están administrando ahora una tercera o incluso cuarta dosis de la vacuna contra la COVID-19 en poco más de un año, después de que los estudios apuntaran a una disminución de la eficacia.
La respuesta depende de varios factores.
¿Qué intensidad tiene la respuesta inmunitaria?
Las vacunas buscan imitar la inmunidad natural. Al exponer al organismo a imitaciones inocuas, crean una memoria inmunitaria, que enseña al organismo a reconocer las infecciones causadas por patógenos. Cuando se reconoce una infección, se activa una respuesta inmunitaria: los anticuerpos se adhieren a los invasores y evitan que provoquen la enfermedad. Las células T, que pueden atacar las células infectadas por patógenos, también son fundamentales para las defensas del organismo.
Todas las vacunas, incluidas las vacunas contra la COVID-19, generan una respuesta inmunitaria, pero la intensidad de esa respuesta y la duración de los anticuerpos resultantes varían según la eficacia de la vacuna.
Además, se necesitan distintos niveles de anticuerpos para protegerse contra distintos virus y bacterias.
Los anticuerpos contra el sarampión suelen durar bastante tiempo, por lo que circulan niveles suficientes en el organismo para evitar la infección durante años después de la vacunación. La investigación sobre el nivel de anticuerpos necesario para protegerse contra la COVID-19 sigue en curso.
¿Con qué rapidez evoluciona el virus de la COVID-19?
También influye hasta qué punto muta o evoluciona el virus o la bacteria. Un agente infeccioso que evoluciona rápidamente puede llegar a eludir las defensas del organismo si se diferencia lo suficiente de sus versiones anteriores o encuentra nuevas formas de atacar. Crear una vacuna contra un enemigo que evoluciona rápidamente es como intentar acertar a un blanco en movimiento.
Cada año vemos ejemplos de ello durante la temporada de gripe. A medida que el virus de la influenza se replica, pueden aparecer pequeños cambios en su composición genética. Esto puede modificar las proteínas de superficie del virus, que son fundamentales para que nuestro sistema inmunitario reconozca una infección y desencadene una respuesta. Esta llamada deriva antigénica suele producir virus bastante similares a sus predecesores, y es probable que los anticuerpos creados contra un virus de la gripe sigan reconociendo y respondiendo a virus similares.
Sin embargo, estos pequeños cambios pueden acumularse, dificultar nuestra respuesta inmunitaria ante nuevas variantes del virus y volver a hacer que una persona sea susceptible a la gripe. Por este motivo, las «recetas» de las vacunas contra la gripe se modifican cada año para que sean lo más eficaces posible contra los virus que circulan en ese momento.
La ciencia también evoluciona
Las distintas vacunas contra el coronavirus disponibles en el mercado se distribuyeron en cuanto se demostró que eran seguras y eficaces. Los científicos siguen vigilando la inmunidad a largo plazo, incluidos los niveles de anticuerpos, en las personas vacunadas.
Las vacunas aprobadas utilizan distintos métodos para iniciar una respuesta inmunitaria. Algunas se basan en un adenovirus no replicante, un virus común que puede causar resfriados y otras enfermedades. Otras utilizan ARNm, una molécula que transporta el código genético del ADN y que no contiene ningún virus.
Las vacunas basadas en ARNm son una tecnología relativamente nueva, y se sigue investigando cuánto duran sus efectos.
La duración de la inmunidad también puede variar de una persona a otra, según factores como la edad, las enfermedades preexistentes y los medicamentos que tome.
Los estudios en curso indican que las vacunas actuales contra la COVID-19 podrían ser menos eficaces contra la enfermedad sintomática causada por la variante ómicron que contra las formas anteriores del virus. Sin embargo, quienes han recibido una dosis de refuerzo están mejor protegidos que quienes solo han recibido la pauta inicial de dos dosis. Y, aunque la protección disminuye, la protección contra la enfermedad grave sigue siendo sólida.




