El cierre de las escuelas ha afectado negativamente a muchos niños, ya que estas también proporcionan alimentación y un espacio protegido para aprender.
La pandemia ha colocado a algunos niños en desventaja, sin acceso a dispositivos digitales ni recursos de aprendizaje.
Jaime Saavedra, director global de Educación del Grupo Banco Mundial, expone 10 áreas en las que centrarse para que los niños no se queden atrás.
La educación es una experiencia social. Educar es comprensión lectora y razonamiento matemático. Pero, sobre todo, consiste en formar buenos ciudadanos, en aprender empatía, autocontrol, solidaridad y a preocuparse por el bien común. Este aprendizaje tiene lugar en la escuela, donde se produce la interacción entre docente y estudiante. Y es en la escuela donde millones de niños, en particular las niñas, tienen acceso a alimentación y a un espacio protegido para aprender y prosperar.
Por eso, el impacto sin precedentes y monumental de la pandemia ha cambiado tanto el proceso de enseñanza-aprendizaje. Es una experiencia que vivirá para siempre en la memoria de docentes y estudiantes. Pero esa experiencia ha sido extremadamente variada. De repente, y más rápido de lo esperado, muchos docentes se convirtieron en expertos en tecnología, conectándose digitalmente con sus estudiantes y creando rutinas de aprendizaje alternativas mediante plataformas digitales. Si sus estudiantes tenían acceso a internet y un espacio para trabajar en casa, pudieron compensar parcialmente la falta de clases presenciales. Otros docentes, cuyos estudiantes solo tenían acceso a un teléfono inteligente, encontraron mayores dificultades. Estos estudiantes podían seguir programas educativos en televisión, pero con varios hermanos en una casa pequeña y poco espacio para concentrarse, no podían aprender. Y muchos otros estudiantes se desvincularon por completo del proceso educativo.
En muchos países de ingreso mediano, principalmente del hemisferio sur, esta experiencia, tan heterogénea y muy dependiente del hogar, también se ha prolongado extraordinariamente. En la mayor parte de América Latina, en India y en Filipinas, las clases se han interrumpido durante 8 o 9 meses. No sorprende, por tanto, que las estimaciones de UNICEF y del Banco Mundial muestren que 10 millones de estudiantes podrían no regresar a las aulas, e incluso hasta 24 millones si también contamos el nivel terciario. Ya sabíamos que, antes de la pandemia, muchos niños y jóvenes en la escuela no aprendían lo suficiente. Ya teníamos una crisis del aprendizaje que ahora es más profunda. Ahora la urgencia es mucho mayor. Se produce una pérdida de aprendizaje, que además es enormemente desigual.
2021 no será un año normal en las escuelas de ningún lugar del mundo. Pero tiene que ser un año mejor que 2020. Tiene que ser un año de recuperación acelerada. Lamentablemente, existe una gran incertidumbre sobre la evolución de la pandemia y la velocidad a la que veremos vacunaciones masivas. Es imposible, por tanto, esperar a que se elimine el riesgo para la salud para reanudar el aprendizaje para todos. No habrá un retorno rápido a la rutina escolar que conocíamos a corto y medio plazo. Por eso, la cuestión no es solo cuándo volver a la escuela, sino cómo recuperar el aprendizaje.
Cada país tomará decisiones equilibrando el riesgo para la salud —que varía según el lugar y el momento— con la necesidad de minimizar las enormes pérdidas de aprendizaje.
El debate debe centrarse en retomar el aprendizaje ya. En ocasiones, las condiciones sanitarias durante esta pandemia obligarán a un confinamiento casi total, y el aprendizaje a distancia —fortaleciendo las plataformas a través de internet, la televisión, la radio, las redes sociales y la distribución de materiales— seguirá siendo esencial. Pero en cuanto exista la posibilidad de reabrir, las escuelas deben ser una prioridad, quizá solo después de los establecimientos de salud y distribución de alimentos. La opción más probable serán esquemas pragmáticos de aprendizaje combinado, que combinen la asistencia parcial a la escuela (algunos días a la semana, con jornadas escolares reducidas, con distanciamiento social, con protocolos de seguridad, evitando la presencia física de docentes de mayor edad, etc.) con el aprendizaje a distancia a través de todas las plataformas imaginables. Un cierto nivel de interacción, aunque voluntaria, puede tener un impacto muy importante, ya que el aprendizaje a distancia puede ser más eficaz si ya existe un vínculo entre docente y estudiante.
Pero las comunidades educativas deben estar preparadas para cerrar, cerrar parcialmente y luego reabrir según la prevalencia de la transmisión del coronavirus, como ya se está viviendo en muchos países que han atravesado una segunda ola del virus. Gestionar esta flexibilidad requerirá mucha cohesión social y un trabajo conjunto entre escuelas, padres y autoridades educativas.
Este momento exige una gestión escolar muy buena. Estas son 10 áreas en las que deben tomarse decisiones de forma integral o en las que invertir de manera extraordinaria:
• Proporcionar herramientas para evaluar el aprendizaje de los estudiantes, de modo que el docente y el director sepan en qué nivel se encuentra cada estudiante.
• Invertir en infraestructura de agua y saneamiento, equipamiento y protocolos de protección de la salud.
• Adoptar un currículo flexible que priorice el aprendizaje fundamental y socioemocional.
• Adoptar un año y una jornada escolar flexibles, en distintos momentos y regiones del país.
• Apoyar de forma integral a los docentes: en competencias digitales, en la enseñanza a distancia y combinada, en su salud mental y en su bienestar general.
• Implementar modelos intensivos de educación compensatoria, tutorías o horas adicionales.
• Mejorar las condiciones de aprendizaje en el hogar, distribuyendo material de lectura, dispositivos electrónicos y negociando tarifas cero para la conexión a internet a sitios educativos.
• Fortalecer los modelos combinados de educación a distancia (radio, televisión, internet) con clases presenciales interactivas en la medida en que lo permitan las condiciones sanitarias.
• Poner en marcha campañas intensivas para mantener la conexión de los estudiantes con la escuela y eliminar el abandono escolar.
• Establecer mecanismos para apoyar a los padres en su papel de acompañamiento del proceso de aprendizaje de sus hijos.
Muchas de estas inversiones urgentes son también fundamentales para construir un futuro mejor y sistemas educativos más equitativos y eficientes. Antes de la pandemia, ya teníamos una grave crisis del aprendizaje. Los sistemas educativos mejoraban muy lentamente: no podemos volver a esa trayectoria. Es hora de un punto de inflexión. Esta crisis fenomenal es una oportunidad para garantizar que las escuelas se centren en el aprendizaje y en la amplitud de competencias que necesitan los niños. Una oportunidad para cerrar la brecha digital. Para reformar la formación docente. Para utilizar la tecnología y hacer más eficaz la interacción entre docente y estudiante. Para que los padres sean protagonistas de la educación y del futuro de sus hijos. Para mejorar las condiciones de aprendizaje en el hogar, particularmente en los hogares más vulnerables.
Educar a un niño es un desafío complejo. Más aún hoy. Pero debemos recordar que es un derecho humano. Debemos trabajar en estos dos enormes desafíos. Primero, volver al aprendizaje y, en cuanto sea posible, con urgencia, a la escuela. Porque cada día perdido es un día difícil de recuperar. Y ya se han perdido demasiados días. Y, segundo, aprovechar la ventana de oportunidad que nos brinda esta crisis para construir sistemas educativos más eficaces y justos.


