Las altas tasas de vacunación contra la COVID-19 en muchos países europeos han contribuido a mantener bajas las tasas de hospitalización y mortalidad en los últimos meses, y han propiciado la flexibilización de las restricciones por la pandemia.
Sin embargo, algunos países se encuentran en etapas más tempranas de la evolución de la pandemia, y ciertos sectores de la población siguen siendo más vulnerables a la COVID-19, mientras que muchas personas se han visto afectadas por la COVID persistente.
Para que todas las personas de la región puedan salir de la pandemia, los países europeos necesitan determinadas medidas que ayuden a controlar la transmisión, independientemente de las nuevas variantes, sin tener que imponer restricciones sociales severas.
Al entrar en el tercer año de la pandemia de COVID-19, cuando el invierno europeo da paso a la primavera, puede resultar tentador que tanto los gobiernos como las sociedades, exhaustos, deseen que la pandemia termine.
La reciente ola de la variante ómicron, altamente transmisible, ha dado lugar a que la mitad de los 200 millones de casos confirmados de COVID-19 en la Región Europea de la OMS se registraran en los últimos tres meses. A pesar de este enorme aumento de casos, la elevada inmunidad de la población, impulsada en gran medida por el éxito de las campañas de vacunación, ha mantenido bajo control la demanda de las unidades de cuidados intensivos hospitalarias y ha reducido las tasas de letalidad. En muchos lugares ya parece cosa del pasado realizar pruebas de COVID-19 de forma generalizada, usar mascarillas y exigir cualquier tipo de distanciamiento físico.
Sin embargo, en otras partes de la Región Europea de la OMS, donde las tasas de vacunación entre las poblaciones vulnerables a la COVID-19 grave son bajas, la variante ómicron ha demostrado ser a menudo implacable. Además, dado que el virus SARS-CoV-2 evoluciona continuamente, es muy probable que surjan nuevas variantes de preocupación.
Seamos claros: no hay absolutamente margen para la complacencia. Puede que los confinamientos hayan quedado atrás, pero el impacto de la pandemia en la salud, sin duda, no.
Medir la evolución de la COVID-19
La variante ómicron representa actualmente más del 99 % de las nuevas infecciones por COVID-19 en la Región Europea de la OMS (véase la figura 1). Además, una combinación de factores está contribuyendo a un nuevo repunte de la morbilidad por COVID-19 en varios países (véase la figura 2), una carga para la salud pública que podría tener un alto coste si se pierde de vista el objetivo de poner fin a la emergencia mundial. BA.2, la subvariante más competitiva de ómicron, está ganando terreno, impulsada por la flexibilización de las medidas sociales y el levantamiento de los requisitos de distanciamiento físico y uso de mascarillas.
Aunque los mayores niveles de inmunidad de la población han hecho que las tasas muy altas de infección no hayan tenido consecuencias graves para la población en lugares donde la cobertura de vacunación es baja, la disminución de la inmunidad es motivo de gran preocupación entre las personas mayores y quienes tienen deficiencias inmunitarias. No podemos permitir que las personas cuya vida probablemente correría peligro si se infectaran estén muy expuestas a la COVID-19.
Al mismo tiempo, debemos reconocer que distintas partes del mundo, incluidos los países de la Región Europea de la OMS, se encuentran en diferentes etapas de la evolución de la pandemia. Este reconocimiento permite a los países diseñar mejores estrategias y planificar a largo plazo ante un desafío de salud pública que seguirá prolongándose. Lograr que la pandemia disminuya y finalmente desaparezca, aunque la COVID-19 siga presente entre nosotros, solo será posible si hacemos lo correcto ahora mismo.
Así pues, basándonos en el Plan estratégico de preparación y respuesta frente a la COVID-19 para 2022, esto es lo que debe ocurrir en nuestra Región Europea para ayudar a todas las personas a salir de esta emergencia de salud pública:
Proteger aún más a las personas vulnerables a enfermedades graves y potencialmente mortales mediante la aplicación continua de medidas de prevención y control de infecciones, la vacunación, la detección temprana y una atención de alta calidad.
Crear sistemas de vigilancia integrados más sólidos que supervisen y rastreen mejor el virus, para poder identificar su propagación con mayor rapidez y precisión, así como detectar cambios genómicos importantes que alteren significativamente sus características
Mantener ágiles y preparadas para ampliarse rápidamente las capacidades de respuesta de los sistemas de salud en caso de que surja una nueva variante de preocupación o incluso un nuevo virus con potencial pandémico
Abordar los efectos a largo plazo de la pandemia, incluida la perspectiva inminente de que millones de personas padezcan afección pos-COVID (conocida como «COVID persistente»), junto con el retraso acumulado en prioridades de salud pública desatendidas durante la crisis, como la inmunización infantil y las pruebas de detección del cáncer.
La COVID-19 no desaparecerá sin más. Y demasiadas olas anteriores han arrastrado a gobiernos y sociedades a adoptar políticas a menudo desesperadas que no son sostenibles a largo plazo. Las consecuencias socioeconómicas de esas políticas han sido graves y, por ejemplo, han puesto en peligro la educación y sumido en la pobreza a millones de personas. Sin embargo, basándonos en las lecciones, a menudo dolorosas, de los dos últimos años, ahora tenemos la oportunidad de tomar la delantera aprovechando al máximo las posibilidades que tenemos para proteger a las personas y sus medios de vida.
No hay absolutamente margen para la complacencia. Puede que los confinamientos hayan quedado atrás, pero el impacto de la pandemia en la salud, sin duda, no.
Hans Kluge, OMS
Si se aplican como un conjunto, las medidas anteriores contribuirán significativamente a poner fin a la emergencia de salud pública por la COVID-19. Los países podrán controlar mejor la transmisión, independientemente de las nuevas variantes, sin tener que imponer restricciones sociales severas.
Abordar la COVID persistente
A más largo plazo, debemos hacer más por las mujeres, los hombres y los niños que afrontan las secuelas persistentes de sus infecciones por COVID-19. Aún no sabemos lo suficiente sobre cómo ni por qué la COVID persistente afecta a ciertas personas. Esto debe cambiar en 2022. No podemos desatender las necesidades de aproximadamente entre el 10 % y el 20 % de las personas que presentan síntomas persistentes 12 semanas después de la infección por SARS-CoV-2.
¿Cómo ha guiado el Foro la respuesta mundial a la COVID-19?
Por tanto, es necesario transmitir un triple mensaje de esperanza, vigilancia y solidaridad:
Esperanza, respaldada por inversiones sustanciales en sistemas y recursos de salud, para reforzar la capacidad de los países de lograr una cobertura sanitaria universal efectiva.
Vigilancia, mediante una mejor vigilancia y respuesta a las enfermedades infecciosas, incluido el aumento urgente de la vacunación contra la COVID-19, las medidas preventivas y el acceso a antivirales.
Solidaridad, que se manifiesta cuando los gobiernos y los actores del ámbito de la salud colaboran mejor con la ciudadanía como aliados esenciales en nuestros esfuerzos, tanto durante la crisis actual como después.
Debemos combinar estos tres elementos si queremos buscar colectivamente una salida a la situación pandémica actual y, fundamentalmente, prepararnos mejor para la próxima.



