¿Puede la respuesta a la COVID-19 dar paso a un renacimiento de la inmunización?

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  • El esfuerzo de vacunación contra la COVID-19 ha sido notable y puede dejar un legado duradero en la forma en que se desarrollan y despliegan las vacunas en el futuro.

  • Un renacimiento de la inmunización —un plan a largo plazo para desarrollar vacunas más eficaces contra una mayor variedad de patógenos y aumentar las tasas de inmunización— podría reducir drásticamente las muertes por otras enfermedades.

  • El esfuerzo en materia de vacunas ha aumentado la concienciación y generado una mayor comprensión de las desigualdades en la atención sanitaria, lo que será una herramienta valiosa para afrontar nuevos desafíos sanitarios.

La respuesta a la pandemia ha desencadenado innovaciones notables. El desarrollo de las vacunas contra la COVID-19 fue el más rápido de la historia, y su despliegue es el mayor esfuerzo de salud pública jamás realizado en tiempo de paz. Sin embargo, también es cierto que, a pesar de múltiples advertencias, incluidas otras epidemias, el mundo estaba en gran medida mal preparado para la COVID-19.

Estos tres factores —la falta de preparación para la pandemia, el rápido desarrollo de vacunas y un esfuerzo de despliegue mundial (aunque con diverso éxito)— podrían sentar las bases de un “renacimiento de la inmunización”.

Cada año, 1,5 millones de personas en todo el mundo mueren a causa de enfermedades, como la gripe, la fiebre tifoidea y la tos ferina, para las que existen vacunas eficaces. Un renacimiento de la inmunización —es decir, un plan a largo plazo para desarrollar vacunas más eficaces contra una mayor variedad de patógenos y aumentar las tasas de inmunización— podría reducir considerablemente esa cifra.

Existen cuatro formas en que los avances que hemos visto durante la pandemia podrían desempeñar un papel en la construcción de un renacimiento de la inmunización.

Una lección de la COVID-19 es clara: las consecuencias sanitarias y económicas de una pandemia superan con creces las inversiones necesarias para prevenirla.

Shubham Singhal, McKinsey & Company

1. Aplicar nuevas tecnologías de vacunas a otras enfermedades

El esfuerzo contra la COVID-19 dio lugar a la cartera de vacunas más amplia y diversa jamás registrada para una enfermedad. A principios de agosto de 2021, había 21 vacunas en uso en todo el mundo y 294 candidatas en investigación y desarrollo.

Además, se han validado nuevas plataformas tecnológicas, como el ARNm y los vectores virales, que permiten nuevos enfoques inmunológicos y demuestran una rapidez y escalabilidad sin precedentes: el primer producto farmacéutico de ARNm estuvo disponible 42 días después de publicarse la secuencia del SARS-CoV2.

Estas tecnologías podrían utilizarse para desarrollar tratamientos contra otras enfermedades difíciles de tratar, como el VIH, la tuberculosis, la malaria y el cáncer, al tiempo que facilitan el despliegue de las vacunas, por ejemplo, al ser eficaces a temperatura ambiente. Otras plataformas en desarrollo podrían ofrecer opciones adicionales, en particular si se revitaliza la inversión pública y privada en I+D.

2. Aprovechar la infraestructura mejorada de despliegue de vacunas para los programas de inmunización posteriores
Las mejoras en los sistemas e infraestructura derivadas del despliegue de la vacuna contra la COVID-19 podrían tener un legado de gran alcance. Algunos países, entre ellos los Estados Unidos (68 % de las personas elegibles con al menos una dosis a principios de agosto), Alemania (61 %), Chile (72 %) y los Emiratos Árabes Unidos (79 %) han vacunado a una parte significativa de su población adulta.

Otros países tienen tasas mucho más bajas, pero se están preparando a medida que aumenta la disponibilidad de vacunas. Independientemente de dónde se encuentren ahora, los países de todas las regiones están invirtiendo en una mejor infraestructura de vacunación, que incluye capacidad de cadena de frío y transporte, nuevos centros de administración, clínicas móviles y sistemas informáticos para la programación, el seguimiento y la supervisión. Esta infraestructura podría contribuir a objetivos de inmunización más amplios, como la ampliación de las vacunaciones de adultos, que suelen ser bastante bajas. En Estados Unidos, menos de la mitad de los adultos estadounidenses se vacunaron contra la gripe durante la temporada 2019-20. Es casi seguro que eso contribuyó a 400.000 visitas hospitalarias relacionadas con la gripe, 22.000 muertes y decenas de miles de millones de dólares en actividad económica perdida.

3. Mantener el renovado compromiso público para impulsar una mayor aceptación de las vacunas

Aunque aún existen brechas, las actitudes públicas hacia la vacunación han mejorado y la concienciación nunca ha sido tan alta. La vacilación ante las vacunas es un obstáculo importante para la inmunización masiva. Por ejemplo, una encuesta realizada en siete países europeos y publicada en febrero reveló que solo el 36 % estaba muy de acuerdo con que las vacunas eran seguras. En Japón, el 35 % afirmó en enero que no estaban dispuestos a vacunarse.


Pero las actitudes han ido cambiando. En junio de 2021, solo el 24 % de los estadounidenses encuestados afirmaron tener reticencias a vacunarse; cifra que ha caído notablemente desde diciembre de 2020, cuando una encuesta de McKinsey estimó que la vacilación era del 63 %. En Europa, las actitudes también parecen estar volviéndose más positivas, y la aceptación de las vacunas en general parece ser muy alta en los países en desarrollo.

Image: McKinsey & Company

Las actitudes públicas hacia las intervenciones sanitarias han supuesto históricamente un enorme desafío y, a menudo, han tardado décadas en cambiar, ya sea en la vacunación contra la polio o en las campañas contra el tabaquismo o a favor del cinturón de seguridad. Por ello, la tendencia actual hacia actitudes públicas más positivas sobre la vacunación supone un avance significativo.

El público también participa más que nunca: los debates sobre la eficacia de las vacunas han pasado de los estrados de las conferencias científicas a las mesas familiares. Este es un momento único para fomentar el compromiso continuo con los beneficios más amplios de la vacunación, con el fin de aumentar la concienciación y las tasas de vacunación frente a otras enfermedades.

4. Actuar frente a las desigualdades en el acceso a la atención sanitaria

La COVID-19 ha puesto de manifiesto los desafíos de equidad en la atención sanitaria y la inmunización. A nivel mundial, los países de mayores ingresos, en general, han tenido más acceso a las vacunas que los países de menores ingresos. En muchos países existen brechas tanto en el acceso a la atención sanitaria como en la confianza. Los estadounidenses negros y de menores ingresos, por ejemplo, han sido históricamente más escépticos respecto a la vacunación, aunque la aceptación en estos grupos ha aumentado recientemente. Reconocer estas realidades es un primer paso esencial para abordarlas. La equidad y el acceso deberían convertirse en una prioridad mayor tanto para los proveedores de atención sanitaria como para los desarrolladores de vacunas al pensar en el futuro.

La falta de vacunación está ampliando la brecha económica entre países ricos y pobres.
La falta de vacunación está ampliando la brecha económica entre países ricos y pobres.
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Existe un consenso mundial sobre la necesidad de prepararse para —e idealmente prevenir— otra pandemia. Las vacunas son un componente fundamental de esa agenda. Los esfuerzos podrían incluir la inversión en el desarrollo de vacunas «listas para usar» eficaces contra una amplia familia de virus que podrían causar futuras pandemias, así como la creación de una infraestructura de fabricación flexible que pueda activarse rápidamente en caso de brote. Desarrollar alianzas público-privadas que respalden el despliegue y la inmunización, y que estén preparadas para responder a los brotes, es otro ámbito en el que centrarse.

Una lección de la COVID-19 es clara: las consecuencias sanitarias y económicas de una pandemia superan con creces las inversiones necesarias para prevenirla.

Aunque la COVID-19 aún no es historia, ya es un hecho histórico. Sería trágico que no aprovecháramos este momento para impulsar un renacimiento de la inmunización que podría aliviar la carga mundial de enfermedades y salvar millones de vidas.

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