El COVID-19 ha afectado de forma desproporcionada la vida y los medios de subsistencia de las personas mayores.
El edadismo ha agravado esos efectos e impide las soluciones necesarias.
Así podemos superar los prejuicios y ayudar a respaldar a la población que envejece.
La pandemia de COVID-19 ha afectado de forma desproporcionada a las personas mayores de todo el mundo, causando daños devastadores a su salud física, su salud mental y sus medios de subsistencia. Los efectos insidiosos del edadismo hacen que estos desafíos sean aún más difíciles de superar.
Los estereotipos, los prejuicios y la discriminación por motivos de edad agravan las desigualdades existentes e impiden contramedidas eficaces. La suposición de que todas las personas mayores son frágiles o dependientes no solo es inexacta, sino también perjudicial.
Para que el mundo se recupere por completo de los amplios efectos de la pandemia, primero debemos abordar los prejuicios que subyacen al daño que el COVID-19 ha causado a las personas mayores. Un nuevo informe del Consejo Global sobre Longevidad del Foro Económico Mundial, "COVID y vidas más largas: combatir el edadismo y crear soluciones," destaca la importancia de garantizar que las respuestas a la pandemia sean informadas, inclusivas y estén orientadas a proteger los derechos y la dignidad de las personas mayores.
Cómo afectó el COVID-19 a las personas mayores
Las personas mayores, especialmente las que padecen comorbilidades preexistentes, han sido las más vulnerables a los efectos del virus en la salud. Los centros de atención a largo plazo, en particular, han registrado un aumento de los casos de mortalidad.

En muchos países de ingreso bajo y mediano, las personas mayores se enfrentan a problemas adicionales, como el acceso a la atención, sistemas de salud débiles, infraestructuras deficientes y el espectro de graves efectos socioeconómicos a largo plazo de la crisis.
Además, incluso antes de la pandemia, informes mostraban que muchas personas mayores ya estaban más aisladas socialmente y sufrían más soledad que el resto de la población. Las medidas de contención del coronavirus, incluidas las de confinamiento, el distanciamiento físico y las restricciones a la circulación y a las reuniones sociales, aumentaron el riesgo de aislamiento social y soledad.
Permanecer en casa dificulta llevar a cabo estilos de vida saludables, como la actividad física y una alimentación adecuada. También hay una carga mental: el aislamiento social se ha vinculado a un mayor riesgo de muerte prematura, similar al que provocan fumar cigarrillos, la inactividad física o la obesidad.
Lo que el edadismo hace mal
El edadismo tiende a presentar a todas las personas mayores como si fueran iguales. La realidad es que las personas mayores son diversas y tienen varias identidades distintas. Son mucho más que su edad.
Subestimar las contribuciones económicas de las personas mayores y considerarlas una carga para las economías es otra forma de edadismo. En realidad, muchas personas mayores son esenciales para la sociedad y contribuyen a la economía tanto mediante el trabajo remunerado como, y esto es más importante, mediante el trabajo no remunerado, menos visible, como los cuidados y el voluntariado.
Las contribuciones remuneradas y no remuneradas de las personas mayores igualan o superan los costos de su cuidado. Por ejemplo, las personas mayores son responsables de más de la mitad del gasto de consumo en Estados Unidos, y las personas mayores de 50 años aportan más de 745 000 millones de dólares a la economía estadounidense en forma de voluntariado, cuidados y cuidado infantil.
Más difícil de medir, pero igual de importante, es que las personas mayores que cuidan de sus nietos suelen contribuir a los conocimientos, las habilidades y la socialización de estos niños, y permiten a sus padres trabajar y contribuir a la economía.
Cómo podemos ayudar a las personas mayores a prosperar
Las personas mayores quieren mantener su independencia, tener un fácil acceso al transporte, servicios integrados relacionados con la edad, actividades recreativas y contacto con la naturaleza. Por tanto, la atención adecuada, en el momento adecuado y en el lugar adecuado es fundamental.
Las soluciones virtuales pueden ayudar a las personas mayores a obtener la ayuda que necesitan, en materia de atención sanitaria, conexiones sociales y acceso a servicios. Pero, primero, debemos superar la "brecha digital". Las personas mayores tienen dificultades desproporcionadas para acceder a la tecnología y su alfabetización digital tiende a ser baja. Debemos abordar la brecha de accesibilidad para prestar el apoyo necesario para que las personas mayores sigan prosperando en sus hogares y comunidades.
Además, debemos recordar cuánto tienen aún que aportar las personas mayores a la sociedad, en lugar de limitarnos a ver únicamente la dinámica de apoyo y dependencia. Las mejores soluciones fomentan la participación y la conexión social, y promueven el sentido de pertenencia.
Las conexiones sociales entre generaciones son vitales. Hay mucho que podemos aprender unos de otros, si tan solo nos acercamos y hacemos el esfuerzo.
También deberíamos estudiar la creación de un instrumento que aborde las barreras estructurales a las que se enfrentan las personas mayores y proteja sus derechos. Por ejemplo, ¿podríamos crear una Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas Mayores? Queda mucho trabajo por hacer, pero deshacernos de nuestros prejuicios y reconocer la importancia de las personas mayores en nuestras economías y sociedades es un buen comienzo.

