Las desventajas estructurales de Brasil se agravan para su población más pobre y mayor, y la pandemia solo empeora esta situación.
El edadismo en tiempos normales produce resultados negativos para la salud. Hoy, estos son aún más pronunciados.
Para ser verdaderamente resiliente frente a este virus y sus efectos, Brasil debe reconocer mejor el valor y la dignidad de las personas en cada etapa de su vida.
Brasil es un epicentro mundial de la pandemia de COVID-19. Al 25 de octubre, 156.000 brasileños han fallecido a causa de esta enfermedad. Según el modelo de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), el coronavirus es ahora la principal causa de muerte en el país.
Muchas de las víctimas son personas más jóvenes envejecidas prematuramente por enfermedades cuya raíz es la pobreza, pero la mayoría proviene de los 31 millones de brasileños mayores de 60 años. Pese a un régimen de pruebas deficiente y a una población considerablemente menor, el número de casos confirmados en Brasil solo es superado por el de Estados Unidos e India. Ninguno de los factores que han llevado a este sombrío tercer puesto es exclusivo de Brasil; sin embargo, es su perversa sinergia la que ha producido este desafortunado resultado.
La COVID-19 encontró un terreno muy fértil en Brasil. Durante décadas, el país se ha ubicado de forma constante entre las 10 sociedades más desiguales del mundo. Según el Banco Mundial, casi la mitad de la población brasileña vive en la pobreza (definida como menos de 5,50 US$ al día) o es vulnerable a caer en ella. Tras cierta mejora durante los primeros 10 años del siglo, la desigualdad de ingresos ha empeorado en Brasil desde 2016. En los cuatro años previos a la COVID-19, 6,3 millones de brasileños —una cifra equivalente a toda la población de Suiza— se sumaron a las filas de los pobres. Con el inicio de la pandemia, el Banco Mundial prevé otros 7,2 millones de nuevos pobres brasileños en 2020.
Casi el 50% de la población carece de acceso a un sistema de alcantarillado adecuado y 33 millones tienen únicamente un suministro de agua irregular. Los hogares hacinados y multigeneracionales, el transporte público sobrecargado y el empleo precario son la realidad inevitable para decenas de millones. Los bajos niveles educativos han comprometido la alfabetización en salud. Sin sorpresa, la proporción de brasileños de todas las edades que viven con ENT y discapacidades es alta.
Estas desventajas estructurales, que marcan la vida de tantos jóvenes brasileños, producen inevitablemente un efecto amplificado en la vejez: una desigualdad acumulativa que ha agravado enormemente la vulnerabilidad de los brasileños mayores en múltiples frentes. La raza, el género y la sexualidad son factores contribuyentes poderosos. Para muchos brasileños, la vejez llega sobre una historia de vida marcada por la inseguridad en materia de salud, alimentación y bienestar. La COVID-19 no ha creado las desigualdades en Brasil; simplemente las ha puesto al descubierto.
Aún golpeada por la recesión de 2015-16 y por nuevas contracciones en 2019, la economía brasileña ya estaba en dificultades antes de la pandemia. Muchos de los 26 estados del país eran insolventes, y varios municipios eran financieramente insostenibles. Los presupuestos de salud y educación se habían recortado drásticamente, y la legislación federal de 2017 congeló todo el gasto social durante 20 años. Mientras tanto, el número de multimillonarios no dejó de aumentar. La capacidad del Sistema Único de Salud (SUS) de Brasil, del que depende el 83% de los adultos mayores (proporción aún mayor entre los afrobrasileños), ya estaba considerablemente erosionada.
Se ha dicho que la COVID-19 es una crisis sanitaria que se ha transformado en una crisis económica y social. En Brasil, quizá sería más exacto decir que una crisis económica y social se ha transformado en una crisis sanitaria. Además, no es la primera vez que esto sucede, y es poco probable que sea la última. Pese a las ofuscaciones de algunos líderes políticos, la salud, la economía y la sociedad no son compartimentos estancos. Tampoco lo son la juventud y la vejez. No nos volvemos menos personas a medida que envejecemos; nos volvemos más de la misma persona. Al igual que en otros países, en el Brasil asolado por el coronavirus han surgido dos dicotomías falsas y especialmente virulentas. La primera es que hay que elegir entre la salud y la economía. La segunda es que hay que elegir entre los jóvenes y los mayores.
Son las acciones e inacciones políticas, tanto históricas como actuales, las que nos han traído hasta este punto. La herramienta clave de la salud pública es la confianza: confianza en las instituciones, en el mensaje y en que sus conciudadanos harán lo correcto. Brasil puede ser rico en materias primas, pero la confianza escasea notablemente. La confianza en los organismos públicos y políticos es baja. El dogmatismo ha dejado poco espacio para la debida diligencia científica. Se han desaprovechado oportunidades de impartir una instrucción coordinada en salud pública. Existe una resistencia a la transparencia y a la rendición de cuentas. Las autoridades federales han restado sistemáticamente importancia al coronavirus, han defendido con determinación un modelo de negocios como de costumbre y, por ello, han minimizado la responsabilidad del gobierno de proteger la vida de los brasileños mayores. Los Consejos Nacionales de Personas Mayores, que en su día dieron una voz destacada a millones de personas mayores a través de una vasta red nacional de elección entre pares, han sido desmantelados de facto. El plan del gobierno 'Brasil Amigable con la Edad' es ampliamente objeto de burla. Millones de recursos de las finanzas públicas han sido desviados mediante la corrupción; se ha alegado que esta es la razón por la que solo uno de los siete hospitales de campaña construidos en Río en respuesta a la COVID-19 ha llegado a funcionar. El individualismo sigue proliferando en un momento en que las únicas soluciones son colectivas. Cada vez hay más pruebas que sugieren un aumento de la incidencia del maltrato a personas mayores (incluido el abuso financiero) en todo el país.
El edadismo en tiempos normales produce efectos negativos medibles en la salud. En tiempos de crisis, las repercusiones son aún más pronunciadas. Una sociedad que trata con desdén a su población mayor es una sociedad que trata con desdén su memoria social y sus recursos humanos. Las personas mayores pueden ser más vulnerables en tiempos de crisis, pero también son más resilientes: pueden ver la luz al final del túnel. Múltiples estudios revelan su papel fundamental en la recuperación social tras las crisis. Para que Brasil y otros países logren resiliencia frente al coronavirus, deben aprender a respetar plenamente la dignidad, el valor y la ciudadanía plena de las personas en todas las etapas de la vida.

