Si bien la COVID-19 ha tenido enormes repercusiones económicas y ambientales, no se pueden subestimar los efectos sobre la sociedad, escribe Alan Bradshaw, catedrático de marketing.
La comprensión de las nuevas señales sociales en el trabajo, en espacios públicos y al mantener el distanciamiento social se denomina «cultura del coronavirus».
Será interesante observar cómo cambian nuestros comportamientos a medida que evolucionan las restricciones por la COVID-19.
El análisis científico de la COVID-19 está dominado por cuestiones médicas y farmacéuticas sobre las vacunas y la minimización de riesgos. Pero, mientras tanto, los científicos sociales deben seguir los órdenes sociales emergentes, en los que se están formando nuevas convenciones y nuevas percepciones del yo y del parentesco. Están descubriendo que está surgiendo una cultura del coronavirus completamente nueva y, con ella, numerosas preguntas inesperadas.
El científico social se pregunta: ¿qué nuevos tipos de prácticas cotidianas están surgiendo? Un ejemplo útil son las habilidades sociales para los nuevos medios.
¿Han notado, por ejemplo, en las reuniones en línea, las nuevas normas de etiqueta sobre cuándo «levantar la mano» o soltar su aportación de forma espontánea, o cuándo escribir un mensaje en el chat? Estas microdecisiones, lejos de ser arbitrarias, son el cultivo activo de las nuevas etiquetas y del lenguaje cotidiano que reflejan la jerarquía y otras sensibilidades.
Y esto no ocurre solo en línea. Estas nuevas sensibilidades afectan a la manera en que utilizamos nuestro cuerpo para relacionarnos socialmente, desde cuándo y cómo chocar los codos, hasta cómo sonreír con los ojos cuando la boca está oculta.
¿Cuáles son las nuevas normas sobre quién pasa primero al guardar distancia? ¿Hay circunstancias en las que sea aceptable abrazarse? ¿Podemos detenernos a charlar en un supermercado cuando hay cola en la puerta?
Por supuesto, hacer cola, esa característica tan definitoria de la antropología británica, con su cultura asociada de chistar, es un campo minado para nuevas formas de transgresión cotidiana e irritabilidad. De hecho, ¿qué debemos pensar de las personas que no llevan mascarilla?
¿Expresan un libertarismo escéptico o luchan con su salud mental? ¿Qué nuevas expresiones de empatía y firmeza son necesarias y cuándo? Cada vez que vamos de compras, nos planteamos estas preguntas mientras desciframos la nueva cultura del coronavirus.
Cuestiones de comunidad
Además, está cambiando nuestro sentido de comunidad, a medida que el radio físico de nuestra vida cotidiana se reduce y somos más conscientes de, e incluso dependemos más de, los vecinos. ¿Volverán las tiendas de barrio a ser elementos centrales de la vida comunitaria?
Mientras tanto, nuestra relación con el hogar y nuestro propio sentido de la vida doméstica se han intensificado a través de frenéticas sesiones de eliminación de objetos, pintura y jardinería. Las personas que comparten vivienda sienten que sus relaciones son mucho más íntimas e interdependientes. Cocinar se convierte en un acontecimiento en torno al cual se estructura el día, ya que la gente aprende en masa a hornear pan de masa madre y luego pasa a la siguiente moda.
De hecho, el auge y la caída de estas modas, marcados por los aumentos en las ventas de bicicletas, utensilios de jardinería, bricolaje y compras en línea, dicen mucho sobre nuestra incipiente cultura de consumo del coronavirus.
¿Cómo nos reuniremos en espacios comunitarios? ¿Adoptarán los británicos las comidas al aire libre cuando las temperaturas desciendan? ¿Será socialmente aceptable que los adultos beban latas de alcohol en los parques públicos? ¿Cómo se desarrollará la incómoda situación de decidir quién se incluye y quién se excluye en los grupos de seis dentro de los círculos sociales?
La intimidad familiar debe reaprenderse a través de medios alternativos como los grupos de WhatsApp y las videollamadas de Zoom. Al principio se practicaban con entusiasmo, pero ahora se están asentando formas más sostenidas de mantenerse en contacto: ¿con qué frecuencia deben realizarse estas llamadas? ¿Cuándo debe ser una videollamada y cuándo una llamada normal? Está la práctica de reenviar memes y mensajes de texto sencillos, interacciones mínimas que, sin embargo, mantienen vivo el parentesco.
Todas estas nuevas prácticas se estructuran en torno a nuevas formas de aislamiento, soledad, preocupación y culpa. ¿Qué vamos a hacer con la Navidad? ¿Cómo se intercambiarán los regalos? ¿Qué innovaciones surgirán a medida que descubramos nuevas formas de comunicarnos? ¿Qué nuevas formas de soledad y desdicha, y de unión y alegría descubriremos?
¿Ha cambiado el trabajo para siempre?
¿Cuántos trabajadores, ahora liberados del gasto, el agotamiento y el tiempo de los desplazamientos, aceptarán volver al trabajo? ¿Qué nuevas formas de rechazo y de poder en el lugar de trabajo están surgiendo? ¿Qué costes operativos de las organizaciones se están volviendo prescindibles? Cada nuevo acto de racionalización laboral provoca profundas repercusiones en todo el espectro de la vida cotidiana.
Las economías personales se están transformando. Algunos se benefician enormemente al evitar costes como los desplazamientos y las vacaciones, mientras que otros sufren el impactante colapso de sus ingresos. A medida que se van distinguiendo los ganadores y los perdedores de la cultura del coronavirus, muchos se darán cuenta de que sus estilos de vida de consumo y su poder adquisitivo previos a la COVID podrían no recuperarse pronto.
Ahora que se va asentando la certeza de que la cultura del coronavirus es un proceso largo y no un golpe repentino, ¿ha estado alguna vez la historia tan abierta? Al centrarnos en las grandes decisiones gubernamentales que son la base del ciclo informativo, podemos pasar por alto la importancia de las transformaciones humildes y micro que sustentan la forma en que vivimos y entendemos nuestras vidas.
A medida que pasamos de experimentar lo cotidiano como algo inquietante y extraño a aprender nuevas formas de conciencia social, unión e irritabilidad, estamos cocreando y descubriendo la nueva normalidad: la nueva cultura del coronavirus. Para bien o para mal, la ciencia social de lo cotidiano nunca ha sido tan apasionante.

