La COVID-19 y el cambio climático tienen algo en común: si actuamos pronto, podemos evitar sus efectos más catastróficos, escriben dos académicos.
Ya contamos con muchas de las tecnologías y los instrumentos económicos necesarios para avanzar en la acción climática.
Hay formas de superar los dos retos que plantean la voluntad política y el apoyo público.
En los primeros días de la pandemia, muchos líderes políticos tendían a retrasar la adopción de medidas políticas decisivas hasta que parecían inevitables. Sin embargo, ante los brotes virales o el cambio climático, la procrastinación política puede ser trágica. La propagación de la COVID-19 y los cambios en nuestro sistema climático se rigen por dinámicas no lineales. Eso significa que las respuestas tardías resultan desproporcionadamente más costosas: en EE. UU., empezar el distanciamiento social una semana antes podría haber evitado un 55 % estimado de las muertes (36.000) entre mediados de marzo y principios de mayo (Pei et al. 2020). Según Furman et al. (2015), los costes de una acción climática tardía aumentan un 37 % si se aplaza hasta 2025.
Sin embargo, no se puede culpar únicamente a los políticos de la parálisis inicial de las políticas. Al menos en los sistemas democráticos, el margen de acción de los responsables políticos siempre está limitado por el apoyo público. Nosotros, el público, sin embargo, no estamos psicológicamente preparados para comprender la gravedad de amenazas abstractas como el cambio climático. Al principio, el virus era abstracto y parecía confinado todavía a la ciudad de Wuhan; entretanto, ha logrado captar nuestra imaginación: cuando la amenaza de contraer la COVID-19 pareció inminente, la gente aceptó severas limitaciones de sus libertades. Hasta ahora, el cambio climático no ha conseguido suscitar un nivel de alerta similar. De hecho, lo que la sociedad está dispuesta a hacer parece depender fundamentalmente de lo «grave» que creemos que llegará a ser (véase la figura 1).
Figura 1Relación potencial entre los daños percibidos de la COVID-19 y el cambio climático y la disposición de la sociedad a responder.

El cambio climático es más difícil de vencer políticamente, aunque más fácil de abordar económicamente
En conjunto, hay motivos para creer que será aún más difícil vencer el cambio climático que la pandemia de COVID-19. Probablemente recuperaremos cierta apariencia de normalidad en un mundo pospandémico cuando se disponga de una vacuna eficaz y de un protocolo de tratamiento. Sin embargo, estabilizar el clima exige transformaciones más duraderas, que deben aplicarse mucho antes de que el cambio climático alcance dimensiones catastróficas.
En el lado positivo, aunque estas transformaciones durarían más, no serían tan perturbadoras para la economía: el FMI (2020) prevé una contracción del 4,9 % de la economía mundial en 2020, mientras que la Comisión Europea estima que el PIB de la zona del euro caerá incluso un 8,7 %. En comparación, parece insignificante la reducción del 0,06 % del crecimiento anual del consumo mundial durante este siglo que se sacrificaría para alcanzar el Acuerdo de París (IPCC 2014). Sí, los economistas piden actualmente destinar grandes sumas de los fondos públicos de los paquetes de estímulo económico por la COVID-19 a inversiones respetuosas con el clima, pero, a largo plazo, muchas de esas medidas podrían amortizarse por sí solas. En una encuesta reciente, expertos en economía demostraron cómo ciertas políticas verdes podrían superar a los paquetes de estímulo convencionales a la hora de encauzar de nuevo las economías afectadas por la pandemia (Hepburn et al. 2020).
Esto demuestra que ya contamos con muchas de las tecnologías y los instrumentos económicos necesarios para avanzar en la acción climática. El verdadero cuello de botella es la voluntad política y el apoyo público.
¿Qué futuro le espera a la política climática?
Para superar el cortoplacismo y la procrastinación política, las sociedades pueden delegar la toma de decisiones en instituciones más alineadas con los objetivos políticos a largo plazo que los políticos empeñados en la reelección. El Comité de Expertos sobre el Cambio Climático del Reino Unido es un ejemplo. Algunos expertos incluso han propuesto «bancos centrales del carbono» (Helm et al. 2003).
Las campañas informativas y los medios de comunicación deben transmitir mejor, desde el punto de vista psicológico, la amenaza del cambio climático al público. Por ejemplo, pueden recurrir a la ciencia de la atribución: iniciativas como «World Weather Attribution» pueden demostrar ahora el papel del cambio climático en los fenómenos meteorológicos extremos que estamos viviendo.
Quizá lo más importante sea que los responsables políticos garanticen que las medidas de mitigación se diseñen teniendo en cuenta las preocupaciones de la ciudadanía: el electorado solo apoyará iniciativas ambiciosas de fijación de precios del carbono e inversión con bajas emisiones de carbono cuando considere que los costes y las cargas de la mitigación del cambio climático se distribuyen de forma justa (Maestre-Andrés et al. 2019). Proteger a las comunidades más afectadas y a los hogares de bajos ingresos de subidas de precios exorbitantes y hacer visibles los beneficios de la reforma climática puede recabar apoyo y evitar la oposición pública (Klenert y Hepburn 2018).
Sin embargo, para que surjan muchas de estas soluciones, hay algo fundamental: superar la politización del cambio climático. Muchas medidas contra la COVID-19 solo tuvieron éxito porque se apoyaron en una base de amplio respaldo multipartidista. Es fundamental recabar apoyo para la acción climática por encima de las divisiones políticas, como en la reciente Hoja de ruta bipartidista sobre el clima de EE. UU. También es importante recuperar a los escépticos del clima descontentos y a quienes la desinformación ha desviado. Será interesante ver qué papel pueden desempeñar la participación pública y la democracia deliberativa: las asambleas ciudadanas sobre el cambio climático, como las del Reino Unido y Francia, podrían resultar esenciales para construir un mandato social sólido y duradero en favor de una acción climática más ambiciosa (Howarth et al. 2020).
Figura 2 Cinco lecciones de la pandemia de COVID-19 para el futuro de la mitigación del cambio climático.

¿La política pandémica como precedente para los activistas climáticos?
A la larga, la pandemia actual podría culminar precisamente en el cambio de cultura política que hace falta para avanzar en la acción climática. Las restricciones actuales a las libertades personales y económicas no tienen precedentes para la mayoría de las generaciones de los países occidentales, como tampoco los tienen los fondos movilizados para remediar los efectos económicos de la respuesta a la pandemia. La COVID-19 ha demostrado lo que es posible cuando hay suficiente voluntad política. En un mundo pospandémico, ¿seguirán los políticos saliendo impunes al tachar de poco realistas las demandas de los activistas climáticos? La nueva generación de jóvenes huelguistas por el clima hará mucho más difícil que los responsables políticos descarten propuestas ambiciosas de mitigación, como acelerar la eliminación gradual del carbón o establecer precios estrictos para el carbono, alegando que suponen una carga excesiva para la economía. Es probable que la próxima ola de acción climática sea aún mayor.
Nota de los autores: Este artículo se basa en nuestra publicación reciente, Klenert et al. (2020). Las opiniones expresadas son exclusivamente las de los autores y no deben interpretarse como una posición oficial de la Comisión Europea.
