El virus que causa la COVID-19 probablemente circulaba en los murciélagos desde hacía décadas antes de transmitirse a los humanos.
Existen mutaciones que permiten al SARS-CoV-2 evadir el sistema inmunitario, pero podrían contrarrestarse con «cócteles» de anticuerpos.
El análisis de vídeos grabados en espacios públicos muestra que quienes usan mascarilla se tocan menos la cara, lo que contribuye indirectamente a prevenir la transmisión del virus.
Rastreado el origen del SARS-CoV-2
Un equipo internacional de investigadores de China, Europa y Estados Unidos ha reconstruido la historia evolutiva del SARS-CoV-2, el virus que causa la COVID-19. Sus conclusiones, publicadas esta semana en Nature Microbiology, sugieren que el virus lleva circulando en los murciélagos desde hace décadas, tras divergir de otros virus de murciélagos ya en 1948. Los autores señalan que, si bien es posible que los pangolines u otra especie hasta ahora desconocida hayan facilitado la transmisión a los humanos, las pruebas actuales son compatibles con que el virus evolucionara en los murciélagos hasta adquirir la capacidad de infectar a los humanos.
Los estudios periódicos de virus en las poblaciones de murciélagos podrían ayudar a prevenir futuras pandemias al identificar los virus transmisibles a los humanos antes de que pasen a las personas.

Sin embargo, las propiedades altamente dinámicas de los virus complican este tipo de vigilancia: un virus inicialmente identificado como no transmisible a los humanos podría recombinarse más tarde con otro y adquirir esta característica. Los autores sugieren que esto «subraya la necesidad de una red mundial de sistemas de vigilancia de enfermedades humanas en tiempo real» como una de las herramientas clave para prevenir los futuros grandes brotes en humanos.
Las mutaciones permiten al virus evadir el sistema inmunitario
En un artículo aún no publicado, investigadores de la Universidad Rockefeller (Estados Unidos) han descubierto que la proteína de pico del SARS-CoV-2 puede adquirir mutaciones (alteraciones en la secuencia de su código genético) que le permiten escapar a una serie de anticuerpos neutralizantes.
Para demostrarlo, los investigadores cultivaron el virus en presencia de anticuerpos capaces de unirse a su proteína de pico, neutralizándolo así. Al hacerlo, aceleraron la selección natural a favor de los virus con mutaciones en la proteína de pico que los hacen invisibles a los anticuerpos. Al comparar estas mutaciones obtenidas en el laboratorio con muestras del virus tomadas de personas infectadas de todo el mundo, descubrieron que las mismas mutaciones resistentes a los anticuerpos aparecían en ambos grupos, aunque solo con frecuencias muy bajas en las muestras humanas.
No está claro en qué grado ni con qué rapidez el SARS-CoV-2 podría evolucionar para evadir los anticuerpos con mayor frecuencia, pero los hallazgos de los autores sugieren que los tratamientos deberían idealmente consistir en un «cóctel» de anticuerpos, o inducir su producción, en el que cada uno se dirija a una parte diferente de la proteína de pico para lograr el máximo efecto.
Las personas que usan mascarilla se tocan menos la cara
Un equipo de investigadores chinos ha demostrado que el uso de mascarilla se asocia con una reducción de los toques en la cara entre la población general. Aunque aún no se comprenden plenamente los mecanismos por los que las mascarillas ayudan a prevenir la transmisión del virus, la contaminación de la cara a través de las manos y de otros objetos, como los teléfonos móviles y los alimentos, podría ser una vía de transmisión importante. Por tanto, las mascarillas también podrían ayudar a reducir la transmisión de forma indirecta, al disminuir el contacto con la cara, además de captar directamente las gotículas respiratorias.
Su estudio, publicado el miércoles, examinó vídeos grabados en espacios públicos abiertos y comparó los comportamientos observados antes y durante la pandemia. Con imágenes de China, Japón, Corea del Sur, varios países de Europa Occidental y Estados Unidos, el estudio concluyó que las políticas obligatorias de uso de mascarilla aumentaron su uso, lo que a su vez se relacionó con una menor frecuencia de tocarse la cara.
Los autores señalan que el estudio no incluyó espacios cerrados y que también debe tenerse en cuenta que los vídeos de la pandemia utilizados en el estudio se grabaron entre febrero y marzo de 2020. Los estudios de seguimiento que incluyan espacios cerrados e imágenes de vídeo más recientes podrían ayudar a arrojar más luz sobre este tema, incluida una comparación más clara de la eficacia de las políticas de uso obligatorio y recomendado de mascarilla.
