Se calcula que la viruela mató a 300 millones de personas solo en el siglo XX.
En 1980, la viruela fue la primera enfermedad en ser erradicada oficialmente.
Las lecciones de pandemias anteriores se aplican a la COVID-19.
Para muchos responsables de la toma de decisiones en materia de salud mundial, la COVID-19 ha llegado a simbolizar el fracaso a la hora de aplicar las lecciones de experiencias pasadas con enfermedades infecciosas y ha planteado nuevas preguntas urgentes que deben abordarse antes de la próxima pandemia.
Tuve el honor de participar en la campaña para erradicar la viruela, una enfermedad devastadora cuyos nombres históricos —viruela, monstruo moteado y peste roja— dan una idea más clara del dolor y el sufrimiento que causó a cientos de millones de personas a lo largo de los siglos.
Tras décadas de lucha para impedir la transmisión e inmunizar a personas de todo el mundo, el último caso conocido de Variola major se diagnosticó en Rahima Banu, una niña bangladesí de tres años, y el último caso de Variola minor se registró en octubre de 1977, en Somalia. La Organización Mundial de la Salud, que estima que la enfermedad mató a 300 millones de personas solo en el siglo XX, declaró en 1980 que era la primera —y hasta ahora la única— enfermedad humana erradicada en todo el mundo.

Ante la COVID-19, puede ser útil reflexionar sobre algunas de las lecciones que aprendimos durante nuestra campaña contra la viruela para contribuir a hacer frente a la pandemia actual y prepararnos mejor para la próxima.
1. Desarrollar sistemas de vigilancia rigurosos y buscar la verdad sin descanso
Durante nuestra labor para erradicar la viruela, citábamos constantemente un lema de la Asociación Estadounidense de Gestión: «Se obtiene lo que se inspecciona, no lo que se espera». Es importante inspeccionar y evaluar de forma continua y, para ello, involucrar al mayor número posible de personas.
En India, reclutamos a decenas de miles de vigilantes para que supervisaran los hogares de las personas infectadas y vacunaran a quienes los visitaban. También reclutamos a miles de rastreadores de contactos. Al formar nuestro equipo, descubrimos que preferían que los llamaran «detectives de enfermedades», una expresión que les confería mayor prestigio. También motivábamos al equipo de rastreadores de contactos compartiendo constantemente nuestros hallazgos con las personas que habían proporcionado la información. Si las personas ven que los datos se usan para hacer el bien y se les pide su opinión, es mucho más probable que sigan compartiendo información y ayuden en la labor de erradicación.
En plena pandemia de COVID-19, algunos han sostenido que no deberíamos rastrear contactos hasta que el número de nuevos casos disminuya considerablemente y la pandemia sea «manejable». Sin embargo, nuestra experiencia en India, un país con una población de dimensiones abrumadoras, demostró que se puede hacer. En mayo de 1973, detectábamos 1.500 nuevos casos de viruela al día solo en el estado de Bihar, lo que implicaba 1.500 nuevas tareas de rastreo de contactos, incluida la localización y vacunación de los contactos y el aislamiento de quienes presentaban síntomas hasta que pudiéramos emitir un diagnóstico; todo ello sin computadoras ni teléfonos inteligentes.
Una excusa que se da ahora [para no realizar el rastreo de contactos] es que la gente no contestará llamadas de números desconocidos. Sin embargo, si se informara a las personas de que recibirían una llamada de un profesional de la salud para comunicarles si su prueba había dado positivo o no y hablar sobre a quién más habría que hacerle la prueba, y si recibieran de antemano un mensaje de texto con el nombre de ese profesional, creo que muchas estarían dispuestas a participar en el rastreo de contactos.
2. La transparencia de los datos y la confianza pública son fundamentales
Para llevar a cabo una vigilancia y un rastreo de contactos adecuados, debe haber un alto nivel de confianza entre quienes ejecutan el programa y la población; un nivel de confianza que hoy no existe.
Nuestros «detectives de enfermedades» tenían que recalcar a la población que nadie sufriría represalias por proporcionar los nombres de sus contactos. También recurrimos a incentivos y ofrecimos recompensas por notificar casos de viruela: empezamos con 10 rupias, luego 50 y 100, y finalmente llegamos a ofrecer hasta 1.000 dólares estadounidenses por cada caso identificado. Una encuesta de la época mostró que en India más personas sabían que podían recibir una recompensa por identificar a alguien con viruela que el nombre del primer ministro, lo que indicaba que habíamos comunicado nuestro mensaje con éxito.
Durante esta pandemia se ha perdido mucha confianza, tanto en los políticos como en los funcionarios de salud pública, algunos de los cuales han cruzado la línea que separa el servicio público del servicio a intereses privados. Debemos restablecer sin falta la confianza en el sistema de salud pública y en nuestros esfuerzos para responder a la pandemia. Una forma de hacerlo es contar con personas que ya gozan de la confianza de la población.
3. La importancia de la iteración
Durante nuestra campaña contra la viruela, no teníamos todas las respuestas, y esta vez tampoco. En India, ajustamos constantemente nuestros métodos, incluso hasta el último mes. Tardamos unos cuatro meses en perfeccionar nuestro sistema de vigilancia en India y seis meses en nuestro sistema de rastreo de contactos. La pandemia de COVID-19 aún está en sus primeras etapas, y no nos beneficia que nuestros líderes políticos o de salud pública actúen o se comuniquen como si tuvieran todas las respuestas. Debemos ser honestos y reconocer que, a medida que la pandemia avance y evolucione, nuestra respuesta también lo hará.
4. Los líderes y profesionales de la salud pública deben aprender unos de otros y compartir experiencias
Aunque muchos países tienen estructuras políticas y gubernamentales, sistemas de salud y niveles de desarrollo económico distintos, a menudo cuentan con programas y sistemas similares de vigilancia y respuesta ante pandemias. Esto crea una oportunidad para compartir experiencias y aprender unos de otros.
Durante la campaña contra la viruela, por ejemplo, vimos que cierto grado de competencia sana entre los estados de India ayudaba a impulsar los avances. Organizábamos reuniones periódicas entre los distintos estados, que estaban deseosos de mostrar sus progresos y nuevos métodos. También celebrábamos reuniones regionales similares en Nueva Delhi, con la participación de Pakistán y Bangladesh, para que los líderes de salud pública pudieran compartir sus estrategias y avances.
En este sentido, una de las lecciones más importantes que aprendimos en India fue también el valor de los vínculos humanos para combatir una pandemia. Permítanme contar una anécdota: un día, cuando estaba a punto de subir a un avión en Patna, vi que el piloto estaba bebiendo cerveza, así que decidí empezar a viajar en tren. En esos trayectos de 12 horas, a menudo mantenía conversaciones profundas con mis homólogos indios, y esas conversaciones acabaron siendo mucho más importantes que las reuniones semanales de una hora. Ahora que las reuniones se celebran por teleconferencia, aun así debemos dedicar tiempo a desarrollar relaciones personales, fundamentales para crear alianzas productivas.
