Nuestras ganas de compartir ayudan a difundir la desinformación sobre la COVID-19

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“Being emotionally aroused is another thing that makes you less likely to stop and think carefully.”Image: Unsplash/Robin Worrall
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  • Un estudio del MIT ha descubierto que el ansia de likes integrada en las redes sociales afecta a nuestra capacidad para analizar objetivamente la veracidad de las noticias en línea antes de hacer clic en «compartir».

  • Cada vez que publicas algo, puedes ver de inmediato cuántas personas le han dado me gusta. Eso centra tu atención en: ¿A cuántas personas les va a gustar esto? Lo cual es distinto de: ¿Cuán cierto es esto?

Para mantenerse al día sobre la pandemia de COVID-19, las personas necesitan procesar información sanitaria cuando leen las noticias. Inevitablemente, eso significa que las personas también estarán expuestas a desinformación sanitaria, en forma de contenidos falsos, a menudo encontrados en línea, sobre la enfermedad.

Ahora un estudio coescrito por investigadores del MIT contiene malas y buenas noticias sobre la desinformación relacionada con la COVID-19, y una nueva perspectiva que podría ayudar a reducir el problema.

El ansia de likes integrada en las redes sociales afecta a nuestra capacidad para analizar la veracidad de la información.Image: Psychological Science

La mala noticia es que, cuando las personas consumen noticias en las redes sociales, su inclinación a compartirlas con otros interfiere con su capacidad para evaluar su veracidad. El estudio presentó los mismos titulares de noticias falsas sobre la COVID-19 a dos grupos de personas: a uno se le preguntó si compartiría esas historias en las redes sociales, y el otro evaluó su veracidad. Los participantes tenían un 32,4 por ciento más de probabilidades de decir que compartirían los titulares que de decir que esos titulares eran veraces.

«Parece existir una desconexión entre los juicios de veracidad y las intenciones de compartir», afirma David Rand, profesor del MIT y coautor de un nuevo artículo que detalla los hallazgos. «Las personas son mucho más perspicaces cuando se les pide que juzguen la veracidad, en comparación con cuando se les pregunta si compartirían algo o no».

La buena noticia: un poco de reflexión puede ayudar mucho. Los participantes que tendían a pensar de forma crítica, o que tenían más conocimientos científicos, eran menos propensos a compartir desinformación. Y cuando se les preguntó directamente por la veracidad, la mayoría de los participantes se desenvolvió razonablemente bien distinguiendo los titulares de noticias verdaderas de los falsos.

Además, el estudio ofrece una solución para compartir en exceso: cuando se pidió a los participantes que valoraran la veracidad de una única noticia no relacionada con la COVID-19 al inicio de sus sesiones de lectura de noticias, la calidad de las noticias sobre la COVID-19 que compartieron aumentó significativamente.

«La idea es que, si les das un pequeño empujón sobre la veracidad desde el principio, es más probable que las personas piensen en el concepto de veracidad cuando luego elijan qué compartir. Así, tienen más en cuenta la veracidad al tomar sus decisiones de compartir», explica Rand, que es profesor asociado Erwin H. Schell con nombramientos conjuntos en la MIT Sloan School of Management y en el Departamento de Ciencias Cerebrales y Cognitivas.

El artículo, «Fighting COVID-19 misinformation on social media: Experimental evidence for a scalable accuracy nudge intervention», aparece en Psychological Science. Además de Rand, los autores son Gordon Pennycook, profesor adjunto de ciencias del comportamiento en la Universidad de Regina; Jonathan McPhetres, becario posdoctoral en el MIT y en la Universidad de Regina, que en agosto comenzará un puesto como profesor adjunto de psicología en la Universidad de Durham; Yunhao Zhang, estudiante de doctorado en MIT Sloan; y Jackson G. Lu, profesor adjunto de desarrollo profesional Mitsui en MIT Sloan.

Pensar rápido, pensar despacio

Para llevar a cabo el estudio, los investigadores realizaron dos experimentos en línea en marzo, con un total de unos 1.700 participantes estadounidenses entre ambos, utilizando la plataforma de encuestas Lucid. Los participantes reflejaban la distribución nacional de edad, género, etnia y región geográfica.

El primer experimento contó con 853 participantes y utilizó 15 titulares de noticias verdaderas y 15 falsas sobre la COVID-19, al estilo de las publicaciones de Facebook, con un titular, una foto y la primera frase de una historia. Los participantes se dividieron en dos grupos. A un grupo se le preguntó si los titulares eran veraces; al segundo grupo se le preguntó si consideraría compartir las publicaciones en plataformas como Facebook y Twitter.

El primer grupo juzgó correctamente la veracidad de las historias aproximadamente en dos tercios de las ocasiones. Por tanto, cabría esperar que el segundo grupo compartiera las historias en una proporción similar. Sin embargo, los participantes del segundo grupo compartieron aproximadamente la mitad de las historias verdaderas y algo menos de la mitad de las falsas, lo que significa que su juicio sobre qué historias compartir era casi aleatorio en lo que respecta a su veracidad.

El segundo estudio, con 856 participantes, utilizó el mismo grupo de titulares y volvió a dividir a los participantes en dos grupos. El primer grupo simplemente miró los titulares y decidió si los compartiría o no en las redes sociales.

Pero los participantes del segundo grupo debían evaluar un titular no relacionado con la COVID-19 antes de tomar decisiones sobre compartir el grupo más amplio de titulares sobre la COVID-19. (Ambos estudios se centraron en los titulares y en la única frase de texto, ya que la mayoría de las personas solo lee los titulares en las redes sociales). Ese paso adicional, evaluar un titular no relacionado con la COVID-19, marcó una diferencia sustancial. La puntuación de «discernimiento» del segundo grupo —la diferencia entre el número de historias veraces y no veraces que compartieron— fue casi tres veces mayor que la del primer grupo.

Los investigadores evaluaron factores adicionales que podrían explicar las tendencias en las respuestas de los participantes. Dieron a todos los participantes una prueba de reflexión cognitiva (CRT) de seis ítems, para evaluar su propensión a analizar la información en lugar de guiarse por instintos; evaluaron cuántos conocimientos científicos tenían los participantes, y analizaron si los encuestados vivían cerca de brotes de COVID-19, entre otros aspectos. Descubrieron que los participantes que obtuvieron mejores resultados en la CRT y que sabían más de ciencia calificaron los titulares con mayor precisión y compartieron menos titulares falsos.

Estos hallazgos sugieren que la forma en que las personas evalúan las noticias tiene menos que ver con, por ejemplo, opiniones partidistas predefinidas sobre las noticias, y algo más que ver con sus hábitos cognitivos más amplios.

«Mucha gente tiene una visión muy cínica de las redes sociales y de nuestro momento histórico, según la cual vivimos en la era de la posverdad y a nadie le importa ya la verdad», dice Pennycook. «Nuestras pruebas sugieren que no es que a la gente no le importe; más bien, se distrae».

Algo sistémico en las redes sociales

El estudio sigue a otros que Rand y Pennycook han realizado sobre noticias de carácter explícitamente político, que también sugieren que los hábitos cognitivos, más que las opiniones partidistas, influyen en la forma en que las personas juzgan la veracidad de las noticias y conducen a la difusión de desinformación. En este estudio, los académicos querían ver si los lectores analizaban de forma diferente las historias sobre la COVID-19 y la información sanitaria que la información política. Pero los resultados fueron, en general, similares a los experimentos con noticias políticas que los investigadores han llevado a cabo.

«Nuestros resultados sugieren que lo que está en juego, una cuestión de vida o muerte en la COVID-19, no hace que las personas de repente tengan [más] en cuenta la veracidad cuando deciden qué compartir», afirma Lu.

De hecho, según Rand, la propia importancia de la COVID-19 como tema puede interferir con la capacidad de los lectores para analizarla.

«Parte del problema con la salud y con esta pandemia es que genera mucha ansiedad», dice Rand. «Estar emocionalmente alterado es otra cosa que hace que sea menos probable que te detengas y pienses con atención».

Aun así, los académicos consideran que la explicación central es simplemente la estructura de las redes sociales, que fomenta la lectura rápida de titulares, da protagonismo a las noticias llamativas y recompensa a los usuarios que publican noticias llamativas, al tender a darles más seguidores y retuits, aunque esas historias resulten ser falsas.

«Hay algo más sistémico y fundamental en el contexto de las redes sociales que distrae a las personas de la veracidad», dice Rand. «Creo que parte del problema es que recibes constantemente esta retroalimentación social instantánea. Cada vez que publicas algo, puedes ver de inmediato cuántas personas le han dado me gusta. Y eso centra realmente tu atención en: ¿A cuántas personas les va a gustar esto? Lo cual es distinto de: ¿Cuán cierto es esto?»

La investigación contó con el apoyo de la Iniciativa de Ética y Gobernanza de la Inteligencia Artificial de la Miami Foundation; la William and Flora Hewlett Foundation; Omidyar Network; la John Templeton Foundation; el Canadian Institute of Health Research; y el Social Sciences and Humanities Research Council of Canada.

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