• La COVID-19 llegó a un mundo que ya luchaba con niveles de desigualdad sin precedentes.
• No puede haber un retorno al orden neoliberal que era «normal» antes de la crisis.
• Los impuestos más altos, la ampliación de la atención sanitaria y los derechos laborales son solo el comienzo de las reformas necesarias.
Conozca a Sampa Akter. Cose ropa para marcas globales en Bangladés. Como millones de otras personas, en marzo la enviaron a casa sin salario cuando la COVID-19 canceló los pedidos. El noventa y ocho por ciento de los compradores dijo no a pagar los salarios perdidos, incluidas las multinacionales ricas. Algunas están pagando ahora. Han reabierto más fábricas. Pero las mujeres como Sampa, en toda la industria, que ya vivían de cheque en cheque, ahora se enfrentan a recortes salariales. Temen más el hambre que la enfermedad. Sin embargo, no todos se ven afectados por igual. Un director ejecutivo de una importante marca de moda necesita cuatro días para ganar lo que Sampa gana en toda una vida.
Piense en Jason Hargrove, conductor de autobús en Detroit, Estados Unidos. Publicó un video expresando su frustración por la gente que propagaba el virus. Días después, murió. Los estadounidenses negros, que representan un número desproporcionado de conductores de autobús, han muerto a causa de la COVID-19 a un ritmo tres veces superior al de los blancos. En el Reino Unido es cuatro veces. El doble si es de origen étnico paquistaní. Insisto, no todos se ven afectados por igual. Si vive en una zona rica, sus probabilidades de morir por COVID-19 se reducen a la mitad.
Ahora considere a los multimillonarios. Si el hombre más rico de la Tierra apilara toda su riqueza en billetes de 100 dólares y se sentara encima, estaría en el espacio exterior. Los multimillonarios estadounidenses son medio billón de dólares más ricos que cuando comenzó la pandemia. Estamos viendo tendencias similares en todo el mundo. Esto ocurre en un momento en el que 500 millones de personas corren el riesgo de caer en la pobreza, en medio de la peor recesión mundial desde la Gran Depresión, según el FMI. Para diciembre, podrían morir más personas cada día de hambre relacionada con el coronavirus que a causa de la propia enfermedad.
Diferencias tan extremas definen nuestro mundo dividido. También explican este «virus de la desigualdad». Pero se considera inapropiado expresarse políticamente, ya que nuestras familias se han visto afectadas personalmente. Esa cortesía parece cada vez más una hoja de parra, que nos impide hacer preguntas difíciles.
¿No es hora de volver a hablar sobre el modelo económico que nos traiciona? ¿Sobre el papel de los multimillonarios y sobre la brecha extrema y creciente entre los más ricos y la mayoría? La COVID-19 llegó a un mundo que no había visto una concentración de riqueza semejante desde la época de los barones ladrones y los imperios. Esta gran división ha hecho que el 99 % de nosotros esté menos seguro como resultado.
También es hora de hablar sobre cómo nuestros grandes desafíos tienen sus raíces en la desigualdad. El saqueo de nuestro planeta con fines de lucro por parte de una minoría. La supremacía blanca y el racismo que excluye sistemáticamente a las personas de color de la seguridad y las oportunidades, y que se utiliza para dividirnos. El sexismo y el patriarcado que explotan el trabajo de cuidados no remunerado y la mano de obra barata de las mujeres, como el de Sampa, con fines de lucro. El colapso democrático causado por las élites, que compran políticas, políticos y unos medios de comunicación dóciles.

En los últimos años, Oxfam ha documentado el aumento de la desigualdad extrema.
«Un mundo en el que el 1 % de la humanidad controla tanta riqueza como el otro 99 % nunca será estable», dijo el presidente Barack Obama en la ONU en 2016, citando nuestros nuevos datos.
Para 2017, con base en los datos de entonces, demostramos que ocho multimillonarios – solo ocho hombres – poseían más riqueza que la mitad inferior de la población mundial, es decir, 3700 millones de personas.
Para 2019, nuestros datos revelaron que las fortunas de los multimillonarios crecían a razón de 2500 millones de dólares cada día, mientras que la riqueza de la mitad del mundo, en conjunto, había caído más del 10 %.
Espero que estos datos se enseñen algún día pronto en las aulas, como recordatorio de una época insensata a la que nunca debemos volver. El neoliberalismo durante cuatro décadas nos dijo que el PIB sería bueno para todos, pero en su mayoría benefició a los ricos. Nos dijo que recortar la regulación, los impuestos y las leyes laborales ofrecería libertad, pero en cambio nos dio miedo. Eliminó a los árbitros y dejó a los abusones al mando.
Algunos desean volver a la normalidad después del coronavirus. La normalidad es un mundo en el que 10 000 personas mueren cada día por falta de acceso a la atención sanitaria –¿qué posibilidades teníamos de vencer a la COVID-19?– mientras los más ricos siguen intentando privatizar nuestra salud pública. En el que los gobiernos, presionados por las grandes empresas, debilitan los sindicatos en los que confiamos más que nunca para tener seguridad en el trabajo, y el 85 % de los gobiernos vulneran el derecho de huelga. En el que llevamos mucho tiempo avanzando hacia el «apartheid climático», con una huella de carbono del 1 % más rico 175 veces superior a la del 10 % más pobre.
Aspirar a restaurar la normalidad previa a la COVID-19 equivale a olvidar por qué en 2019 hubo protestas contra la desigualdad en todo el mundo. Nuestros modelos económicos necesitan una transformación, no una restauración. The Financial Times pidió recientemente «reformas radicales» para revertir «la orientación política dominante de las últimas cuatro décadas». Tienen razón.
El cambio se acerca. El neoliberalismo se enfrenta a su ajuste de cuentas. Pero el viejo sistema no morirá rápidamente. Quienes quemaron los bosques nos darán lecciones sobre la siembra de semillas. El lavado de imagen de la codicia estará de moda.
Por ello, debemos ser explícitos. Un futuro mejor depende de que redistribuyamos de forma activa y significativa la riqueza y el poder del 1 % en favor de todos los demás. Un gran reinicio para nuestro mundo debe ser un gran igualador. Uno que ponga fin al auge de los multimillonarios, generando esperanza para un mundo posterior a la COVID-19.
Sabemos qué funciona. Atención sanitaria pública de calidad, gratuita para todos. Impuestos altos e ineludibles sobre la riqueza, como los ricos ya están pidiendo. Una garantía laboral universal que proteja a los trabajadores y asegure un salario digno.
Vayamos aún más lejos. Reducir drásticamente las emisiones hasta alcanzar el cero neto. Reconocer el trabajo de cuidados como trabajo real y pagar a quienes cuidan –que realizan la labor vital de cuidar a nuestros hijos, padres y personas vulnerables– un salario digno. Empezar a explorar las reparaciones por la esclavitud y el colonialismo. Regular quién posee y se beneficia de, las tecnologías innovadoras. Impulsar modelos empresariales equitativos. Ir más allá del PIB hacia el bienestar, como ya ha hecho Nueva Zelanda. Estas son políticas supuestamente radicales que los líderes ya están poniendo en práctica. Es alcanzable. Es emocionante.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para gestionar los riesgos emergentes derivados de la COVID-19?
Sobre todo, significa rechazar un modelo económico fallido que este virus de la desigualdad no nos ha perdonado. Es hora de una economía mucho más equitativa, sostenible y verdaderamente humana que funcione para todos.

