¿Qué podría significar la COVID-19 para la cooperación internacional, según un Premio Nobel de la Paz?

National reformist campaigner, and previous leader of the International Atomic Energy Agency, Mohamed El-Baradei speaks during an interview in his Cairo home November 24, 2012. Prominent opposition leader ElBaradei said on Saturday there could be no dialogue with Egypt's president until he scrapped a "dictatorial" decree that he said gave the Islamist leader Mohamed Mursi the powers of a pharaoh. REUTERS/Mohamed Abd El Ghany (EGYPT - Tags: POLITICS) - GM1E8BP0ERX01
Mohamed El-Baradei reflects on what cooperation could mean for our global future.Image: REUTERS/Mohamed Abd El Ghany
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  • Mohamed ElBaradei, premio Nobel de la Paz, explica cómo podemos reconstruir el mundo tras la COVID-19.

  • Pese a que la pandemia amenaza la estabilidad, el orden mundial y el desarrollo humano, defiende que el coronavirus puede dar paso a una nueva era de paz global y cooperación internacional.

En cuestión de meses, la pandemia de COVID-19 ha transformado el mundo casi hasta hacerlo irreconocible. Y, sin embargo, la cooperación internacional, tan esencial para hacer frente a una amenaza compartida, brilla por su ausencia. Esto no debería sorprender: nuestro fracaso a la hora de responder con eficacia a la crisis de la COVID-19 refleja valores y prioridades profundamente arraigados y gravemente sesgados.

En 1952, el estadista estadounidense Adlai Stevenson declaró: “Los grandes enemigos del hombre son la guerra, la pobreza y la tiranía, y sus ataques contra la dignidad humana, que son las consecuencias más graves de cada una de ellas.” Casi siete décadas después, esos enemigos siguen tan poderosos como siempre.

La guerra sigue dominando y alterando la historia de la humanidad. Pese a los horrores que hemos experimentado colectivamente, la violencia sigue siendo nuestra respuesta por defecto ante las diferencias. Tres décadas después del fin de la Guerra Fría, las armas nucleares –y la aterradora doctrina de la destrucción mutua asegurada– siguen siendo un pilar de la seguridad mundial.

Mientras tanto, las limitaciones al uso de la fuerza acordadas en la Carta de las Naciones Unidas son ignoradas e incluso despreciadas. El derecho humanitario parece cada vez más una reliquia del pasado. Quince años después de su concepción, la «responsabilidad de proteger» frente a las peores formas de violencia y persecución se ha convertido en una nota a pie de página histórica. Los ricos y poderosos se burlan de la Corte Penal Internacional.

Como ha demostrado de forma flagrante la respuesta del mundo a la crisis de refugiados en curso, priorizamos de forma sistemática los intereses geoestratégicos y económicos por encima de la vida humana. El año pasado, la asistencia oficial para el desarrollo ascendió a menos del 10 % del gasto mundial en defensa.

El año pasado, la asistencia para el desarrollo ascendió a menos del 10 % del gasto mundial en defensa. Image: OCDE

Si bien en las últimas décadas se han logrado avances significativos en la reducción de la pobreza, alrededor del 10 % de la población mundial seguía viviendo en pobreza extrema, por debajo del umbral de pobreza del Banco Mundial de 1,90 dólares al día, en 2015, y el Banco prevé que la crisis de la COVID-19 aumente esa cifra total en 40-60 millones este año. Mientras tanto, el aumento muy acusado de la desigualdad está empujando a muchas sociedades hacia el desorden civil.

La tiranía también parece estar en auge. Un tercio de todos los países están gobernados por regímenes represivos y autoritarios, y muchas democracias están cayendo presa del populismo. Las violaciones de los derechos humanos –como la represión de los medios de comunicación libres y de la disidencia política, la persecución de minorías étnicas y religiosas, la brutalidad policial y los asesinatos selectivos, por citar solo algunas– reciben poco más que expresiones de preocupación por parte de la comunidad internacional.

A medida que proliferan la guerra, la pobreza y la tiranía, la necesidad de cooperación internacional no hace sino crecer. Hoy en día, las amenazas más significativas a las que se enfrenta el mundo –como el cambio climático, las enfermedades infecciosas, el terrorismo y la ciberdelincuencia– no respetan las fronteras. La única forma de mitigarlas es trabajar juntos.

Y, sin embargo, las plataformas críticas para la cooperación internacional, como la ONU, se han ido erosionando de forma constante en los últimos años, ya que la creciente polarización y parálisis, junto con la disminución de los recursos, han socavado su autoridad. Significativamente, el Consejo de Seguridad de la ONU tardó más de un mes en reunirse tras estallar la crisis de la COVID-19. Dos meses después, sus miembros aún no han acordado un plan de respuesta coordinada.

Algunos podrían argumentar que la represión, la competencia, la violencia, la discriminación y la exclusión son rasgos inevitables de la condición humana. De ser así, intentar construir un mundo basado en principios como la libertad, la equidad y la inclusión equivaldría a intentar cambiar nuestra propia naturaleza.

Pero este argumento es, en el mejor de los casos, superficial. Después de todo, hoy rechazamos rotundamente muchas atrocidades –como la esclavitud y la tortura– que en su día se consideraron naturales e inevitables. Si bien aún nos queda mucho camino por recorrer, se han logrado grandes avances en la lucha contra la discriminación por motivos como el género o la etnia.

El mensaje es claro: nuestras mentalidades distan mucho de ser inmutables. Por el contrario, la reconfiguración de los valores es una característica inevitable de la evolución humana.

Esta reconfiguración es muy necesaria hoy, con el fin de establecer un nuevo paradigma de cooperación mundial basado en principios como la dignidad humana, la igualdad, la inclusión, la diversidad y la solidaridad. Para que un sistema así funcione, debe haber tolerancia cero con la tiranía, y la competencia geopolítica debe dar paso al diálogo.

Además, el concepto de seguridad debe repensarse radicalmente. La dependencia de las armas nucleares y las exhibiciones de poder militar deberían dar paso a la creación de confianza mediante la atención a problemas compartidos (como las ciberamenazas). La contemporización con los dictadores no debería tener cabida en el nuevo paradigma, pero tampoco deberían tenerla los cambios de régimen externos ni las sanciones unilaterales.

De manera más amplia, el concepto de seguridad debería extenderse mucho más allá de lo físico, para incluir un enfoque centrado en garantizar que se satisfagan de manera fiable las necesidades humanas básicas –como la alimentación, la salud, la educación y el empleo–. Políticas como las rentas básicas universales y los impuestos sobre la riqueza podrían contribuir en gran medida a avanzar hacia estos objetivos.

Todo ello requerirá un nuevo enfoque de gobernanza. En muchas democracias, los ciudadanos han perdido la confianza en la clase política y son cada vez más suspicaces ante la influencia del dinero sobre sus líderes e instituciones. Las protestas en Estados Unidos ponen de relieve hasta qué punto muchas personas sienten que sus voces no son escuchadas. Revertir esta tendencia requerirá no solo políticas específicas para proteger los procesos democráticos, sino también esfuerzos para mejorar el equilibrio entre la democracia directa y la representativa.

A nivel internacional, las instituciones deben recibir la autoridad y los recursos necesarios para afrontar los desafíos de un mundo globalizado. Solo fortaleciendo la legitimidad y la eficacia de las instituciones podremos contrarrestar eficazmente las fuerzas del populismo y la xenofobia que han ganado terreno en los últimos años.

Si la pandemia ha dejado algo claro, es que somos una única familia humana. Solo reconociéndolo –cuidándonos unos a otros, así como al planeta del que todos dependemos– puede cualquiera de nosotros aspirar a un futuro mejor. En este sentido, la cooperación no es solo un imperativo ético, sino también existencial.

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