En la mayor parte de África, es más probable que las personas mueran de hambre por la crisis económica provocada por la pandemia que por la propia COVID-19.
Hay que invertir para mejorar la resiliencia y prevenir la escasez de alimentos.
Los seres humanos tienen una enorme capacidad de innovación en tiempos de adversidad. Hoy, mientras seguimos inmersos en la pandemia de COVID-19, las personas de todo el mundo ya se preguntan: ¿cómo podemos construir un mundo mejor después de la pandemia? Al considerar la atención a las necesidades más urgentes del mundo, la reparación de nuestros sistemas alimentarios debe figurar en lo más alto de esa lista.
Escasez de alimentos y riesgo de hambruna
En la mayor parte de África, es más probable que las personas mueran de hambre a causa de la crisis económica derivada de la pandemia que de la propia enfermedad. Se prevé que otros 23 millones de personas caigan en la pobreza extrema en África subsahariana solo este año.
La pandemia de COVID-19 nos ha demostrado que nuestros actuales sistemas de producción, transformación y distribución de alimentos son vulnerables. Los agricultores nos dicen que no pueden conseguir semillas ni fertilizantes para la temporada de siembra. Sus cosechas están amenazadas por la escasez de mano de obra agrícola. No pueden vender los productos que sí cultivan porque los mercados están cerrados. De no abordarse, esto podría provocar graves problemas de abastecimiento alimentario en todo el continente.
Además, los fenómenos climáticos y ambientales siguen amenazando los suministros de alimentos. En África, las langostas siguen devastando los cultivos. La mayor parte del continente aún se recupera de su peor sequía en años. En África Occidental y Central se acerca la temporada de escasez, con 21 millones de personas que se enfrentan a una situación crítica de escasez de alimentos en julio y agosto. Todo ello hace que la recuperación tras la pandemia sea aún más precaria.
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Primeras medidas de respuesta
En el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), estamos tomando medidas dentro de nuestros programas existentes para responder a la situación actual. Entre ellas figuran el suministro de insumos, como semillas, a los agricultores; la garantía de las cadenas de suministro mediante la compra y el almacenamiento de productos, y el mantenimiento de las rutas de transporte abiertas. También trabajamos estrechamente con los gobiernos para garantizar que existan las políticas adecuadas que permitan llevar a cabo estos esfuerzos
Recientemente lanzamos un Mecanismo de Estímulo a la Población Rural Pobre para poder hacer más por atender las necesidades inmediatas de los pequeños agricultores. Lo pusimos en marcha con 40 millones de USD y esperamos movilizar al menos 200 millones de USD procedentes de los Estados miembros y otros donantes para intensificar el apoyo a los países y agricultores más vulnerables.
Iniciativas como estas son necesarias para prevenir una crisis alimentaria y generar la resiliencia requerida frente a otras perturbaciones. La COVID-19 es una llamada de atención que debe atenderse, ya que las debilidades sistémicas que ha puesto al descubierto el virus se verán agravadas por el cambio climático en los próximos años. Debemos hacer que nuestros sistemas alimentarios sean más resilientes para que nuestras comunidades rurales estén mejor preparadas para afrontar la próxima sequía, inundación o epidemia.
"La pandemia de COVID-19 nos ha demostrado que nuestros actuales sistemas de producción, transformación y distribución de alimentos son vulnerables."
Gilbert Houngbo, presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola de las Naciones Unidas
(FIDA)
Construir resiliencia
Pero ¿qué significa construir sistemas alimentarios resilientes? Significa invertir en investigación agrícola para aumentar los rendimientos y desarrollar cultivos resistentes a la sequía. Significa invertir en sistemas de alerta temprana, cartografía por satélite y las últimas tecnologías de análisis del suelo. Significa promover métodos agrícolas sostenibles para utilizar los recursos naturales de forma inteligente y reducir las emisiones. Significa ayudar a los pequeños agricultores a obtener unos ingresos dignos. Significa mejorar el acceso a la financiación y a los servicios digitales, para que los agricultores puedan hacer frente a las perturbaciones y seguir produciendo los alimentos de los que depende el mundo.
Para que esto suceda, necesitamos más colaboración entre los gobiernos, el sector privado y las instituciones académicas. Las 33 millones de familias de pequeños agricultores de África constituyen un recurso enorme, pero infrautilizado. Estos agricultores, en zonas rurales de países en desarrollo, están bien posicionados para ayudar a alimentar a algunos de los más pobres y hambrientos del mundo. Estos pequeños productores son la fuente de alimentos más importante allí donde la necesidad es mayor.
Tienen potencial para desempeñar un papel significativo en la seguridad alimentaria a nivel local, nacional y regional, al permitir que los transformadores y distribuidores de alimentos diversifiquen el riesgo.
Pero esto solo puede lograrse conectándolos con un ecosistema de socios que aborde los desafíos a lo largo de toda la cadena de valor, proporcionando acceso a insumos y capital para aumentar la cantidad, la calidad y la constancia de la producción de los pequeños agricultores, al tiempo que se mejora el acceso a los mercados.
En el FIDA hemos comprobado los beneficios de las asociaciones inclusivas entre productores públicos y privados, que benefician a los pequeños agricultores y, al mismo tiempo, crean oportunidades atractivas para los inversores nacionales e internacionales. El sector privado puede proporcionar a estos agricultores tecnologías asequibles, mientras que las organizaciones de agricultores pueden actuar como punto de contacto único para agregar la producción, simplificar las operaciones y eliminar la burocracia.
Mientras la pandemia de COVID-19 siga dañando la salud humana y causando sufrimiento, debemos evitar que empuje a millones de personas más al hambre. Los pequeños agricultores pueden ayudarnos a lograrlo, si trabajamos con ellos e invertimos en sus actividades para hacerlas más sostenibles, productivas y resilientes. Esto sentará las bases de un planeta y una población más sanos y de un mundo mejor después de la COVID-19.
