El COVID-19 pone de manifiesto la necesidad de un cambio radical. Así pueden contribuir los líderes religiosos a reconstruir un mundo mejor tras la pandemia

A faithful lights a candle outside the church, after the first mass open for believers after the closing of church services due to the spread of the coronavirus disease (COVID-19), in Kevelaer, Germany May 1, 2020. REUTERS/Thilo Schmuelgen - RC2NFG9XB3BA
The COVID-19 Response Alliance for Social Entrepreneurs support faith leaders in their work to rebuild a better world.Image: REUTERS/Thilo Schmuelgen
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  • El COVID-19 ha puesto de relieve la interdependencia de todas las personas y del mundo natural.

  • La disrupción provocada por la pandemia representa una oportunidad para reconstruir un mundo en el que los mercados funcionen en beneficio de toda la sociedad.

  • La Alianza de Respuesta al COVID-19 para Emprendedores Sociales ayudará a las organizaciones de base religiosa y a los emprendedores sociales a impulsar un cambio radical y a reconstruir un futuro mejor.

En los últimos meses hemos sido testigos del valor y del sacrificio de tantas personas que prestan servicios sanitarios y servicios esenciales.

Al mismo tiempo, ha quedado patente una dura llamada de atención sobre las enormes desigualdades en el acceso a las pruebas, el sufrimiento económico e incluso la supervivencia misma. Para gran parte del mundo, especialmente para los países menos desarrollados, con apenas uno o dos médicos por cada 10 000 habitantes, lo peor del coronavirus aún está por llegar. Si esta pandemia ha revelado algo, es que estamos interconectados a escala mundial.

Es hora de prestar atención y cambiar de rumbo.

Un mundo mejor, en el que se nutra el potencial humano de los más desfavorecidos, solo puede surgir de las semillas de un diálogo sincero. Como atestiguan los textos sagrados de todas las grandes religiones, cosechamos lo que sembramos. Esto es especialmente cierto en el mundo natural, donde las sequías, las tormentas feroces, la aceleración de las extinciones, el aumento del nivel del mar y ahora el coronavirus nos dicen que estamos poniendo en peligro nuestro propio futuro.

No podemos simplemente volver a como estaban las cosas. Los mercados son muy ineficientes a la hora de distribuir empatía, compasión, esperanza y dignidad, o incluso, como muchos han descubierto recientemente, a la hora de asignar un valor económico real con cierto grado de precisión. Debemos construir el mundo que queremos a partir de esta disrupción, de modo que los mercados funcionen en beneficio de toda la sociedad, y no solo de unos pocos. Pues, ¿cuál es el propósito de un mercado libre si las personas que lo hacen posible no son ellas mismas libres? La forma en que ganamos, gastamos y sostenemos el mundo y a los demás necesita un reequilibrio radical.

Por ejemplo, ¿por qué están tan mal pagados millones de trabajadores «esenciales», como enfermeros, recogedores de basura, empleados de supermercados y trabajadores de correos? ¿Por qué las empresas y los mercados han fracasado de forma tan espectacular a la hora de anticipar, y mucho menos equilibrar, la oferta y la demanda de equipos de protección básicos? Y ¿cómo se puede siquiera poner una cifra monetaria a la libertad de caminar sin temor mortal a la tos de un desconocido que pasa, o a la de asistir al funeral de un ser querido?

Los mercados no son árbitros infalibles del valor.

Siempre hemos vivido en un mundo de bondad y crueldad, generosidad y avaricia, esperanza y cinismo, amor y odio, todo ello en constante tensión. Pero cuál de estos prevalece en nuestros países, empresas y comunidades depende, en última instancia, de la sinceridad y el valor de las conversaciones que mantengamos con nuestros líderes, así como de la rendición de cuentas que les exijamos.

Ahora debemos abrazar el imperativo moral del cambio radical, no solo porque es lo correcto, sino porque es el único curso de acción práctico que puede salvar al mundo de un destino peor en los años venideros.

Afortunadamente, los acontecimientos recientes nos han demostrado que un cambio rápido y radical es, de hecho, posible a gran escala. Nuestro reto ahora es canalizarlo y construir sobre él.

Una respuesta audaz a este llamamiento al cambio es la Alianza de Respuesta al COVID-19 para Emprendedores Sociales, una nueva coalición de emprendedores sociales innovadores, fundaciones, sociedad civil, agentes religiosos, empresas y organizaciones internacionales, alojada por la Fundación Schwab en el Foro Económico Mundial. Juntos, trabajaremos en pro del cambio en varios frentes.

1. Sincronizar la respuesta

En primer lugar, movilizaremos y sincronizaremos nuestra respuesta para aliviar el impacto de la pandemia en las poblaciones excluidas y más vulnerables, e involucraremos a otros en dicha labor.

2. Aprovechar la confianza en las organizaciones de base religiosa

En tiempos de normalidad, las organizaciones de base religiosa y los emprendedores sociales prestan al menos un tercio de la atención sanitaria primaria en muchos países de África, según las Asociaciones Cristianas de Salud. Religions for Peace estima que esta cifra es considerablemente mayor en los lugares afectados por catástrofes humanitarias, donde los gobiernos tienen dificultades para hacer frente a las necesidades. Estas alianzas han establecido una reserva vital de confianza, y en tiempos de adversidad y de cambio rápido, la confianza es uno de los capitales más importantes.

3. Sumar nuestra voz a la Gran Transformación

Mientras el Foro Económico Mundial explora los desafíos fundamentales que supone crear oportunidades, equidad, crecimiento económico y sostenibilidad en un mundo posterior a la pandemia, sumaremos nuestras voces al llamamiento global en favor de medidas de progreso más humanas y ecológicas, así como de normas e incentivos que conviertan estos altos ideales en una realidad cotidiana.

4. Entender la vida cívica y política como una expresión de amor

Un valor que creemos que debe guiar estas conversaciones es el amor, una palabra que incomoda extrañamente a muchos líderes políticos y empresariales. En este contexto, el amor es mucho más profundo y amplio que un sentimiento romántico. Es un reconocimiento valiente de la interdependencia, e incluso de la obligación, hacia los demás como seres humanos. Por eso el papa Francisco ha identificado la vida cívica y política como una de las expresiones más elevadas posibles del amor.

Hace unos 800 años, san Francisco de Asís demostró al mundo que las instituciones no pueden atender eternamente a los ricos y poderosos sin sacrificar su autoridad moral, su vínculo vital con el mundo natural o su sentido de la igualdad intrínseca de toda vida. En términos actuales, lo consideraríamos un emprendedor social: una persona que, a través de un amor profundo y de sus propias capacidades organizativas, cambió la forma en que millones de personas percibían a los pobres, revitalizó el propósito de las instituciones, restauró la relación de las personas con la naturaleza y demostró el poder perdurable de la fe para propiciar el cambio.

Esta pandemia no es solo una crisis sanitaria; también es una crisis de fe en muchas de las suposiciones, sistemas e instituciones que nos han fallado por completo. Sin esperanza ni fe en el futuro, las personas tienen poco por lo que vivir. Con fe, sin embargo, en todas sus ricas y variadas dimensiones, todo es posible.

Así que pongámonos manos a la obra, y a las difíciles conversaciones, juntos. Porque tanto si se considera un idealista como un realista, el camino que se abre por delante será arduo y empinado durante años. Al menos asegurémonos de que avanzamos en una dirección en la que la mayoría de las personas puedan creer, y reconstruyamos un futuro de esperanza, valor y posibilidades para todas las personas y para el mundo natural que llamamos hogar.

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