El emprendimiento ha asumido un papel protagonista en la lucha contra la COVID-19.
La colaboración y la cooperación resultan clave en este esfuerzo.
Debemos aprovechar esta oportunidad para crear armonía entre la empresa individual y el bien colectivo.
La pandemia de COVID-19 ha puesto en cuestión la propia naturaleza de nuestra existencia. Un análisis de las búsquedas en Google de la expresión «distanciamiento social» durante los últimos 90 días muestra cómo una expresión que apenas tenía presencia en internet hasta finales de febrero se había convertido en una de las más buscadas hacia la tercera semana de marzo. Hoy se nos pide mantener la distancia social con nuestros semejantes para sobrevivir. Esto afecta al núcleo mismo de la historia humana y de nuestra forma de vida como especie, porque interactuar socialmente, construir colectivamente sociedades que se convierten en naciones y civilizaciones, y vivir con un «propósito colectivo» es esencial para ser humanos.
El siglo XXI ha visto un auge excepcional del consumismo individualista. También existe una mayor demanda de expresión individual en el ámbito sociopolítico. La era digital y la Cuarta Revolución Industrial han creado plataformas que permiten la contribución individual a gran escala. Los modelos de negocio, las reformas políticas e incluso el cambio social se diseñan de forma que el individuo ocupa el centro de la experiencia y del resultado.
Pero también ha abierto oportunidades para que las personas trabajen con otras como nunca antes. Ha dado un gran impulso a la convergencia, la colaboración y la cocreación. Nos ha hecho ver que muchos pueden actuar como uno y que podemos hacerlo con facilidad y rapidez. En la actualidad, nos enfrentamos a un virus desafiante que ha sacudido nuestra forma de vida. Para superarlo necesitamos un emprendimiento a escala social y global que trabaje en colaboración por un propósito colectivo.
Todos los emprendedores son, en el fondo, solucionadores de problemas. Llevan un producto o servicio al mercado para satisfacer una necesidad o cubrir una carencia. En la lucha contra la COVID-19, el emprendimiento ha asumido un papel protagonista al desarrollar aplicaciones de rastreo de contactos, reconvertir fábricas para fabricar respiradores y EPI, crear hospitales improvisados y acelerar la búsqueda de una vacuna, por citar algunos ejemplos. Pero ¿necesitamos un virus para catalizar la armonía entre la empresa y el bien social? Al fin y al cabo, es propio del ser humano tener un propósito colectivo. Dentro de las nuevas normas de distanciamiento social, las personas han aprendido a trabajar, hacer ejercicio, estudiar, celebrar bodas, asistir a servicios fúnebres, actuar en películas, dar conciertos y hacer mucho más, utilizando plataformas digitales colaborativas. La cuestión, por tanto, no es si debemos trabajar en pos de un propósito colectivo, sino cómo hacerlo.
Durante décadas, la empresa individual ha avanzado a toda velocidad, en muchos casos a un coste social. Los beneficios han tenido con frecuencia más peso que la calidad de vida. El impacto perjudicial de ciertos modelos de negocio sobre el planeta y sus sistemas naturales es un ejemplo de ello. Pero quizá esta pandemia nos ha brindado la oportunidad de reorientar el propio emprendimiento. Ahora podemos explorar una forma de vida emprendedora en la que las empresas ayuden a las comunidades de todo el mundo a resolver problemas socioeconómicos, sin dejar de ser fieles a las fuerzas del mercado. Quizá ha llegado el momento de que la empresa individual y el propósito colectivo trabajen en armonía.
Las herramientas, marcos y modelos para una empresa de este tipo ya están a nuestro alcance, y sin duda descubriremos muchos más a medida que avancemos. En 2008, por ejemplo, la Harvard Business Review publicó un artículo sobre cómo las empresas pueden ampliar sus horizontes de mercado, capacidad y crecimiento aprovechando las aportaciones de sus usuarios. Ya disponemos de las herramientas, digitales y de otro tipo, que hacen posible trabajar con un propósito colectivo a personas de todos los ámbitos de la vida.
Pero se necesitan intervenciones sistémicas para que esta nueva forma de emprendimiento arraigue y crezca. Los emprendedores se ven afectados por las condiciones de financiación a las que tienen acceso, condiciones que, hoy en día, a menudo incluyen un porcentaje muy reducido de criterios de bien social. Los gobiernos de todo el mundo han incentivado a las empresas a innovar en la lucha contra la COVID-19, y lo mismo debe hacerse con las empresas que resuelven problemas sociales.
Todo emprendimiento puede tener un impacto social si los gobiernos desarrollan marcos normativos que generen un círculo virtuoso de valor compartido. Todas las inversiones pueden tener impacto social si creamos formas para que los mercados premien con precio y preferencia aquellos productos y servicios que armonizan con el propósito colectivo. Sin embargo, la mayor parte de la formación en emprendimiento sigue centrada en el beneficio, y el equilibrio entre el beneficio y el bien colectivo no es una habilidad ampliamente enseñada ni buscada. A menudo, ese equilibrio implica tomar decisiones difíciles y mediar entre intereses contrapuestos, y estas competencias no figuran en la mayoría de las pedagogías del emprendimiento.
Los cambios sistémicos requieren una intención colectiva, algo que todavía escasea en las comunidades empresariales de todo el mundo. La pandemia de COVID-19 lo ha cambiado de repente y ha creado las condiciones necesarias para una intención colectiva. La humanidad se encuentra en una encrucijada, y las decisiones que tomemos ahora definirán a las generaciones futuras y su forma de vida. Por ello, es imperativo pensar en cómo podemos crear ecosistemas locales y globales que respalden modelos de empresa individual que actúen en armonía con el propósito colectivo. ¿Cómo podemos avanzar hacia un orden mundial en el que el emprendimiento esté en armonía con un bien social mayor? Gobiernos, empresas, sociedad civil, universidades, medios de comunicación, innovadores, filántropos e instituciones de desarrollo deben ahora colaborar para cocrear una hoja de ruta para el «emprendimiento con propósito colectivo».

