La COVID-19 es una oportunidad para una recuperación sostenida en la región árabe

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  • La mayoría de las economías de la región árabe son muy vulnerables a las perturbaciones económicas que ahora repercuten en todo el mundo.

  • A corto plazo, las empresas y las industrias necesitarán ayuda para sobrevivir.

  • A largo plazo, sin embargo, los Estados tienen ahora la oportunidad de construir economías locales y diversificadas.

La pandemia de COVID-19 aún no ha desplegado toda su fuerza en la región árabe, pero el contagio económico ya ha llegado. Los precios del petróleo están en su nivel más bajo en dos décadas, el sector turístico se ha desplomado y las industrias sufren perturbaciones de la oferta y la demanda, mientras el comercio se debilita y los confinamientos mantienen a los consumidores en casa.

Todavía no conocemos todos los efectos de la crisis en la economía mundial. Pero sí sabemos que serán profundos y duraderos, de una magnitud que no se veía desde la Gran Depresión. También sabemos que las economías estables, complejas y diversas afrontarán y gestionarán mucho mejor las futuras perturbaciones, porque son más adaptables y, por tanto, más resilientes.

Sin embargo, las economías árabes suelen obtener malos resultados en al menos uno de esos tres criterios. Pese a los esfuerzos por diversificarlas, sobre todo tras el desplome de los precios del petróleo en 2014, cuando países como Omán, Kuwait y Arabia Saudí pusieron en marcha ambiciosos planes de reforma a largo plazo, los avances han sido limitados. La persistente dependencia del petróleo y el gas, el elevado desempleo, el rápido crecimiento de la población y la profunda desigualdad hacen que la mayoría de las economías de la región sean muy vulnerables a las perturbaciones económicas que ahora repercuten en todo el mundo.

Los responsables políticos deben actuar para ayudar a la industria y a las empresas a superar la crisis inmediata, pero también deben prepararse para la recuperación. Esto implica desarrollar competencias para frenar el riesgo del desempleo de larga duración, así como fomentar la cooperación y la diversificación mediante programas de reactivación industrial que aprovechen las fortalezas y los vínculos regionales.

Al igual que en otras partes del mundo, el cierre generalizado de la producción en los países árabes ha provocado una gran pérdida de empleos, especialmente en las pequeñas y medianas empresas (pymes). Los trabajadores del sector informal y las personas más vulnerables, incluidas las mujeres, han sido quienes más han sufrido. Se prevé que lugares como Sudán, Yemen y los Territorios Palestinos registren una fuerte caída de las remesas, ya que los trabajadores migrantes se ven obligados a regresar a sus hogares.

Para los países exportadores de petróleo, la pandemia y el desplome del precio del crudo han supuesto un doble golpe. El acuerdo del 12 de abril de la OPEC y sus socios para reducir la producción en mayo y junio en una cifra récord de 9,7 millones de barriles al día parece poco probable que compense la continua caída de la demanda. Sin embargo, la mayoría de los productores del Golfo, como los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, cuentan con amplios recursos y han podido desplegar paquetes de estímulo fiscal. Sus sólidas reservas y su mano de obra cualificada les permiten liderar la reestructuración económica y los muy necesarios esfuerzos de inversión regional, especialmente en los Estados de bajos ingresos y devastados por la guerra.

Por otro lado, los países importadores de petróleo de bajos ingresos disponen de pocos recursos, tienen infraestructuras deficientes y un alto nivel de subempleo, además de inestabilidad política en algunos casos. Ante la pérdida de remesas, podrían tener dificultades para mantener el comercio exterior si se agotan sus reservas de divisas. Sin embargo, el ahorro que supone para los gobiernos la caída de los precios del petróleo y de la demanda de combustibles fuertemente subvencionados por el Estado podría ayudar a ampliar la red de protección social en un momento crucial. El exceso de petróleo ofrece la oportunidad de reforzar las reservas energéticas y destinar los escasos recursos a inversiones productivas con bajos costes laborales. Esto podría propiciar la reconstrucción, la creación de nuevos empleos y la reducción de las importaciones de bienes básicos e intermedios, lo que ayudaría a que estas economías fueran más resilientes. De hecho, se prevé que los países más diversificados, como el Líbano, Marruecos y Egipto, que ya producen bienes agrícolas y manufacturados básicos, capeen la crisis mejor que otros a largo plazo.

Esto no es 2008

La vertiginosa velocidad y magnitud de la perturbación de la economía mundial han llevado a los gobiernos a recurrir a fondo a las arcas públicas para aliviar el impacto financiero inmediato. La mayoría ha tratado de sostener la demanda con ayudas estatales en efectivo y crédito para los hogares y las pymes, reduciendo el coste de los servicios públicos, regulando el precio de los artículos de primera necesidad y protegiendo a los bancos. Esto no parece muy distinto de la respuesta a la crisis financiera de 2008: es probable que las medidas «específicas» tarden meses en llegar y que gran parte de la toma de decisiones quede en manos de los bancos.

Pero la crisis actual es muy distinta del colapso financiero de 2008/09. La rápida propagación del virus ha provocado una enorme perturbación en la economía real, que ha afectado a la producción, las cadenas de suministro, el comercio, el consumo y el empleo. El daño financiero es un síntoma, no la causa, y el camino hacia la recuperación probablemente será más largo y lento.

Las inyecciones de efectivo a corto plazo son esenciales, pero por sí solas no ayudarán a las industrias a superar la crisis ni a diversificar las economías para que sean más resilientes ante las interrupciones del suministro o el desplome de la demanda.

En primer lugar, las empresas y las industrias necesitan sobrevivir. Esto exige medidas de apoyo, como moratorias en los pagos de alquileres y deudas. Las empresas también se beneficiarían de subvenciones para comprar maquinaria y equipos, créditos fiscales y ayudas para los salarios y los costes del seguro médico, con el fin de frenar la pérdida de empleos. Esto ya está ocurriendo en Bahréin, donde el gobierno cubre los salarios del sector privado, exime del pago del agua y la electricidad, aumenta la liquidez de las pymes, reestructura sus deudas y reduce los tipos de interés bancarios.

La creación de fondos de solidaridad de emergencia, como en el Líbano, contribuiría a cubrir el vacío en la red de protección social. Además, habría que animar a los bancos a ser flexibles con las pymes y otros clientes para darles un respiro. También ayudarían una reducción de los aranceles, los impuestos y los derechos de aduana, así como la prestación de ayuda alimentaria para paliar los efectos sobre las personas más pobres.

El impacto de la COVID-19 en los países árabesImage: CESPAO

Encontrar oportunidades en la crisis

De cara al futuro, los gobiernos tienen la oportunidad de cooperar de maneras que complementen las ventajas de cada país y refuercen los vínculos regionales. Las perturbaciones de las cadenas de suministro mundiales ofrecen la ocasión de replantearse qué puede producirse, dónde y por quién.

Por ejemplo, podrían fabricarse más paneles solares en la región, y los países vecinos podrían recurrir unos a otros para importar alimentos, impulsando así el comercio regional. La ampliación de la infraestructura de internet y de otras tecnologías de la información estimularía la actividad social y económica.

Los programas de reactivación económica podrían promover la fabricación de equipos sanitarios y médicos, así como de materiales básicos de construcción. Los programas de reconstrucción podrían construir y modernizar plantas de reciclaje de agua y redes de distribución, fabricar equipos agrícolas, mejorar las conexiones de transporte, invertir en la pesca y desarrollar tecnologías de energía solar.

Para que esta reestructuración sea viable, los gobiernos necesitarían un amplio apoyo público. El primer paso para lograrlo sería proporcionar transferencias de efectivo a los grupos más vulnerables, a fin de evitar una catástrofe humanitaria y garantizar la salud, la seguridad y la protección. Después, habría que centrarse claramente en las competencias, sobre todo de las mujeres y los jóvenes, y brindar apoyo gubernamental a las empresas emergentes y a las actividades emprendedoras.

Pese a los estragos de la COVID-19, mediante el desarrollo de la producción local los países pueden crear empleos y aumentar los ingresos de una manera que promueva tanto los intereses nacionales como la estabilidad regional. Los líderes árabes tienen la oportunidad de optar por relaciones beneficiosas para todas las partes y transformar las debilidades estructurales en oportunidades para una recuperación sostenida en beneficio de todos.

Esta es una versión editada de Impacto de la COVID-19 en la industria: recomendaciones de políticas para la región árabe

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