Necesitamos urgentemente una cooperación importante en materia de seguridad mundial en la era de la COVID-19

Police watch as protesters gather for a ReOpenNC rally against the state's shut down to prevent the spread of coronavirus disease (COVID-19) in Raleigh, North Carolina, U.S., April 21, 2020.
Protests against the lockdown in Raleigh, North CarolinaImage: REUTERS/Rachel Jessen
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  • La pandemia está llevando al mundo a una nueva fase de peligrosa volatilidad.

  • La falta de cooperación internacional en la respuesta a la crisis está agravando la situación.

  • Estas son cinco medidas que deberían adoptar los líderes mundiales para prevenir estas amenazas emergentes a la seguridad.

El mundo está entrando en una nueva fase volátil e inestable. Los científicos están cada vez más convencidos de que la amenaza de la pandemia de la COVID-19 persistirá, posiblemente durante años. La economía mundial se encamina hacia una caída en picado que podría igualar, e incluso superar, la Gran Depresión. Con las cadenas de suministro fragmentándose, el abastecimiento de alimentos bajo presión y los precios al alza, las luces están parpadeando en rojo. Esto no solo se traducirá en un aumento del desempleo y la inseguridad alimentaria, sino que también podría desembocar rápidamente en disturbios políticos, violencia y conflicto.

Aunque algunas formas de delincuencia han disminuido, las tensiones ya se están intensificando en todo el mundo, y no solo en zonas de guerra. Han estallado protestas, muchas de ellas violentas, desde Brasil e India hasta Kosovo, Malaui y Sudáfrica. La represión policial también aumenta desde Kenia hasta FilipinasFilipinas. Los indicios de fragilidad no se limitan a los países más pobres ni siquiera a las comunidades marginadas de las ciudades más prósperas. El movimiento de los chalecos amarillos ha salido a las calles de París, mientras que manifestantes armados han marchado hacia las asambleas legislativas estatales de Estados Unidos para denunciar el confinamiento.

La falta de cooperación internacional para hacer frente a una pandemia mundial no está ayudando. El secretario general de la ONU ha pedido un alto el fuego mundial, una reducción de la violencia sexual y doméstica y ha propuesto un plan para afrontar las devastadoras consecuencias de la crisis. Pero las grandes potencias han tardado en movilizarse para respaldar estas medidas. El Consejo de Seguridad no se reunió para debatir la COVID-19 hasta el día 100 de la pandemia, y entonces no logró encontrar ninguna salida significativa a su paralizante estancamiento. El G20 y el G7 aún no han presentado un plan integral de respuesta y recuperación. Los llamamientos al alivio de la deuda y a inyecciones de efectivo para los países de menores ingresos por parte del Banco Mundial y el FMI son fundamentales, pero deben ampliarse rápidamente.

La COVID-19 está volviendo a poner en primer plano las amenazas a la seguridad dura entre las naciones. Es probable que empeore la rivalidad geopolítica entre las grandes potencias a medida que las economías estadounidense y china se vuelvan menos interdependientes. El siguiente grupo de grandes potencias también entraña riesgos. Europa se ha visto duramente golpeada por el virus y, una vez más, se están resquebrajando los lazos entre las economías más fuertes y más débiles de la eurozona.

Al mismo tiempo, la agenda de fragilidad que comenzó a cobrar impulso durante las décadas de 1990 y 2000 se está extendiendo por todo el mundo. En los últimos años, el Banco Mundial y las Naciones Unidas hanconvergido en un análisis según el cual el conflicto violento está impulsado por una combinación de instituciones gubernamentales fallidas y agravios que se enquistan cuando los grupos se sienten excluidos y desatendidos. A medida que avancen la pandemia y la consiguiente crisis económica, estas condiciones estarán cada vez más presentes en muchos países del mundo, si no en la mayoría. Esta agenda no se limita a los países pobres en guerra, sino que es mucho más amplia y perniciosa.

Como mínimo, los riesgos de violencia aumentarán en los países y las ciudades más vulnerables. Decididos a no dejar pasar una buena crisis, grupos armados, terroristas y delincuentes organizados ya están aprovechándose de la pandemia. Encontrarán nuevas oportunidades, incluso en el ciberespacio, cuando empiecen a llegar los paquetes de rescate. La violencia contra las mujeres y las violaciones de los derechos humanos ya han aumentado drásticamente; ambas son presagios de otras formas de violencia. Esto se intensificará cuando al menos 1.500 millones de niños, niñas y jóvenes sean enviados a casa desde sus escuelas y universidades. Muchos estarán enfadados al perder oportunidades, y una minoría canalizará esa ira hacia objetivos más peligrosos.

El riesgo de un repunte de la violencia es evidente y sumamente destructivo. Se perderán vidas y se arruinarán futuros. Los gobiernos, que ya están inmersos en un agotador juego de golpear topos, quedarán aún más debilitados si escasea la seguridad. La espiral de inseguridad y conflicto también menoscabará la voluntad colectiva de trabajar juntos para hacer frente a los desafíos comunes. Cuando las personas se sienten aisladas y asustadas, pueden ponerse a la defensiva. Aunque son bienvenidas las numerosas expresiones de solidaridad, cuando están en modo de «lucha o huida», es más probable que las personas apoyen respuestas populistas y nacionalistas. Con líderes menos competentes al mando, millones de personas podrían morir innecesariamente. A raíz de un mayor proteccionismo y del deterioro de las cadenas de suministro, la depresión mundial será más larga y dolorosa.

La pérdida de empleos podría superar la registrada tras la crisis financiera de 2008Image: FMI/Eurostat/BBC

En las últimas semanas, el mundo ha comenzado a despertar ante la magnitud de la próxima crisis económica. Los bancos y las empresas de inversión de todo el mundo se están preparando. La economía real también sufre una presión sin precedentes, con el cierre de una enorme cantidad de pequeñas y medianas empresas. En consecuencia, el desempleo está alcanzando niveles récord, de cientos de millones de personas, y se están restando billones de dólares al crecimiento de la economía mundial. Ahora hace falta despertar de forma similar ante la gravedad de las amenazas emergentes a la seguridad, y estar dispuestos a tomar medidas tan audaces como las enormes inyecciones de efectivo que el G20, el FMI y el Banco Mundial están poniendo a disposición en forma de préstamos, subvenciones y condonación de deuda.

Un plan de cinco pasos

En primer lugar, las instituciones mundiales y las grandes potencias deben enviar una señal urgente y clara de que la seguridad y la protección son prioridades fundamentales. El Consejo de Seguridad de la ONU debe hacer todo lo posible para reducir las tensiones entre Estados Unidos y China. Los actuales miembros no permanentes y los que serán elegidos en junio tienen una gran responsabilidad, dadas las profundas divisiones entre los cinco miembros permanentes. El G20, el G7 y la OTAN, junto con la Unión Africana, la UE, los BRICS y otros organismos regionales, también deben contribuir a reducir las tensiones geopolíticas y establecer estrategias para garantizar la paz y la seguridad sobre el terreno. El Consejo de Seguridad debería unirse en apoyo del llamamiento del secretario general a un alto el fuego mundial.

En segundo lugar, debe haber niveles de solidaridad y coordinación internacional comparables a los de la Segunda Guerra Mundial. La crisis subraya la importancia de garantizar la redistribución y, en especial, el apoyo a las personas más vulnerables, entre ellas las desempleadas, subempleadas y trabajadoras pobres. Como mínimo, se trata de un interés propio bien entendido. A menudo, son precisamente estos grupos los que prestan servicios sanitarios esenciales, mantienen el abastecimiento de alimentos y hacen que sigan funcionando los servicios públicos. Es esencial crear un fondo mundial de protección social que apoye a los países más pobres y centrarse de forma concertada en combatir la desigualdad. No se trata únicamente de una cuestión de necesidad. Miles de millones de personas que se enfrentan al desempleo no se quedarán de brazos cruzados mientras las élites —que ignoraron las señales de alerta de esta crisis— siguen adelante.

En tercer lugar, el sistema internacional necesita un sistema mundial de seguimiento de la inseguridad que permita registrar los agravios y alertar sobre los disturbios antes de que se conviertan en violencia. Desde hace tiempo se promete una plataforma común para analizar los riesgos de conflicto, pero aún no se ha materializado. El Banco Mundial y la ONU han acordado en principio realizar un análisis conjunto de los riesgos de conflicto. Ha llegado el momento de que recurran a conocimientos especializados externos para acceder a la cartografía en tiempo real, la teledetección y los datos digitales que necesitan para crear una herramienta integral de evaluación. El sistema de seguimiento podrá entonces alimentar otros sistemas de alerta temprana, en particular los relacionados con la inseguridad alimentaria y el hambre, para que detecten mejor factores desencadenantes como el aumento vertiginoso del desempleo, la creciente desconfianza en el gobierno, los disturbios en las cárceles y otros.

En cuarto lugar, los alcaldes y otros líderes subnacionales deben redoblar sus esfuerzos, como lo han hecho frente al cambio climático. Los gobiernos locales constituyen tanto la primera como la última línea de prevención de la violencia, y los alcaldes tienen cada vez más acceso a pruebas sólidas sobre qué funciona. Algunas zonas de las ciudades ya soportaban una carga enormemente desproporcionada de la violencia mundial, al tiempo que estaban marginadas, privadas de oportunidades y sin acceso a servicios públicos de calidad. Estos barrios son ahora los más afectados por la COVID-19. Se necesitan medidas específicas para ampliar las pruebas y los tratamientos en las zonas más afectadas, canalizar subvenciones y ayudas de protección social, y poner en marcha programas de prevención de la violencia basados en pruebas. Los líderes comunitarios, los responsables de la justicia penal, los servicios sociales y las coaliciones empresariales locales tienen un papel esencial en esta tarea urgente.

En quinto lugar, el mundo debe comprometerse a ampliar masivamente los programas para prevenir la violencia contra las mujeres y los niños y responder a ella. El secretario general de la ONU ha pedido medidas urgentes para proteger a las mujeres y los niños durante la pandemia. Las pruebas sobre cómo responder a este llamamiento son contundentes. De hecho, la OMS, UNICEF, ONU Mujeres, el Banco Mundial y otras entidades ya se han unido en torno a un conjunto común de estrategias y trabajan con los gobiernos para ponerlas en práctica. La Iniciativa Spotlight para eliminar la violencia contra las mujeres y la Alianza Mundial para Poner Fin a la Violencia contra los Niños ofrecen una vía «lista para ponerse en marcha» que permite acelerar la acción.

La pandemia de COVID-19 está sacando a la luz las fracturas de todos los países, no solo de aquellos que ya afrontan conflictos, violencia y fragilidad. A través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, todos los países del mundo prometieron a sus habitantes que vivirían sin miedo y que lograrían reducciones significativas en todas las formas de violencia. Ahora todos tememos por nuestro futuro, pero debemos decidir aprovechar esta década para devolver a la humanidad a un camino pacífico, saludable y sostenible.

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