Algunas de las respuestas más pragmáticas a la COVID-19 han provenido de alcaldes y gobernadores.
Las habilidades y el ingenio de los refugiados y los migrantes también están contribuyendo a la lucha contra el virus.
Es hora de que los líderes internacionales empiecen a seguir su ejemplo.
En cada crisis, quienes más sufren son las personas pobres, enfermas, con discapacidad, sin hogar y desplazadas. La pandemia de COVID-19 no es una excepción. Los migrantes y refugiados, personas que dejaron atrás una vida en busca de otra, están entre quienes corren más riesgos. Esto se debe a que a menudo están confinados en viviendas precarias y hacinadas, tienen acceso limitado a información o servicios, carecen de reservas económicas para sobrellevar el aislamiento y soportan el peso del estigma social.
Las emergencias suelen sacar lo mejor y lo peor de las sociedades. Algunas de las respuestas más ilustradas provienen de gobernadores y alcaldes de todo el mundo. Dirigentes locales y grupos comunitarios de ciudades tan diversas como Atlanta, Mogadiscio y São Paulo están creando sitios web específicos para migrantes, centros de atención de emergencia e instalaciones de distribución de alimentos, e incluso estaciones portátiles para lavarse las manos destinadas a refugiados y desplazados internos. Sus acciones contrastan claramente con las de los responsables nacionales, algunos de los cuales buscan chivos expiatorios.
Los alcaldes y los funcionarios municipales también están a la vanguardia de los esfuerzos de recuperación. Ciudades de todo el mundo, desde Bogotá hasta Barcelona están introduciendo medidas para mitigar los devastadores daños económicos causados por el confinamiento. Algunas están frenando a los propietarios abusivos mediante moratorias a los aumentos de alquiler y los desalojos. Otras distribuyen alimentos a través de las escuelas y los llevan a las puertas de las casas, además de proporcionar ayuda económica a todos los residentes, independientemente de su situación migratoria.
Las ciudades ya atravesaban una situación difícil antes de la COVID-19. Muchas afrontaban déficits graves y presupuestos ajustados, y se les pedía habitualmente que hicieran «más con menos». A medida que los confinamientos se prolongan en muchas partes del mundo, los municipios necesitarán apoyo financiero rápido. Esto es especialmente cierto para las ciudades de menores ingresos de África, Asia meridional y América Latina, donde los migrantes, los refugiados y otros grupos vulnerables corren el riesgo de sufrir hambre severa e incluso inanición. También corren el riesgo de ser atacados si intentan huir. Los donantes de ayuda internacional tendrán que encontrar formas de dirigir recursos a las ciudades y permitirles una amplia discrecionalidad en el uso de esos fondos.
Los grupos filantrópicos y las redes de ciudades de todo el mundo están ampliando rápidamente sus esfuerzos para proteger y ayudar a migrantes y refugiados. Pensemos en las Open Society Foundations, que están aumentando la ayuda a la ciudad de Nueva York, Budapest y Milán para ayudarlas a combatir la pandemia y, al mismo tiempo, reforzar las redes de protección para las poblaciones más marginadas. Mientras tanto, las Clara Lionel and Shawn Carter Foundations de Estados Unidos se han comprometido a otorgar millones en subvenciones para apoyar a trabajadores indocumentados en Los Ángeles y Nueva York. Además, coaliciones entre ciudades, como la US Conference of Mayors y Eurocities, también ayudan a las autoridades locales con consejos prácticos para fortalecer la preparación y la respuesta.
La verdad es que los migrantes y los refugiados son uno de los recursos más ignorados en la lucha contra las crisis, incluida la COVID-19. Son supervivientes. A menudo aportan habilidades especializadas, como conocimientos de medicina, enfermería, ingeniería y educación. Algunos gobiernos empiezan a reconocerlo. Pensemos en Portugal, que recientemente modificó sus políticas nacionales para conceder la residencia permanente a todos los migrantes y solicitantes de asilo que viven allí, lo que les da acceso a servicios de salud y redes de protección social, así como derecho a trabajar. La ciudad de Buenos Aires autorizó a migrantes venezolanos con títulos profesionales de medicina a trabajar en el sistema de salud argentino. Nueva York, Nueva Jersey y otros lugares han facilitado que médicos inmigrantes sin licencias de Estados Unidos atiendan a pacientes durante la actual pandemia.
Los gobiernos municipales, las empresas y las organizaciones no gubernamentales deberían tomar varias medidas para minimizar el impacto de la COVID-19 en los migrantes y las personas desplazadas. En primer lugar, deben incluirlos claramente en sus planes de respuesta y recuperación, entre otras cosas garantizando el acceso gratuito a alimentos saludables y ayuda económica. También podrían fortalecer las asociaciones de migrantes y permitir que profesionales cualificados se sumen a la lucha contra los brotes de enfermedades infecciosas. Además, podrían garantizar el acceso a servicios básicos como vivienda, electricidad, atención sanitaria y educación, así como a información en varios idiomas sobre cómo acceder a ellos, tal como ha hecho Portugal.
Los alcaldes están en primera línea en el apoyo a migrantes y refugiados, a menudo frente a la resistencia de las autoridades nacionales. Consideremos la experiencia del alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, quien recientemente pidió al Congreso de Estados Unidos que proporcionara ayuda rápida a aproximadamente 2,5 millones de inmigrantes indocumentados en California. O la del alcalde de la capital de Uganda, Kampala, Erias Lukwago, quien ha tenido que repartir alimentos personalmente entre los residentes urbanos pobres pese a las prohibiciones del gobierno central. Al mismo tiempo, el alcalde de Milán, Giuseppe Sala, escribió a la Unión Europea para solicitar urgentemente acceso a ayuda financiera. Estos tres alcaldes también lideran el Mayors Migration Council, una coalición de ciudades creada para influir en la política migratoria internacional y compartir recursos con dirigentes locales de todo el mundo.
La verdad es que los refugiados, los solicitantes de asilo y las personas desplazadas no permanecen de brazos cruzados; en algunos casos son los héroes anónimos de la respuesta a la pandemia. Lejos de ser víctimas, los migrantes y las personas desplazadas representan lo mejor que la humanidad puede ofrecer. A pesar de innumerables adversidades y sufrimientos indescriptibles, a menudo son los primeros en dar un paso al frente y hacer frente a amenazas inminentes, incluso dando la vida en el proceso. Lo mínimo que podemos hacer es protegerlos y eliminar los obstáculos que impiden su participación en la respuesta y la recuperación frente a la pandemia. Los alcaldes ya están actuando; ahora es hora de que los responsables nacionales e internacionales sigan su ejemplo.
