Los pacientes con coronavirus mueren porque no reciben atención a tiempo.
Podemos usar aplicaciones para comprender mejor el nuevo coronavirus.
Debemos crear estructuras de código abierto para recopilar y compartir datos.
La voz de mi paciente temblaba mientras me hablaba de su esposa. Ella tenía síntomas de COVID-19, pero tenía demasiado miedo para ir al hospital. Cuando los paramédicos llegaron a su casa para atender a otro familiar que había enfermado, él estaba consumido por la preocupación. «Por favor, revisen a mi esposa; no sé si está bien que se quede en casa», le dijo a uno de los paramédicos.
Aislada en la habitación del segundo piso, la respiración superficial de su esposa sobresaltó a los paramédicos cuando se dieron cuenta de que su saturación de oxígeno era del 75 % respirando aire ambiente y de que tenía dificultad para respirar incluso en reposo. La llevaron de inmediato al hospital y, al empeorar su estado, más tarde la trasladaron a la unidad de cuidados intensivos.
Mientras consolaba a mi paciente y repetía que esperaba que su esposa se recuperara pronto, no podía evitar preguntarme cómo habría sido distinta su situación si hubiéramos contado con un sistema de alerta temprana. ¿Y si ella hubiera tenido una herramienta para hacer un seguimiento de sus síntomas que le hubiera indicado que buscara atención antes? ¿Y si hubiera tenido un dispositivo conectado para medir su nivel de oxígeno en sangre o un termómetro que pudiera comunicar las primeras señales de deterioro de su salud? ¿Y si se hubiera podido avisar a un profesional sanitario para que se pusiera en contacto con ella a diario?
Dirijo un centro de evaluación de la COVID-19 cerca de Vancouver, Canadá, y cada día atiendo casos de personas que presentan síntomas similares a los de la gripe. Estos van desde los síntomas clásicos de fiebre, tos y dificultad para respirar hasta otros menos conocidos asociados a la COVID-19, como la anosmia (pérdida del olfato) y las molestias estomacales.
Aquí, en la provincia canadiense de Columbia Británica, hay restricciones sobre quiénes pueden hacerse pruebas; por eso, muchos pacientes que dan positivo no se someten a ellas, sino que vuelven a casa para recibir un seguimiento estrecho. A pesar de ese seguimiento, algunos casos pasan desapercibidos. Hace poco, un paciente de 47 años con COVID-19 murió en su casa. No está claro por qué murió en casa ni por qué no pudo buscar atención antes. Lo que sí está claro es que no es un caso aislado. Todos los días oímos de personas con COVID-19 en todo el mundo que sucumben a la enfermedad sin llegar siquiera a un hospital. Esto sucede tanto en lugares con sistemas sanitarios con pocos recursos como en aquellos que cuentan con recursos suficientes.
Es una tragedia que lleva a preguntarse: ¿se podrían haber evitado estas muertes? Los cientos de empresas, universidades, autoridades sanitarias y organismos gubernamentales que han publicado aplicaciones de autoevaluación, herramientas de seguimiento de síntomas y recursos específicos para la COVID-19 parecen indicar que sí: podemos usar la tecnología para comprender mejor cómo se propaga el nuevo coronavirus, cuáles son sus efectos en la salud y cómo difundir mensajes sanitarios dirigidos a la población. Con funciones de geolocalización, rastreo de contactos y autodiagnóstico, entre otras, estas aplicaciones nos hacen creer que pueden ayudar a salvar vidas y mejorar los resultados sanitarios. Esto es cierto, aunque para algunas más que para otras. Sin embargo, a esta oleada de innovación se le escapan dos aspectos importantes sobre cómo frenar la pandemia de la manera más eficaz.
En primer lugar, no podemos vencer aquello que no comprendemos. Si hay algo más importante que las vacunas en esta pandemia, son los datos: datos sobre la dinámica de transmisión del nuevo coronavirus, sobre los síntomas, los resultados de las pruebas y los ingresos hospitalarios. Necesitamos datos verificados, longitudinales y variados para comprender mejor el impacto de la enfermedad en la población y en los sistemas sanitarios. Hemos atendido este llamado y la respuesta mundial a la COVID-19 está inundada de exabytes de datos; sin embargo, gran parte de ellos está atrapada en bases de datos cerradas. Así como las redes sociales generan efectos de red, por los que el valor de la plataforma supera la suma de los valores de quienes se incorporan a ella, los datos también adquieren nuevos usos y ofrecen perspectivas novedosas cuando se combinan con datos complementarios.
En segundo lugar, debemos crear estructuras de código abierto que permitan a los sistemas sanitarios nacionales y subnacionales recopilar y compartir estos valiosos datos de forma oportuna y preservando la privacidad. Los sistemas sanitarios frágiles de todo el mundo ya se han visto desbordados por el tsunami de demanda provocado por la propagación de la COVID-19. Que todos se apresuren a crear sus propias soluciones a los problemas va en contra de la rapidez que exige esta pandemia. Una epidemia en un lugar puede convertirse en una pandemia en todas partes. Debemos compartir herramientas abiertamente, tanto de hardware como de software, y entender que los beneficios a corto plazo en una parte del mundo carecen de sentido si no se comparten con otras zonas que luchan contra este virus.
Para abordar estos dos aspectos, necesitamos una entidad mundial con capacidad para convocar a las partes, conocimientos técnicos y recursos financieros que permitan impulsar una colaboración público-privada y promover el capitalismo de las partes interesadas como nunca se ha visto en el mundo. El Foro Económico Mundial, la Organización Mundial de la Salud y otros organismos de las Naciones Unidas están bien posicionados para formar una iniciativa mundial de código abierto que pueda aprovechar los recursos de los gobiernos y del sector privado para crear rápidamente prototipos de herramientas de código abierto, compartir sus planos y código con otros lugares y ayudar a adaptarlos como defensa literal y figurada contra esta enfermedad. El código abierto no tiene por qué significar falta de beneficios. Se podrían crear modelos de negocio innovadores en torno al uso de estas herramientas para impulsar nuevas innovaciones e ingresos.
Cuando salgamos de esta pandemia, no recordaremos los miles de millones que se ganaron, sino los miles de millones de personas que sufrieron. Seamos proactivos: no solo creando más hackatones y fondos de impacto social, sino también impulsando una verdadera revolución coordinada en el intercambio mundial de datos de código abierto que nos dé a todos una oportunidad de luchar contra la COVID-19.

