La muerte de un médico en África supone una pérdida para más de 10.000 personas.
El sistema sanitario de África ya está sobrecargado.
Han pasado más de 13 semanas desde que el mundo oyó hablar por primera vez del coronavirus. Ahora, África observa cómo Sudáfrica hace frente a esta enfermedad abrumadora. La noticia de que el personal sanitario está muriendo a causa de la COVID-19 es motivo de gran preocupación.
En Zambia, el 25 de marzo se registró un caso de transmisión local de la enfermedad. Es obligatorio que el personal de todos los centros de salud cuente con protección personal adecuada. Sin embargo, la realidad sobre el terreno es otra.
Una inspección realizada el 30 de marzo reveló que el personal, incluidos los médicos de los Hospitales Universitarios de Adultos, el centro de referencia terciaria de Zambia, no había recibido suficiente equipo de protección personal (EPP). Desde entonces, se ha puesto a su disposición, después de que los distintos organismos representativos expusieran las preocupaciones del personal sanitario.
Muchos trabajadores sanitarios de todo el país siguen usando equipos de protección «hechos por uno mismo» porque hay que racionar el EPP debido a la escasez mundial. Ante la presencia de casos de transmisión comunitaria, la política sanitaria habitual exige proteger al personal sanitario que está en primera línea. A muchos trabajadores sanitarios les preocupa que, si un médico, una enfermera o un auxiliar de limpieza se infecta, transmita el virus a todas las personas que acuden en busca de atención médica. Esto está ocurriendo en todo el mundo.
África no cuenta con la capacidad financiera de la que pueden echar mano los países europeos para combatir la COVID-19 y ofrecer los rescates necesarios. Más de 100 médicos y enfermeras han muerto en todo el mundo luchando contra el coronavirus En África, Gita Ramjee, científica ugandesa-sudafricana e investigadora en prevención del VIH, murió el 31 de marzo. La pregunta ahora es cuántos trabajadores sanitarios perderá África a causa de la COVID-19?
África no puede permitirse perder personal sanitario por la COVID-19
Desde que se registraron los dos primeros casos en Zambia, el mensaje ha pasado de «Es solo un resfriado común» a «Todavía no hemos registrado transmisión comunitaria» y luego a «Lo tenemos bajo control».
La Organización Mundial de la Salud estima que para 2030 habrá un déficit previsto de 18 millones de trabajadores sanitarios, principalmente en países de ingresos bajos y medianos bajos. Sin embargo, los países de todos los niveles de desarrollo socioeconómico afrontan, en distintos grados, dificultades en la formación, el empleo, la distribución, la retención y el desempeño de su personal sanitario.
Como médico zambiano, en mi práctica profesional ya he tenido que tomar la difícil decisión de quién vive y quién muere, en función de los recursos y de sus posibilidades de supervivencia. Para muchos trabajadores sanitarios de África, no es sorprendente ver y escuchar relatos de primera mano de médicos de países desarrollados que se enfrentan a lo mismo.
Para el personal sanitario de países desarrollados, como Italia y Estados Unidos, sus sistemas de salud tuvieron que llegar al límite de su capacidad antes de que tuvieran que tomar este tipo de decisiones. Debido a la carga que la COVID-19 ha impuesto al sector sanitario, no cuentan con recursos ni personal suficientes para atender la demanda de los enfermos, por lo que eligen quién tiene más probabilidades de vivir y quién morirá.
Es algo con lo que ya llevábamos lidiando incluso antes de la COVID-19. En los países africanos en desarrollo, ya se toman a diario decisiones de vida o muerte en la atención sanitaria habitual, debido a la falta de recursos. Aquí, el discurso suele ser: «No hay mucho que podamos hacer» frente a «Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance para salvar esta vida».
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial ante el brote de coronavirus?
El sistema sanitario de Zambia ya está sobrecargado: hay un médico por cada 10.000 personas. Tras unos años de práctica —y de hacer todo lo posible, e incluso más, para intentar salvar vidas—, los trabajadores sanitarios se acostumbran a aceptar la realidad de que se pierden vidas por falta de recursos.
Antes de la COVID-19, las estadísticas mostraban que más del 40 % de los Estados miembros de la OMS tenían menos de 10 médicos por cada 10.000 habitantes; el 26 % tenía menos de 3. Los trabajadores sanitarios están distribuidos de manera desigual por todo el mundo. Los países con menor necesidad relativa cuentan con el mayor número de trabajadores sanitarios, mientras que aquellos con la mayor carga de morbilidad deben arreglárselas con un personal sanitario mucho más reducido. África soporta más del 22 % de la carga mundial de morbilidadpero solo tiene acceso al 3 % de los trabajadores sanitarios y a menos del 1 % de los recursos financieros del mundo.
¿Qué ocurriría si algún miembro del personal sanitario muriera de COVID-19? Sería un golpe para todo el sistema sanitario, pues dejaría un enorme vacío en la prestación de servicios. Las conversaciones con médicos de Lusaka, la capital de Zambia, indicaron que todos creían que el sistema sanitario necesita mucho más apoyo antes de estar preparado para la COVID-19.
«No me preocupa morir; lo que me preocupa es no saber qué hacer con un paciente», dijo una médica de urgencias, mientras se preguntaba cómo nos las arreglaríamos con los recursos ya limitados si se disparaba el número de casos.
Muchos médicos dicen: «La COVID-19 ya no es una emergencia, lleva tres meses entre nosotros». Esto demuestra que hace falta un plan para que África se prepare para la pandemia de COVID-19. La pregunta es si los sistemas sanitarios africanos deberían invertir en unidades de cuidados intensivos (UCI) y respiradores, o si deberíamos centrarnos en nuestro sistema sanitario, ya sobrecargado, donde son elevadas las muertes por enfermedades como el VIH/sida, la tuberculosis, la malaria y la malnutrición.
Es necesario revisar y aplicar intervenciones adecuadas y eficaces para promover una vida saludable, así como prevenir y controlar las enfermedades. Durante el punto álgido de la epidemia de ébola en Sierra Leona, en 2014, las camas de tratamiento evitaron un número estimado de 57.000 infecciones y unas 40.000 muertes. Pero, debido a la falta de capacidad en muchos hospitales, los pacientes con otras enfermedades no pudieron recibir el tratamiento que necesitaban, lo que causó más de 10.000 muertes.
Un cirujano residente dijo: «En Italia, una enfermera describe la COVID-19 como una escena de guerra y al personal sanitario como la primera línea. Pues resulta que en África somos la única línea. Ya estamos lidiando con dificultades como país en desarrollo y la triste realidad es que las demás enfermedades no están en huelga. Una pediatra residente añadió: «Ni siquiera tenemos el privilegio de prepararnos para la COVID-19: los bancos de sangre se están quedando sin reservas, las escuelas están cerradas y, mientras hablamos, siguen muriendo personas por otras causas. Que Dios nos ayude a todos».
Otro médico dijo: «Estoy luchando contra la ansiedad por la COVID-19, porque sé lo que podría golpearnos. Dediqué una década a formarme como médico. Mi familia invirtió en mí no solo dinero, sino también capital humano, para que llegara hasta donde estoy hoy. Mis padres dicen que me comprometí a curar y salvar vidas, no a arriesgar la mía en el proceso».

En mi función de presidente de salud pública de las asociaciones médicas de Zambia, durante las últimas dos semanas he estado concienciando a través de distintos canales: la radio, la televisión y el contacto personal. Aquí en Lusaka está claro que muchos ciudadanos no quieren saber, por falta de comprensión. Cuando se vive rodeado de malos resultados sanitarios causados por el VIH, la tuberculosis y la malnutrición, problemas que llevan mucho tiempo presentes, ¿por qué escuchar a alguien que habla de una amenaza invisible llamada COVID-19? Esto se aplica a muchas personas de clase socioeconómica media-baja que llevan un estilo de vida al día.
La pregunta es: ¿por qué los trabajadores sanitarios de primera línea no hablan de todas estas preocupaciones y dificultades? Muchos comparten la opinión de que la COVID-19 es un enemigo común. Si el personal sanitario africano cuestiona el mensaje sereno y tranquilizador «Lo tenemos bajo control», sembrará el pánico, que causará más daño que beneficio.
Otro problema es que, debido a las numerosas dificultades socioeconómicas, los africanos son muy críticos con el Gobierno. El público que sí sigue los medios no cree lo que dicen sus dirigentes. Es un desafío porque el Gobierno necesita que todos luchen juntos contra esto. La desconfianza y la falta de esperanza son motivo de preocupación. Solo podremos librar esta lucha si unimos fuerzas con el Gobierno. Los medios de comunicación están trabajando para que sus audiencias escuchen al Gobierno y reconozcan que la COVID-19 es una amenaza.
Tras destacar la fragilidad y la sobrecarga de los sistemas sanitarios de África, cabe preguntarse cómo haremos frente a la COVID-19. Zambia, como la mayoría de los países africanos, sigue viéndose desbordada por enfermedades infecciosas emergentes y reemergentes.
La evidencia indica que la mejor opción es involucrar a todas las partes interesadas en la prevención y el control de estas y otras enfermedades. Es necesario involucrar a la comunidad en todos los niveles para mitigar la elevada carga de muchas enfermedades prevenibles.
Con la COVID-19, hablamos de proteger a las personas vulnerables. Podría decirse que el personal sanitario de África y del mundo es un recurso escaso que necesita protección, dado que la plantilla sanitaria ya es limitada. La falta de EPP para el personal sanitario de primera línea debe ser una prioridad urgente. Cuídennos proporcionándonos EPP adecuado; así podremos atender mejor a los pacientes.
Gracias por reconocer a todo el personal de primera línea con #ClapForOurCarers. Lo agradecemos, pero lo que necesitamos de todos ustedes es ayuda para que el personal de primera línea obtenga equipo de protección personal adecuado. Por ahora, no queremos aplausos ni saludos de héroes; necesitamos un suministro constante e ininterrumpido de EPP.


