Aunque los científicos saben mucho sobre cómo mutan y se transmiten los virus, aún existen importantes lagunas en sus conocimientos.
La pandemia de COVID-19 está llevando a los investigadores a profundizar su conocimiento de los patógenos.
Los virus no son mucho más que fragmentos parasitarios de ARN o ADN. A pesar de ello, son extraordinariamente abundantes en número y diversidad genética. No sabemos cuántas especies de virus existen, pero podrían ser billones.
Las epidemias virales del pasado han influido en la evolución de toda forma de vida. De hecho, alrededor del 8 % del genoma humano está compuesto por fragmentos de retrovirus. Estos «fósiles» genéticos son restos de epidemias virales que sobrevivieron nuestros antepasados.
La COVID-19 nos recuerda el impacto devastador que pueden tener los virus, no solo en los seres humanos, sino también en los animales y los cultivos. Ahora, por primera vez, se ha confirmado la enfermedad en un tigre del zoológico del Bronx, en Nueva York, que presuntamente fue infectado por un empleado. También se informó que otros seis tigres y leones «presentaban síntomas».
Según la BBC, los expertos en conservación creen que la COVID-19 también podría amenazar a animales como los gorilas, chimpancés y orangutanes salvajes.
Aunque a los virólogos les interesa mucho cómo mutan y se transmiten los virus entre especies —y comprenden este proceso hasta cierto punto—, persisten muchas lagunas de conocimiento.
Expertos en su campo
La mayoría de los virus son especialistas. Establecen asociaciones duraderas con sus especies hospedadoras preferidas. En estas relaciones, puede que el virus no provoque síntomas de enfermedad. De hecho, el virus y el hospedador pueden beneficiarse mutuamente en una relación de simbiosis.
En ocasiones, los virus «emergen» o «saltan» de su hospedador original a uno nuevo. Cuando esto sucede, aumenta el riesgo de enfermedad. La mayoría de las enfermedades infecciosas que afectan a los seres humanos y a nuestro suministro de alimentos son consecuencia de saltos desde organismos silvestres.
El nuevo coronavirus (SARS-CoV-2), que surgió en Wuhan en noviembre, en realidad no es «nuevo». El virus evolucionó durante un largo período, probablemente millones de años, en otras especies donde aún existe. Sabemos que el virus tiene parientes cercanos en los murciélagos de herradura chinos, los murciélagos de herradura intermedios y los pangolines —que se consideran un manjar en China.
Coronavirus anteriores, incluido el coronavirus del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV), han saltado de los murciélagos a los seres humanos a través de un mamífero intermediario. Algunos expertos plantean que los pangolines malayos proporcionaron ese vínculo para el SARS-CoV-2.
Aunque no se ha identificado al hospedador original del virus SARS-CoV-2, no debería sorprendernos que el animal parezca perfectamente sano. Muchos otros coronavirus existen de forma natural en poblaciones de mamíferos y aves silvestres de todo el mundo.
¿De dónde siguen apareciendo?
La actividad humana impulsa la aparición de nuevos virus patógenos (causantes de enfermedades). A medida que hacemos retroceder los límites de los últimos espacios silvestres de la Tierra —tala de terrenos para crear granjas y plantaciones—, los virus de la fauna silvestre interactúan con los cultivos, los animales de granja y las personas.
Las especies que evolucionaron por separado ahora se mezclan. Los mercados globales permiten el libre comercio de animales vivos (incluidos sus huevos, semen y carne), verduras, flores, bulbos y semillas; y los virus viajan con ellos.
Los seres humanos también están calentando el clima. Esto permite que algunas especies amplíen su distribución geográfica hacia zonas que antes eran demasiado frías para habitarlas. Como resultado, muchos virus se encuentran por primera vez con nuevos hospedadores.
¿Cómo se produce el salto?
El salto de virus es un proceso complejo que no se comprende del todo. En la naturaleza, la mayoría de los virus están confinados a hospedadores específicos debido a interacciones particulares de «cerradura y llave» entre proteínas. Estas son necesarias para que el virus se replique con éxito, se desplace dentro del hospedador y se transmita entre hospedadores.
Para que un virus infecte a un nuevo hospedador, quizá deban modificarse algunas o todas las «llaves» proteicas. Estas modificaciones, llamadas «mutaciones», pueden producirse en el hospedador anterior, en el nuevo o en ambos.
Por ejemplo, un virus puede saltar del hospedador A al hospedador B, pero no se replicará bien ni se transmitirá entre individuos a menos que varias llaves proteicas muten de forma simultánea o consecutiva. La baja probabilidad de que esto ocurra hace que los saltos sean poco frecuentes.
Para comprender mejor cómo se producen los saltos, imaginemos que un virus es un relato corto impreso en una hoja de papel. El relato explica:
1. Cómo vivir en un tipo específico de célula dentro de un hospedador determinado
2. Cómo desplazarse a la célula contigua
3. Cómo transmitirse a un nuevo individuo de la misma especie.
El relato corto también incluye instrucciones para fabricar una máquina fotocopiadora de virus. Se supone que esta máquina, una enzima llamada polimerasa, produce sin parar copias idénticas del relato. Sin embargo, la polimerasa comete errores de vez en cuando.
Puede omitir una palabra o añadir una palabra o frase nueva al relato, modificándolo sutilmente. A estas versiones modificadas de los relatos virales se las llama «mutantes». En muy raras ocasiones, un relato mutante describirá cómo puede vivir el virus dentro de una especie hospedadora totalmente nueva. Si el mutante y ese nuevo hospedador se encuentran, puede producirse un salto.
No podemos predecir los saltos de virus a los seres humanos, así que no es posible desarrollar vacunas de forma preventiva. Desde hace tiempo se debate la posibilidad de una «vacuna universal contra la gripe» que proporcionaría inmunidad frente a todos los mutantes del virus de la influenza. Pero hasta ahora esto no ha sido posible.
Dejemos que la fauna silvestre siga siendo silvestre
Aunque existen muchísimos virus, relativamente pocos nos amenazan a nosotros y a las plantas y animales de los que dependemos.
Aun así, algunas criaturas son especialmente peligrosas en este sentido. Por ejemplo, los coronavirus, el ébola y los virus de Marburgo, los virus de Hendra y Nipah, los lisavirus similares al de la rabia, y los paramixovirus similares a los de las paperas y el sarampión se originan todos en los murciélagos.
Dada la enorme cantidad de virus que existen y nuestra disposición a transportarlos por todo el mundo, los futuros saltos son inevitables. Podemos reducir las probabilidades mejorando la vigilancia de los virus en hospitales y granjas.
También deberíamos reconocer el valor de la fauna silvestre, no solo por su valor intrínseco, sino como posible fuente de virus causantes de enfermedades. Mantengamos, pues, una «distancia social» y dejemos a la fauna silvestre en su hábitat natural.


