La semana pasada regresé a casa tras un viaje de un mes durante el cual, ¡qué horror!, no tuve conexión a internet.
Como si volver a la realidad de una pandemia mundial no fuera ya suficiente para procesar, también me bombardearon mensajes de WhatsApp sobre los supuestos riesgos de tomar ibuprofeno y publicaciones de Facebook que me pedían beber agua tibia para mantener alejado el virus. Y aunque estos mensajes y publicaciones estaban bien intencionados, este tipo de difusión de información es cualquier cosa menos útil.
Como el virus SARS-CoV-2 —más conocido popularmente como COVID-19— se ha extendido por todo el mundo, las teorías conspirativas y los rumores también se han viralizado en las plataformas de redes sociales y otros medios. Como acertadamente dijo en febrero el director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus: “No solo estamos luchando contra una epidemia; estamos luchando contra una infodemia”.
Encontrar información fiable en la era digital ya es bastante difícil, y más aún durante una pandemia mundial en la que abundan las noticias falsas, la desinformación y la exageración. Este es un acontecimiento que se produce una vez por generación, quizá incluso una vez en la vida para muchos de nosotros, por lo que siento gratitud por haber recibido formación en comunicación científica y, por tanto, por contar con las herramientas para ver más allá de los titulares sensacionalistas y de las historias científicas falsas.
Estos son mis consejos para ayudarle a hacer lo mismo.
Aceptar la incertidumbre – con responsabilidad
Este virus solo se identificó en diciembre de 2019, por lo que ha habido poco tiempo para investigarlo a fondo, y mucho menos para llevar a cabo ensayos controlados aleatorizados a gran escala o revisión por pares, así que todavía queda mucho que no entendemos del todo sobre la COVID-19.
A esto se suma que la propia ciencia es un proceso que requiere tiempo y que, a veces, los estudios presentan evidencias contradictorias (lo cual es normal). Cualquier buen periodista científico se esforzará por ofrecerle la representación más precisa de hacia dónde se inclina la evidencia, pero advertirá contra afirmaciones como «la evidencia científica demuestra que…», así que sea escéptico con cualquier cosa que haga tales afirmaciones.
¿De dónde procede la información?
Muchas personas escriben sobre ciencia, o sobre información relacionada con la ciencia, pero no todas las que lo hacen han recibido formación para evaluar adecuadamente las pruebas, interpretar la jerga o informar sobre estadísticas como lo hacen algunos periodistas científicos especializados. Tenga presente que la información de la fuente original (muy probablemente un estudio de investigación) podría haber sido reinterpretada, modificada e incluso ignorada por completo, según el punto que quiera transmitir quien escribe.
Si encuentra en la noticia que lee una referencia o un enlace a la investigación original, probablemente sea buena señal de que quien la escribe entiende o ha cuestionado el trabajo original. Según la naturaleza de la afirmación, debe comprobar si también se informa sobre ella en otros medios. Lo más probable es que, si se trata realmente de un descubrimiento «revolucionario», muchos otros medios informen de lo mismo. Si se trata de un mensaje de WhatsApp aislado con una afirmación concreta y sin pruebas, debería pensárselo dos veces.
¿Quién respalda la afirmación?
Lo ideal es que los informes sobre nuevas investigaciones científicas incluyan comentarios de los autores del estudio, así como una opinión independiente de alguien de una disciplina afín que no haya participado en el trabajo. Sin embargo, no siempre es así, y que alguien sea científico no significa necesariamente que esté capacitado para comentar el trabajo, ya que es posible que no tenga formación ni experiencia en ese ámbito temático concreto.
Durante la pandemia de COVID-19 se ha escuchado con frecuencia “No soy virólogo ni epidemiólogo, pero…”, así que esté atento a los científicos de disciplinas no relacionadas a quienes se les otorga una posición de autoridad. Otras preguntas que debe hacerse son si las fuentes citadas tienen un conflicto de intereses o si pueden beneficiarse de alguna manera de lo que dicen. ¿Están afiliadas a una organización que podría estar influyendo en su opinión para que se pronuncien en un sentido u otro?
Aplicar los criterios anteriores a todo lo que lea o comparta puede ayudarle a discernir qué fuentes debe considerar fiables y cuáles no, e incluso cuando medios de reconocida autoridad exageran los hallazgos científicos o los interpretan erróneamente.
Por supuesto, hay muchos buenos reportajes, sobre todo en una situación tan compleja y de rápida evolución. Muchos de nosotros no seríamos conscientes del riesgo de que la COVID-19 pusiera en peligro nuestras vidas y medios de subsistencia sin el poder del periodismo. Aun teniendo en cuenta lo anterior, si no sabe a quién acudir o qué compartir, asegúrese de consultar el sitio web de la Organización Mundial de la Salud como fuente fiable de información basada en la evidencia.

