¿Qué haría Roosevelt? Cómo debería responder Estados Unidos a la COVID-19

A U.S. flag flies over a former motel that was bought by King County as a coronavirus quarantine facility, and reportedly where the first person using the facility left without permission, in Kent, Washington, U.S., March 13, 2020.
Motels, such as this have become coronavirus quarantine facilities.Image: REUTERS/Brian Snyder
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  • En Estados Unidos, más del 50% de los empleos están en riesgo debido a despidos, suspensiones temporales, recortes salariales y pérdida de horas de trabajo por la pandemia de coronavirus.

  • Necesita movilizar sus recursos, apoyar a sus trabajadores en el país y proporcionar ayuda económica de emergencia a quienes la necesitan, escribe la economista Pavlina Tcherneva.

Las consecuencias de la pandemia de coronavirus no se parecerán en nada a las de la crisis financiera de 2008, y tampoco se logrará una recuperación en forma de V mediante estímulos convencionales, ni siquiera con estímulos convencionales verdaderamente masivos. Estamos en guerra con la COVID-19 y, en tiempos de guerra, la producción civil se paraliza y el único trabajo necesario es el que contribuye al esfuerzo bélico.

Además, lamentablemente, una recesión es necesaria para frenar la propagación de este virus. En Estados Unidos, más del 50% de los empleos están en riesgo debido a despidos, suspensiones temporales, recortes salariales y pérdida de horas de trabajo. Prácticamente todos los sectores de la economía perderán una parte considerable de su actividad, los ingresos de los hogares quedarán devastados y el gasto de consumidores y empresas disminuirá rápidamente. El sector manufacturero ya ha empezado a derrumbarse; el sector de servicios, que emplea al 80% de todos los trabajadores, será el siguiente.

Gráfico del descenso de la actividad empresarial en el estado de Nueva York tras el inicio de la pandemia. Image: Banco de la Reserva Federal de Nueva York

Así, una pandemia dará lugar a otra: la del desempleo. La avalancha de despidos provocará una ola de impagos, quiebras y beneficios deprimidos. El efecto dominó se extenderá por numerosos ámbitos: desde el desplome de los ingresos fiscales estatales y municipales y el cierre de empresas hasta el empobrecimiento de las comunidades, el deterioro de la salud, la falta de vivienda y las «muertes por desesperación».

¿Cómo deberían responder los gobiernos? Del mismo modo que lo hizo el Gobierno de Estados Unidos bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial.

La primera prioridad es movilizarse. Eso significa construir hospitales de campaña temporales, clínicas con atención desde el automóvil y centros de salud de emergencia. Significa aumentar la producción de equipos y medicamentos esenciales, dotar adecuadamente de personal a los centros de salud y establecer servicios de apoyo para quienes pasan hambre, carecen de vivienda y son más vulnerables. También significa desplegar un ejército para desinfectar aeropuertos, escuelas y lugares públicos esenciales.

En segundo lugar, debemos facilitar que la gente se quede en casa, por ejemplo, aplazando a corto plazo el pago de deudas (incluidos los préstamos para pequeñas empresas y las hipotecas) y suspendiendo las facturas de los servicios públicos, como ya están haciendo algunos países europeos. Los gobiernos también deberían proporcionar apoyo a los ingresos en forma de prestaciones por desempleo ampliadas, cupones de alimentos y ayudas para la vivienda. En Estados Unidos, deberían eliminarse todos los requisitos laborales para acceder a las prestaciones públicas, y el Gobierno federal debería ofrecer asistencia financiera inmediata a los gobiernos estatales sujetos a leyes de presupuesto equilibrado.

El paquete de medidas contra el coronavirus aprobado recientemente por Estados Unidos se queda muy corto. Tal como está, la legislación seguiría dejando a el 80% de los trabajadores del sector privado sin cobertura médica ni licencia remunerada. La disposición sobre pruebas gratuitas no ofrece consuelo a quienes ya están gravemente enfermos o habrán perdido su seguro médico como consecuencia del desempleo. Estados Unidos debería aprovechar esta ocasión para convertir la licencia remunerada universal y Medicare para todos en políticas permanentes.

Otra prioridad fundamental es proporcionar ayuda económica de emergencia a los hogares. La propuesta de un pago universal de 1.000 dólares ha entusiasmado a los estadounidenses; 2.000 dólares sería mejor. Pero la ayuda en efectivo por sí sola no bastará. Al contrario, sin las medidas mencionadas y acciones contundentes para cerrar el agujero que se abre en el mercado laboral, gran parte del dinero distribuido se desperdiciará.

Cuando las perspectivas de empleo e ingresos son inciertas, enviar dinero a las familias es como echar agua en un cubo agujereado. Lo que realmente necesitan Estados Unidos y otros países son políticas para crear buenos empleos una vez superada la crisis.

Por eso, después de tomar todas las medidas necesarias ahora, los gobiernos deberían volver a movilizarse. Solo un gobierno grande, grandes inversiones públicas y grandes programas de empleo público garantizarán una recuperación rápida, en lugar de otra recuperación prolongada sin empleo. En la última crisis, gran parte del estímulo alimentó una desigualdad desbocada; esta vez tiene que ser diferente.

La situación exige acciones directas, no «empujoncitos» ni «incentivos», siguiendo el modelo del New Deal, el Sistema Interestatal de Autopistas de Estados Unidos y el Programa Apolo. Los gobiernos deberían aprovechar esta crisis para poner en marcha un ambicioso programa de inversión en infraestructura limpia y ecológica, como propone el Green New Deal. Al fin y al cabo, otra epidemia viral es inevitable y la crisis climática exige una ambición y una determinación como las de FDR.

Cuando la pandemia haya quedado atrás, tendremos que empezar a contratar. Los responsables políticos ya deberían estar preparando programas de servicio público y de empleo garantizado para toda persona que acuda a una oficina de desempleo. Y esa garantía de empleo debería ir acompañada de formación y educación para ayudar a los trabajadores a acceder a empleos mejor remunerados en el sector privado cuando se recupere la economía.

Hasta el mes pasado, los comentaristas en Estados Unidos todavía hablaban de la holgura del mercado laboral heredada de la crisis financiera de 2008, pese a que las cifras oficiales de desempleo se encontraban en mínimos históricos. ¿Cuánto tardaremos en volver a los niveles actuales de empleo tras una pandemia que deja fuera de servicio a una parte considerable de la economía?

Sin empleo directo y garantizado, nos esperan décadas de desempleo elevado. En cambio, una persona con un empleo que ofrece un salario digno puede pagar una hipoteca, comprar un billete de avión e ir a restaurantes. Una oferta abundante de buenos empleos para todas las personas que los quieran es la forma más segura de devolver la plena salud a todos los sectores de la economía.

Pero ¿cómo pagará el Gobierno todo esto? Del mismo modo que paga todo lo demás. No debería hacer falta una pandemia ni una guerra mundial para recordar a la ciudadanía que el Gobierno de Estados Unidos se autofinancia. Las instituciones financieras públicas estadounidenses —el Tesoro y la Reserva Federal de Estados Unidos— garantizan que se paguen todas las facturas del Gobierno, sin hacer preguntas.

Lo único que hace falta, entonces, es que el Congreso apruebe el presupuesto y diseñe una política eficaz para gestionar esta crisis y las que vendrán después. Nadie pide que los contribuyentes ricos o los prestamistas extranjeros «paguen» la respuesta. Así no se financia un gobierno que controla su propia moneda. Dejemos, pues, de plantear la pregunta trivial de cómo pagarla. Encontrar el dinero nunca es el problema. La atención debería centrarse en crear buenos empleos para las personas desempleadas.

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