Desde el inicio de la pandemia de COVID-19, más de mil millones de estudiantes se han visto afectados por el cierre de escuelas y se han perdido o interrumpido 272.000 millones de días de aprendizaje;
Las desigualdades educativas existentes se han visto agravadas por la pandemia –la inclusión radical debe convertirse en la nueva normalidad;
La recopilación y el análisis sistemáticos de datos relacionados con la educación durante la pandemia son un modelo de futuro que puede garantizar que las decisiones y la elaboración de políticas educativas basadas en la evidencia estén libres de agendas políticas.
Podemos extraer lecciones de la pandemia de COVID-19 que podrían hacer que las políticas educativas se basen más en la evidencia y sean más inclusivas, receptivas y transparentes. Un mayor énfasis en anticipar respuestas, la solidaridad dentro de los países y entre ellos, la agilidad en la gestión de las respuestas y los esfuerzos renovados por la acción colaborativa harán posible una mejor normalidad para el futuro.
Estas son cuatro lecciones que ya podemos extraer:
1. La pandemia puso de relieve la importancia crítica de las escuelas y la educación, y la necesidad de salvaguardar los sistemas educativos para el futuro.
Antes de que llegara la pandemia, el mundo no iba por buen camino para alcanzar ODS 4. Según la UNESCO, más de 260 millones de niños estaban fuera de la escuela en ese momento; de quienes asistían a la escuela, se esperaba que seis de cada 10 no alcanzaran un nivel mínimo de educación al terminar la educación primaria. Nuestros sistemas educativos existentes fallaban a millones de niños cada año, sin signos palpables de una pronta recuperación.
Mongolia fue el primer país en dictar órdenes nacionales de cierre de escuelas, el 16 de febrero. Para el 31 de marzo, 20 días después de que la OMS declarara pandemia el brote de COVID-19, el 96% de los 191 países para los que había datos disponibles había cerrado total o parcialmente sus sistemas escolares.
En el momento de redactar este artículo, 125 países han reabierto ya sus sistemas escolares, al menos parcialmente. En seis meses, más de mil millones de estudiantes se han visto afectados por el cierre de escuelas; se han perdido o interrumpido 272.000 millones de días de aprendizaje, y Insights for Education prevé que esta cifra ascienda a 300.000 millones a finales de año, según los anuncios de reapertura.
Pese a los esfuerzos por sustituir las escuelas por el aprendizaje a distancia, estos miles de millones de días de aprendizaje perdidos podrían generar desesperación, pero también deben llevarnos a encontrar formas de que el mayor número posible de niños vuelva a la escuela. Esta crisis ha generado una buena voluntad intangible que podría materializarse en reformas educativas significativas, siempre que aprovechemos cada oportunidad para extraer lecciones de la pandemia.
Mantener las escuelas abiertas de forma segura es ahora una prioridad incluso en los países que atraviesan segundas olas de infección por COVID-19, muchos de ellos con niveles de infección superiores a los de la primera ola. En su mayoría, los países que han abierto por completo sus escuelas tienen mucha más probabilidad de mantenerlas abiertas, como muestra un análisis reciente de nuestra fundación.
Los países han aprendido a convivir con la COVID-19 en el aula, pero esta determinación de mantener abiertas las escuelas revela la creciente conciencia de que la educación es un factor clave para el desarrollo y el empoderamiento humanos, y exige salvaguardar nuestros sistemas educativos.
2. La pandemia puso de manifiesto lo esencial que es examinar y cuestionar la evidencia para tomar decisiones libres de sesgos, supuestos falsos y agendas políticas.
Los países se enfrentan a realidades muy distintas en cuanto a los casos de COVID-19 y tienen distintos niveles de viabilidad para reabrir las escuelas de forma segura. Insights for Education ha desarrollado un Rastreador de vuelta a la escuela para apoyar a los dirigentes de gobiernos y de la sociedad en las decisiones sobre reapertura o cierre. Este seguimiento sistemático y exhaustivo de datos recopilados en 191 países durante un periodo de seis meses ha ayudado a identificar buenas prácticas en las políticas de reapertura de escuelas y a desmontar supuestos falsos en un debate muy politizado.
Contrariamente a lo que a menudo se ha supuesto, nuestro análisis indica que no existe un patrón coherente entre el estado de las escuelas y los niveles de infección. Aprender de los países que reabren con eficacia en un contexto de aumento de infecciones es esencial. El seguimiento y la difusión constantes de estas observaciones podrían ofrecer a los responsables de la toma de decisiones información y confianza para ayudar a que los estudiantes más marginados vuelvan a las escuelas lo antes posible.
Esta recopilación y síntesis sistemática de la evidencia, y su traducción en políticas y prácticas, se realiza con regularidad y gran éxito en el sector sanitario, pero a menudo se descuida en educación. Una lección fundamental del sector sanitario es que la evidencia puede transformar vidas y propiciar avances cuando las decisiones de los responsables políticos se guían por evidencia sintetizada de forma periódica y luego se traducen en la práctica. Los profesionales médicos no necesitan leer innumerables estudios e informes individuales, sino consultar síntesis autorizadas de múltiples estudios que ofrecen recomendaciones cada vez más claras sobre qué funciona y para quién. Como resultado, la prescripción de medicamentos no es una lotería que dependa de la experiencia personal de cada médico. La larga trayectoria de la atención sanitaria en la aplicación de enfoques sistemáticos para validar y escalar nuevos métodos ha sido clave para el desarrollo de pruebas, vacunas y tratamientos.
En educación, la brecha entre lo que sabemos y lo que hacemos se sitúa en el centro de la crisis mundial del aprendizaje. Sin los medios para sintetizar la evidencia de forma sistemática, exhaustiva y periódica, en un formato que puedan utilizar los responsables de políticas y los profesionales, nos quedaremos con “intentar adivinar lo que dice la evidencia”, como ocurría con los profesionales sanitarios hasta la década de 1990. Si queremos volver al buen camino en relación con el ODS 4, ha llegado el momento de que el sector educativo cree la infraestructura de conocimiento y acción que ha transformado el sector sanitario.
3. La pandemia ha ampliado las desigualdades y ha intensificado la urgencia de cerrar las brechas para los estudiantes más marginados del mundo. La inclusión radical debería ser la próxima normalidad.
Casi la mitad de los 1.600 millones de estudiantes de primaria y secundaria del mundo no volverá a la escuela en 2020. La gran mayoría (84%) procede de países de ingreso medio-bajo y bajo, donde las tecnologías de aprendizaje a distancia no llegan a todos los niños y agudizan y aceleran notablemente la desigualdad, especialmente para las niñas, los niños en edad preescolar y los alumnos con necesidades especiales.
Deben surgir políticas de inclusión radical tanto para el aprendizaje a distancia como para el presencial. Pese a que muchos países aún no han reabierto sus escuelas, se están elaborando activamente políticas y procedimientos para frenar la pérdida de aprendizaje causada por el impacto de la COVID-19. La implementación de programas de apoyo académico, como clases de recuperación y tutorías, y la provisión de recursos adicionales como remedio para el aprendizaje perdido durante el cierre de las escuelas son las medidas a las que los países dan mayor prioridad antes de la reapertura. Les siguen de cerca las políticas de apoyo a la salud física, social, emocional y mental de los estudiantes, así como el desarrollo profesional docente, que está estrechamente vinculado al apoyo al aprendizaje a distancia. Esta será una consideración importante para los países que decidan mantenerse cerrados antes de una reapertura total.

4. La participación colectiva y la rendición de cuentas mutua son pilares fundamentales para lograr un éxito sostenido en el mantenimiento seguro de las escuelas abiertas y en la resiliencia frente a desafíos futuros.
Los gobiernos y las comunidades han inventado formas más receptivas y participativas de tomar decisiones en tiempos de crisis. Establecer confianza y transparencia con padres y docentes, por ejemplo mediante la elaboración conjunta de directrices en países como Japón y Dinamarca, ha demostrado ser fundamental para la reapertura exitosa de las escuelas. Los gobiernos y las sociedades tendrán que seguir invirtiendo en aprender a continuar la educación junto con la COVID-19. Esto implica revisar los planes de respuesta, pasar de las medidas de emergencia a una vigilancia crónica, adaptar la flexibilidad para el aprendizaje híbrido, especialmente en las comunidades más pobres, y actualizar continuamente nuestro conocimiento colectivo a partir de las experiencias globales.
Debemos preservar los nuevos hábitos que hemos logrado adquirir en un plazo tan corto para combatir los efectos adversos de la pandemia en nuestros sistemas educativos y consolidarlos en rutinas y procesos establecidos como pilares de los planes educativos nacionales de los países.


