Italia tiene una de las poblaciones más envejecidas del mundo.
El país ha tenido dificultades para hacer frente a la presión del coronavirus.
Algunos lugares han conseguido aplanar la curva.
Por habitante, Italia es el país más afectado del mundo por la pandemia de COVID-19. Por cada millón de italianos, hay 521 casos confirmados de coronavirus.
A 18 de marzo, Italia había registrado 31.506 casos confirmados y 2.503 muertes. Muchos se han preguntado: ¿por qué ha sufrido Italia pérdidas tan elevadas?

Jennifer Dowd es profesora asociada de Demografía y Salud de la Población en la Universidad de Oxford y subdirectora del Leverhulme Centre for Demographic Science. Esta es su opinión sobre por qué Italia ha registrado un número muy elevado de muertes por COVID-19, tal como la explicó en Twitter.
Aunque en los casos de infección vírica siempre intervienen muchos factores variables, uno ha cobrado especial relevancia para explicar la situación actual de Italia: la estructura de edad más avanzada de su población, afirma.
Presiones relacionadas con la edad
Italia tiene la segunda población más envejecida del mundo. En 2019, la edad media del país era de 45,4 años, unos dos años más que en 2011. En Liguria (la región que rodea Génova, en el norte del país), la edad media es de 49,1 años. Más al sur, Campania (la región que rodea Nápoles) tiene una edad media de 43 años, lo que la convierte en el lugar más joven de Italia.
«La COVID-19 está afectando gravemente a los grupos de mayor edad», afirma Dowd. En Italia, la tasa de mortalidad entre los casos confirmados de personas de 80 a 90 años es actualmente del 17,5 %, una cifra que Dowd describe como «alarmantemente alta».
Por consiguiente, afirma, es probable que los países con poblaciones más envejecidas registren una tasa de letalidad más alta que aquellos con poblaciones más jóvenes. Esto también somete a presión a los servicios sanitarios nacionales. Si muchas personas enferman gravemente en poco tiempo, los hospitales pueden verse desbordados por factores como un exceso de pacientes en estado crítico, la falta de respiradores y la escasez de médicos, enfermeros y camas hospitalarias.
Cuando las unidades de cuidados intensivos tienen dificultades para atender la demanda, aumenta el riesgo de muerte.
La profesora Dowd también explica que, aunque se ajusten los supuestos de los modelos matemáticos sobre la propagación de la COVID-19, «la estrecha relación entre la estructura de edad de la población y el total de muertes se mantiene».
Aplanar la curva
Para contrarrestar estos efectos, es necesario tomar medidas específicas que reduzcan la presión sobre los servicios sanitarios. Si se protege más de la infección a quienes tienen más probabilidades de enfermar gravemente, no solo será menos probable que contraigan la COVID-19, sino que también se podrá aliviar la carga de hospitales y centros médicos.
La ciudad de Lodi, a unos 40 kilómetros al sureste de Milán, destaca como ejemplo de cómo puede funcionar esto, afirma Dowd. A diferencia de otras zonas del norte de Italia, Lodi impuso un confinamiento estricto al principio del brote. Al compararla con otras ciudades, los efectos de esa intervención temprana son claros: los casos no aumentaron tan rápido como en otras partes del país.

Dowd señala otro factor que puede haber puesto en peligro a las personas mayores de Italia. El país es famoso por el papel central que desempeñan las familias extensas en la vida cotidiana. Sin embargo, esta convivencia entre generaciones puede haber contribuido a la propagación de la infección. Asimismo, señala que comprender estos efectos puede ayudar a predecir la evolución de futuras enfermedades infecciosas.


