La pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de confianza en la ciencia y de colaboración mundial.
Un nuevo enfoque puede ayudar a mediar en una mejor cooperación para aprovechar el talento y los recursos científicos para hacer frente a las crisis.
La pandemia de coronavirus debería ser un llamamiento a la unión para los responsables políticos y los científicos de todas partes, que reúna al mundo para hacer frente a una amenaza común. Sin embargo, en la práctica, la lucha contra la COVID-19 ha estado marcada por rivalidades nacionales y tensiones políticas. Superar estas divisiones y permitir que los científicos trabajen más allá de las fronteras debe convertirse en una prioridad urgente. A menos que encontremos un camino hacia alianzas científicas mundiales más eficaces, corremos el riesgo de caer presa de este y de futuros brotes víricos. Pero ¿cómo construimos esa confianza y esa colaboración en un mundo cada vez más fragmentado?
Varios desafíos han obstaculizado los esfuerzos por crear una respuesta científica coordinada y unificada. Las universidades y los investigadores tienen dificultades para colaborar a través de las fronteras debido a las crecientes tensiones políticas en todo el mundo. Las teorías conspirativas sobre el origen y la propagación del nuevo coronavirus han acentuado esta tensión y alimentado peligrosas tendencias nacionalistas. El desarrollo de vacunas se ha convertido en sí mismo en una carrera competitiva nacional por la supremacía comercial. Las diferencias ideológicas están superando el valor del intercambio de datos y de las alianzas de investigación. Pese a los llamamientos previos a la “diplomacia científica” tras la pandemia, en realidad la idea ha recibido escasa atención.
Internamente, la confianza pública en la ciencia se ha debilitado en muchos países. Como cabría esperar con un nuevo patógeno, ha habido incertidumbre científica sobre las mejores formas de abordar el nuevo coronavirus, así como sobre la eficacia de diversas medidas para prevenir la propagación de la infección. Esta incertidumbre ha alimentado el escepticismo sobre la fiabilidad de los hallazgos y recomendaciones de los científicos, en un momento en que el apoyo a la ciencia es más importante que nunca.
Si bien esta situación volátil puede parecer sin precedentes, lo cierto es que la ciencia ha superado muchas crisis políticas en el pasado. Esta no es la primera vez que el multilateralismo se ha debilitado y el populismo localista ha ganado terreno. Si extraemos las lecciones correctas de la historia, podremos superar nuestras divisiones actuales y cumplir la promesa de la cooperación científica mundial.
De una ciencia inclusiva a una ciencia excluyente
Durante la Guerra Fría, la ciencia se utilizó como arma y los investigadores se convirtieron en objetivos valiosos para deserciones o asesinatos. Sin embargo, incluso durante esta era de profunda desconfianza, la cooperación internacional prosperó en áreas específicas de la ciencia, como la investigación medioambiental. Esto se ejemplificó de forma más significativa con el Tratado Antártico, firmado en 1959 entre partes incluso adversarias, como la Unión Soviética y Estados Unidos.
Al final de la Guerra Fría, la cooperación floreció en la ciencia y la tecnología espaciales, como demuestra, por ejemplo, la creación de la Estación Espacial Internacional. La investigación transformadora en energía de fusión nuclear dio lugar al Reactor Termonuclear Experimental Internacional (ITER). El proyecto cuenta actualmente con una alianza central entre Estados Unidos, Rusia, China, India, la Unión Europea y Corea del Sur, y tiene un presupuesto de más de 20.000 millones de dólares.
Estos avances positivos en la cooperación científica generaron un optimismo generalizado. Dieron lugar a intercambios de estudiantes sin precedentes, en particular entre Asia y América del Norte, y más concretamente entre China y Estados Unidos. Natureofrece su índice más reciente de colaboración en investigación para 2019-2020, que muestra el alcance de dichas alianzas.
Sin embargo, dicha colaboración se ha visto amenazada por intereses institucionales, empresariales y políticos en competencia. Algunos estudiantes sienten que se les utiliza como una fuerza laboral sobreexplotada para impulsar la productividad investigadora de las universidades de élite. Algunos gobiernos e instituciones, por otro lado, temen que su propiedad intelectual pueda verse comprometida por intereses comerciales y de defensa en el extranjero. La única salida a esta erosión actual de la confianza mutua es definir las reglas de compromiso en materia de investigación y respetarlas.
Hacia un acuerdo global
Muchas de las preocupaciones que han provocado el déficit de confianza en la cooperación científica podrían abordarse mediante una nueva convención sobre cooperación científica. Una opción sería hacerlo bajo el amparo de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que ya cuenta con un amplio repertorio de convenciones.
Otra opción, posiblemente más adecuada, sería formular dicha convención a través de una organización liderada por científicos. Esto la separaría con claridad de cualquier cuestión o debate político. El candidato más probable sería el Consejo Internacional para la Ciencia. Lo integran 40 uniones y asociaciones científicas internacionales y más de 140 organizaciones científicas nacionales y regionales, incluidas academias y consejos de investigación.
Un acuerdo de este tipo debería abarcar seis puntos clave:
1. Integridad en la investigación. Necesitamos normas estandarizadas sobre la divulgación de los posibles conflictos de intereses de los investigadores, con referencia clara al trabajo de consultoría para organizaciones privadas o públicas mientras se realiza la investigación.
2. Criterios de admisión basados en el mérito para estudiantes internacionales en universidades e instituciones de investigación. Si existen cuotas de acción afirmativa u otras prioridades nacionales, estas deberían articularse en las cláusulas del acuerdo de los signatarios.
3, Establecimiento de mecanismos científicos de prevención de grandes amenazas en áreas clave. Un enfoque inmediato de dicha colaboración multilateral podría ser el apoyo internacional y el intercambio de datos para el Proyecto Global del Viroma.
4. Un fondo de colaboración en investigación para crisis destinado a catástrofes mundiales, como pandemias, grandes eventos sísmicos o volcánicos y riesgos climáticos. Deberían establecerse normas de compromiso y control de calidad para la ciencia de respuesta rápida.
5. Directrices de comunicación científica elaboradas para gestionar la desinformación mundial en las redes sociales en torno a determinados hallazgos de investigación y su aplicabilidad.
6. Métricas y protocolos para la evaluación del desempeño de la cooperación, a fin de garantizar que los beneficios para los colaboradores sean mutuos y para evitar acusaciones de beneficios asimétricos.
Todos sabemos que existen límites a las soluciones que puede ofrecer la ciencia en tiempos de angustia. Sin embargo, tampoco cabe duda de que la ciencia y la tecnología han dotado de resiliencia a todas las sociedades humanas a través de las fronteras durante esta pandemia.
Los acuerdos científicos bilaterales entre países están bien consolidados. Lo que necesitamos ahora es un acuerdo multilateral sobre cooperación científica. Si los responsables políticos y los científicos de todo el mundo se unen y abordan nuestros problemas más apremiantes, no solo podremos detener la pandemia actual, sino también crear un futuro más luminoso y próspero para todos.


