Las mascarillas funcionan y todos deberían usarlas, concluye la Royal Society en un informe actualizado.
Los científicos piden precauciones para reducir el riesgo de transmisión aérea del COVID-19.
Las primeras pruebas vinculan el COVID-19 con la aparición de trastornos cerebrales en algunos pacientes.
Más pruebas a favor de las mascarillas
Las pruebas empíricas y el consenso científico cada vez más sólido siguen reforzando los beneficios del uso generalizado de mascarillas para limitar la propagación del coronavirus COVID-19. Esta semana, la Royal Society actualizó su informe Face Masks for the General Public para incluir estudios recientemente concluidos y volvió a concluir que el uso universal de mascarillas, incluidas las de tela, como medida para facilitar la reapertura de la sociedad cuenta con un fuerte respaldo de las pruebas disponibles. Las dos razones principales que se aducen son 1) el riesgo de que las personas presintomáticas y asintomáticas propaguen el virus antes de saber que lo tienen, y 2) el creciente conjunto de pruebas empíricas de que las mascarillas no médicas ayudan a prevenir la transmisión del SARS-CoV-2.
Un llamamiento para abordar la transmisión aérea del COVID-19
En una carta abierta dirigida a la Organización Mundial de la Salud (OMS), 239 científicos de 32 países sostienen que existen pruebas suficientes de que el COVID-19 puede transmitirse por el aire a través de aerosoles como para que el organismo actualice sus recomendaciones.
La mayoría de las recomendaciones vigentes se basan en la idea de que el SARS-CoV-2 puede transmitirse a través de gotículas respiratorias. Tanto las gotículas como los aerosoles actúan como vehículos del virus, que «viaja» en ellos cuando son expulsados del sistema respiratorio al toser, estornudar o, simplemente, al hablar y respirar. Las gotículas son más grandes que los aerosoles y caen al suelo bastante rápido. Existe cierto riesgo de transmisión por inhalación si las personas están muy próximas, pero se cree que las gotículas provocan sobre todo contagios por tocar superficies contaminadas en las que han caído. Los aerosoles, en cambio, son tan pequeños que pueden flotar o ser transportados por las corrientes de aire durante más tiempo. Esto aumenta la probabilidad de contagio por inhalar directamente un aerosol portador del virus, y el distanciamiento físico no lo previene tan eficazmente.
En su carta, los científicos instan a actualizar las directrices para incluir precauciones contra la transmisión por aerosoles, como garantizar una ventilación suficiente y reducir al mínimo la recirculación del aire, complementar la ventilación general con filtración de aire de alta eficiencia y respetar estrictamente los límites de aforo en el transporte público y en los edificios públicos.
Pruebas de vínculos entre la infección por coronavirus y graves trastornos cerebrales
Han surgido nuevas preocupaciones sobre los efectos a largo plazo del COVID-19 en la salud, después de que neurólogos del Reino Unido describieran más de 40 casos en los que pacientes con COVID-19 desarrollaron graves trastornos cerebrales. Las complicaciones iban desde la inflamación del cerebro hasta lesiones nerviosas e ictus, y no guardaban relación con la gravedad de la infección. Uno de los investigadores que participaron en el estudio fue citado en The Guardian: «Lo que hemos visto en algunos de estos […] pacientes es que se puede tener una neurología grave, estar bastante enfermo, pero en realidad tener una enfermedad pulmonar leve».
Se desconocen los mecanismos mediante los cuales el virus provoca estos efectos en el cerebro, pero, dada la amplitud de los efectos observados, es probable que intervengan varios mecanismos distintos.
Aunque el número de complicaciones neurológicas es bajo en comparación con el total de casos, este es uno de los muchos ejemplos de complicaciones relacionadas con el COVID-19 que pueden darse junto con la enfermedad respiratoria o después de ella, lo que aumenta la carga total de la enfermedad tanto para los pacientes como para los sistemas de salud.
