Por qué la epidemiología emocional es clave para responder con éxito a la COVID-19

Crowd of people gather at Seri Petaling Mosque, a presumed hotspot for coronavirus disease (COVID-19) outbreak, in Kuala Lumpur, Malaysia, February 29, 2020 in this picture obtained by Reuters from social media on March 19, 2020.
Worshippers at Seri Petaling Mosque in Malaysia, a hotspot for COVID-19 infectionsImage: SALMAN via REUTERS
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  • Los aspectos psicológicos y conductuales de esta crisis no se están tomando lo bastante en serio.

  • Las distorsiones psicológicas están moldeando las respuestas de los gobiernos en todo el mundo.

  • Pero esta crisis también ofrece a los Estados la oportunidad de tener más en cuenta estos factores de una manera beneficiosa.

Entender las secuencias de nucleótidos del ARN de la COVID-19, las cadenas de suministro y la eficacia de las mascarillas frente a los desinfectantes de manos no resulta especialmente útil si tampoco entendemos la epidemiología emocional.

Tras el brote de gripe porcina de 2009, un artículo publicado en New England Journal of Medicine advirtió a los médicos que estuvieran atentos al pánico inicial de sus pacientes, seguido de la complacencia, y que vigilaran los cambios de actitud. Sin embargo, parece que no se han aprendido las lecciones. En todo el mundo, la psicología y el análisis conductual se han utilizado más como una idea de último momento que como una estrategia preventiva o integrada para contener la COVID-19.

En países como Malasia, India y Sri Lanka, donde la práctica y el estudio de la psicología están muy poco desarrollados y carecen de regulación, vemos acciones sumamente problemáticas que surgen de la intersección entre la cultura, la religión y la política. Esto da lugar a comportamientos que los psicólogos probablemente podrían cartografiar y que deberían incluirse junto con los modelos médicos. En la defensa del derecho a la libertad religiosa en India y Malasia, por ejemplo, miles de personas podrían haberse infectado —y quizá ya lo hayan hecho— con el virus, lo que pone gravemente en riesgo el derecho humano fundamental a la vida de esas poblaciones. En marzo, la asistencia de 10.000 fieles a un festival religioso celebrado en marzo a las afueras de Kuala Lumpur —pese a las advertencias— sorprendió a muchos y es la causa de dos tercios de los casos de COVID-19 en Malasia, según las estimaciones. Sin embargo, mi investigación sobre salud global y comportamiento en Asia meridional y sudoriental demostró que Malasia se está volviendo cada vez más fundamentalista en lo religioso y que el desprecio religioso por un virus no solo era probable, sino que debía darse por supuesto en cualquier simulación.

En una relación destructiva y simbiótica, los gobiernos de todo el mundo están fallando a sus ciudadanos y, a su vez, los ciudadanos no cumplen las órdenes gubernamentales y se fallan a sí mismos y entre sí. Esto se debe, en parte, a distorsiones psicológicas que, si se comprendieran y se abordaran con rapidez, podrían ayudar a prevenir el dolor y el trauma que hoy azotan al mundo.

Dos de esas distorsiones —aplicadas originalmente a la crisis climática y ahora igualmente pertinentes para la COVID-19— son las que el Dr. Robert Gifford denomina el dragón de la incertidumbre y el dragón del entumecimiento ambiental. Hemos visto, por ejemplo, a algunos líderes mundiales «actuar mediante la inacción»; esto se ha manifestado en sus primeras suposiciones de que había suficientes camas de hospital, uniformes de protección, mascarillas y otros equipos para hacer frente a una epidemia en toda regla, o de que simplemente aparecerían gracias a lo que los psicólogos llaman pensamiento mágico. Mientras tanto, los residentes de Malasia apenas habían asimilado lo que se describía ampliamente como un golpe de Estado entre bastidores y un cambio ilegítimo de gobierno a principios de marzo, en un país que aún se recuperaba económica y psicológicamente de la desaparición del vuelo MH 370 y de un escándalo de corrupción cuando llegó la COVID-19. En teoría, esto significaba que, mientras #NotMyPM era tendencia en Twitter en Malasia, se propagaba un contagio psicológico centrado en sentimientos como la injusticia y la impotencia, más que en la racionalidad.

Un análisis psicológico de la política lleva a la idea de que las emociones son más racionales de lo que pensamos. Es probable que una persona cuyo primer discurso como primer ministro implora a la nación: «Dame una oportunidad» sea reacia al riesgo, como demuestra este intento de consolidar una posición precaria. El primer ministro Muhyiddin careció de voluntad política para ordenar el cierre de mezquitas y templos; si hubiera creado un equipo de análisis del comportamiento como hizo el ex primer ministro británico David Cameron, quizá le habrían aconsejado que una profunda recesión económica y la pérdida de miles de vidas preocupan más a los votantes que la cancelación de las festividades religiosas.

La importancia de la comunicación psicológica y del «efecto de la pregunta sobre la conducta» ayuda a marcar un rumbo que puede devastar o dar buenos resultados. Cuando los gobiernos y los Estados recurren a la psicología, suele primar la estrategia sobre la ciencia, y a menudo se utiliza de forma perniciosa. Bajo una apariencia científica, pero motivados en realidad por la escasez económica, mensajes como «no hace falta hacer pruebas» suelen significar «no tenemos suficientes kits de pruebas». «Las mascarillas no son eficaces», por su parte, puede significar «no tenemos suficientes mascarillas para el personal sanitario».

Los mensajes crípticos de la oficina del primer ministro de Malasia en los que se pedía esperar un mensaje importante llevaron a muchas personas a comprar por pánico, ignorar el distanciamiento social y temer lo peor. Por su parte, el Gobierno del Reino Unido habló del número de personas que compraban suministros de supervivencia, lo que provoca un repunte de las compras, no un alivio.

A su vez, la COVID-19 también ha puesto de relieve las intersecciones entre identidades que propician la desigualdad. El distanciamiento social es un privilegio, pues presupone que se dispone de espacio para mantenerlo; lo mismo ocurre con el acceso al agua para lavarse las manos. La carga abrumadora de la falta de accesibilidad y asequibilidad, así como del trabajo de cuidados no remunerado durante la pandemia, recae de forma desigual sobre las personas con distintas capacidades, quienes cobran un salario diario, las mujeres y la comunidad LGBTQIA, lo que aumenta las tasas de depresión y ansiedad.

Respuestas al trauma

En lo más profundo de las instituciones, los movimientos, los organismos estatutarios y las personas arraiga una necesidad fundamental: gustar, ser aceptados y recibir aprobación. Los gobiernos han tenido que sopesar las ventajas y desventajas de actuar demasiado pronto frente a las de actuar demasiado tarde; ambas opciones tienen un coste económico. La falacia del sesgo optimista y la sobreestimación de los recursos han estado en pleno apogeo, mientras los Estados mostraban respuestas de complacencia (para agradar a los demás) y de paralización ante el trauma cuando la COVID-19 llegó a sus fronteras.

Esta pausa que impone la COVID-19 es una oportunidad excepcional para que cada país se proponga dejar de normalizar lo anormal, una práctica que ha conducido al hastío sistémico y a la ceguera. Esta pandemia dejará a su paso un aumento de los suicidios, una infraestructura sanitaria paralizada, un incremento de las tasas de divorcio, violencia doméstica, maltrato infantil y un agravamiento de los problemas de salud mental.

Los psicólogos están capacitados para afrontar con calma estos problemas cotidianos, con profundo conocimiento y bajo una presión intensa. Las políticas y la política de cada Estado deben cambiar: la salud mental ya no debería ocupar el último lugar —si es que aparece— en su lista de prioridades. En su lugar, deberían defender la idea de que actuar para reducir el sufrimiento psicológico es proteger el derecho humano fundamental a la salud, que la Organización Mundial de la Salud define como «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

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