COVID-19: qué pueden enseñarnos las pandemias anteriores para combatir el coronavirus

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Lessons from the past.Image: Unsplash/Viktor Forgacs
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  • Desde la importancia de contar con una campaña de salud pública bien diseñada y el rastreo de contactos, que nos enseñó el VIH, hasta el poder de la comunicación oportuna y el intercambio de información, que puso de relieve el SARS: todos los brotes anteriores nos dejan lecciones para hacer frente al coronavirus.

  • Debemos estar siempre preparados para la aparición de otra pandemia y aprender de las lecciones de la historia para afrontar la próxima amenaza.

El curso de la historia de la humanidad ha estado marcado por las enfermedades infecciosas, y la crisis actual sin duda no será la última.

Sin embargo, podemos aprovechar los conocimientos adquiridos a partir de experiencias pasadas y reflexionar sobre cómo estamos mejor preparados esta vez.

1. La peste o «peste negra» (siglo XIV)

Aunque todavía se producen brotes de peste (causada por la bacteria Yersinia pestis) en varias partes del mundo, hay dos que son particularmente tristemente célebres.

La peste de Justiniano duró 200 años y comenzó en el año 541 d. C.; acabó con millones de vidas en varias oleadas por Europa, el norte de África y Oriente Medio, y frenó las aspiraciones expansionistas del Imperio romano (aunque algunos académicos sostienen que se ha exagerado su impacto).

Luego está la pandemia más conocida del siglo XIV, que probablemente surgió en China y diezmó a la población de Asia, Europa y el norte de África.

Quizá uno de los mayores legados para la salud pública de la pandemia de peste del siglo XIV sea el concepto de «cuarentena», que proviene del término veneciano «quarantena», que significa cuarenta días.

Se cree que la pandemia de peste negra del siglo XIV catalizó enormes reformas sociales, económicas, artísticas y culturales en la Europa medieval. Muestra cómo las pandemias de enfermedades infecciosas pueden marcar grandes puntos de inflexión en la historia, con efectos duraderos.

Por ejemplo, las muertes generalizadas provocaron escasez de mano de obra en toda la sociedad feudal y a menudo dieron lugar a salarios más altos, tierras más baratas, mejores condiciones de vida y mayores libertades para la clase baja.

Diversas autoridades perdieron credibilidad, pues se consideró que no habían protegido a las comunidades de la devastación abrumadora de la peste. La gente empezó a cuestionar abiertamente certezas arraigadas sobre la estructura social, las tradiciones y la ortodoxia religiosa.

Esto propició cambios fundamentales en las interacciones y las experiencias de las personas con la religión, la filosofía y la política. Poco después llegó el Renacimiento, un periodo que promovió el humanismo y el aprendizaje.

La Danza de la Muerte, o Danse Macabre, era un motivo artístico habitual en la época de la peste negra.Image: Dominio público/Wikimedia

La peste negra también tuvo efectos profundos en el arte y la literatura, que adoptaron temas más pesimistas y morbosos. En muchas iglesias de Europa aún se ven representaciones vívidas de la violencia y la muerte en los relatos bíblicos.

Se desconoce cómo la COVID-19 transformará nuestra cultura y qué influencia inesperada tendrá en las generaciones venideras. Ya se observan cambios económicos claros derivados de este brote: algunos sectores crecen, otros retroceden y algunas empresas parecen destinadas a desaparecer para siempre.

La COVID-19 podría normalizar de forma permanente el uso de tecnologías virtuales para socializar, hacer negocios, estudiar, recibir atención médica, practicar el culto religioso e incluso participar en el gobierno.

2. Gripe española (1918)

La reputación de la pandemia de «gripe española» de 1918 como una de las más mortíferas de la historia de la humanidad se debe a una compleja interacción entre el funcionamiento del virus, la respuesta inmunitaria y el contexto social en el que se propagó.

Surgió en un mundo debilitado por los cuatro años anteriores de la Primera Guerra Mundial. La malnutrición y el hacinamiento eran habituales.

Se infectaron alrededor de 500 millones de personas —un tercio de la población mundial de entonces—, lo que provocó entre 50 y 100 millones de muertes.

Una característica singular de la infección era su tendencia a matar a adultos sanos de entre 20 y 40 años.

En aquel momento, se atribuía la gripe a una bacteria (Haemophilus influenzae) y no a un virus. Aún faltaba más de una década para que hubiera antibióticos contra las infecciones bacterianas secundarias, y no existían unidades de cuidados intensivos con ventiladores mecánicos.

Está claro que nuestros conocimientos médicos y científicos sobre la gripe en 1918 dificultaron combatirla. Sin embargo, las intervenciones de salud pública —como la cuarentena, el uso de mascarillas y la prohibición de grandes concentraciones— ayudaron a limitar la propagación en algunas zonas, sobre la base de los éxitos previos en el control de la tuberculosis, el cólera y otras enfermedades infecciosas.

Australia impuso una cuarentena marítima y exigió que los funcionarios de cuarentena de la Mancomunidad autorizaran todos los barcos que llegaban antes de que sus pasajeros desembarcaran. Es probable que esto retrasara y redujera el impacto de la gripe española en Australia, y que tuviera efectos secundarios en las demás islas del Pacífico.

El efecto de la cuarentena marítima fue más evidente en Samoa Occidental y Samoa Americana; esta última aplicó una cuarentena estricta y no registró muertes. En cambio, murió el 25 % de los habitantes de Samoa Occidental después de que un barco procedente de Nueva Zelanda introdujera la gripe.

En algunas ciudades, se prohibieron las grandes concentraciones y cerraron las escuelas, las iglesias, los teatros, los salones de baile y las salas de billar.

En Estados Unidos, las ciudades que adoptaron antes, durante más tiempo y con mayor rigor las medidas de distanciamiento social no solo salvaron vidas, sino que también salieron económicamente más fuertes que las que no lo hicieron.

Las mascarillas y la higiene de manos se popularizaron y, en ocasiones, su uso se hizo obligatorio en las ciudades.

En San Francisco, una campaña de educación pública dirigida por la Cruz Roja se combinó con la obligación de llevar mascarilla fuera del hogar.

En algunas jurisdicciones, la policía hizo cumplir esta norma estrictamente, imponiendo multas y, en ocasiones, utilizando armas.

Pandemias del pasado.Image: The Conversation

3. VIH/sida (siglo XX)

Los primeros casos de VIH/sida registrados en el mundo occidental aparecieron en 1981.

Desde entonces, alrededor de 75 millones de personas se han infectado por el VIH y unos 32 millones han muerto.

Muchos lectores quizá recuerden lo desconcertante y aterradora que fue la pandemia de VIH/sida en sus primeros años (y que sigue siendo en muchas partes del mundo en desarrollo).

Ahora sabemos que las personas con infección por el VIH que reciben tratamiento tienen muchas menos probabilidades de sufrir complicaciones graves.

Estos tratamientos, conocidos como antirretrovirales, impiden que el VIH se replique. Esto puede dar lugar a una «carga viral indetectable» en la sangre. Las pruebas muestran que las personas con una carga viral indetectable no pueden transmitir el virus a otras personas durante las relaciones sexuales.

Los preservativos y la PrEP (abreviatura de «profilaxis preexposición», que consiste en tomar una pastilla antirretroviral por vía oral una vez al día) pueden ser utilizados por personas que no tienen VIH para reducir el riesgo de contraer el virus.

La pandemia de VIH nos enseñó el valor de una campaña de educación pública bien diseñada. Image: FULLY HANDOKO/EPA/AAP

Lamentablemente, en la actualidad no hay antivirales de eficacia demostrada disponibles para prevenir o tratar la COVID-19, aunque la investigación continúa.

La pandemia de VIH nos enseñó el valor de una campaña de salud pública bien diseñada y la importancia del rastreo de contactos. Es fundamental realizar pruebas a gran escala a las personas adecuadas para comprender el alcance de la infección en la comunidad y permitir intervenciones específicas y adecuadas, tanto individuales como a nivel de la población.

También demostró que las palabras y el estigma importan: las personas deben sentir que pueden hacerse la prueba de forma segura y recibir apoyo, en lugar de ser marginadas. El lenguaje estigmatizante puede alimentar ideas erróneas y la discriminación, además de desalentar las pruebas.

4. Síndrome respiratorio agudo grave (SARS) (2002-2003)

La pandemia actual es el tercer brote de coronavirus de las últimas dos décadas.

El primero ocurrió en 2002, cuando el SARS surgió de los murciélagos de herradura en China y se propagó a al menos 29 países de todo el mundo, causando 8.098 casos y 774 muertes.

Finalmente, el SARS fue contenido en julio de 2003. Sin embargo, el SARS-CoV-2 parece propagarse mucho más fácilmente que el coronavirus original del SARS.

En cierta medida, el SARS fue un ensayo para la COVID-19. Los investigadores que estudian el SARS y el MERS (síndrome respiratorio de Oriente Medio, otro coronavirus que sigue siendo un problema en determinadas regiones) están aportando importantes investigaciones básicasinvestigación fundamental para posibles vacunas contra el SARS-CoV-2.

El SARS también puso de relieve la importancia de la comunicación durante una pandemia.Image: ALEX PLAVEVSKI/EPA/AAP

Los conocimientos adquiridos a partir del SARS también pueden conducir a medicamentos antivirales para tratar el virus actual.

El SARS también puso de relieve la importancia de la comunicación durante una pandemia y la necesidad de compartir información de manera franca, honesta y oportunaintercambio de información.

Sin duda, el SARS fue un catalizador del cambio en China; el Gobierno invirtió en mejorar los sistemas de vigilancia, que facilitan la recopilación y comunicación en tiempo real de datos sobre enfermedades y síndromes infecciosos desde los servicios de urgencias hasta una base de datos centralizada del Gobierno.

Esto se complementó con el Reglamento Sanitario Internacional, que exige notificar los brotes de enfermedades inusuales e inesperados.

Los avances en la ciencia, la tecnología de la información y los conocimientos obtenidos del SARS nos permitieron aislar, secuenciar y compartir rápidamente los datos del SARS-CoV-2 a escala mundial. Asimismo, la comunidad médica recibió pronto información clínica importante.

El SARS demostró con qué rapidez y amplitud podía un virus propagarse por todo el mundo en la era del transporte aéreo, así como el papel de los «superpropagadores».

El SARS también subrayó la importancia del vínculo indisoluble entre la salud humana, animal y ambiental, conocido como «Una sola salud», que puede facilitar el salto de gérmenes entre especies.

Por último, una lección crucial del SARS, aunque quizá pasada por alto, es la necesidad de mantener la inversión en la investigación sobre vacunas y tratamientos para enfermedades infecciosas.

Pocos investigadores de enfermedades infecciosas se sorprendieron cuando estalló otra pandemia de coronavirus. Un mundo globalizado, con personas y ciudades superpobladas y bien conectadas, donde los seres humanos y los animales viven muy cerca unos de otros, ofrece condiciones propicias para las enfermedades infecciosas.

Debemos estar siempre preparados para la aparición de otra pandemia y aprender las lecciones de la historia para afrontar la próxima amenaza.

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