Cuando la gripe española (el virus H1N1) reapareció en 2009, no causó una cifra de muertes tan alta como la pandemia de 1918, en parte debido a los cambios de comportamiento.
Desde lavarse las manos hasta desinfectar el teléfono, estas son cosas que todos deberíamos hacer durante el brote de coronavirus.
En medio de la masacre de la Primera Guerra Mundial, una epidemia de gripe se instaló en las trincheras de primera línea y después se extendió por todo el mundo, infectando a una cuarta parte de la población mundial total y, en última instancia, matando a más personas que la propia guerra.
Antes de que terminara, entre 50 y 100 millones de personas murieron a causa de lo que se conoció como «la gripe española». La tasa de mortalidad aceptada actualmente para la gripe española está entre el 1 y el 3 por ciento, y sus cifras totales de mortalidad son impactantes en parte por su amplio alcance, al propagarse por país tras país en todo el planeta.
Un nombre conocido
La pandemia de gripe española fue provocada por un virus que hoy es de sobra conocido: el H1N1. El H1N1 reapareció en 2009, extendiéndose de nuevo a los rincones más alejados del planeta, pero con solo una pequeña fracción del número de muertes de su primera aparición.
Aunque no se trataba de un virus idéntico, en teoría podría haber sido igual de letal, en parte por su capacidad para matar a personas más jóvenes que no se consideraban vulnerables a la mortalidad asociada a la gripe. La tasa de mortalidad absoluta de la pandemia de H1N1 de 2009 fue del 0,001-0,007 por ciento. El número total de muertos en este caso fue de cientos de miles en todo el mundo, con una proporción desproporcionada que se cree afectada en el sudeste asiático y África.
¿Por qué existen diferencias tan grandes en la mortalidad? Estas dos versiones del H1N1 no tenían el mismo origen, y además existe un impulso evolutivo para que las versiones posteriores del mismo virus sean menos letales. Por tanto, las dos versiones del H1N1 habrían sido diferentes en estos aspectos.
Pero, y esto es importante, el mundo también era diferente. Las condiciones en las que la gripe española se extendió por el mundo eran aberrantes. La Primera Guerra Mundial llevaba varios años en curso, y los frentes en los que surgió la enfermedad eran lugares donde los jóvenes soldados vivían entre cadáveres, ratas y agua contaminada, y tenían pocas oportunidades de higiene personal.
En 2009, incluso las naciones más pobres del mundo tenían mejores condiciones de vida que las que padecía el soldado medio en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Pese a ello, las naciones que tenían la menor capacidad para proporcionar entornos limpios a sus poblaciones fueron las más golpeadas por las infecciones de H1N1, con un gran número de contagios y numerosas muertes.
La propagación de la COVID-19 en China y los casos recientes que aparecen más cerca de casa han hecho que la gente se preocupe por otro escenario de gripe española. No será otra gripe española, pero tenemos una oportunidad importante de controlar la proliferación del virus dentro de nuestras propias poblaciones.
Comportamiento e inmunidad de rebaño
La inmunidad de rebaño es un concepto que procede del campo de la zoología. Se refiere a la capacidad de una población de animales para resistir la infección por un patógeno, como un virus, porque un número suficientemente grande de individuos de la población posee inmunidad humoral a nivel individual. La inmunidad humoral es la capacidad del sistema inmunitario para formar anticuerpos contra un agente infeccioso específico.
Con la inmunidad de rebaño, la transmisibilidad en una población se reduce drásticamente mediante mecanismos inmunológicos. Esta es la teoría que subyace a las vacunas, que refuerzan la inmunidad específica dentro de (idealmente) una proporción muy grande de la población, de modo que una enfermedad transmisible nunca logra asentarse.
Fíjese en el término «mecanismo inmunológico» y considere si el mismo principio podría aplicarse a nivel conductual.

Del mismo modo que las respuestas inmunitarias humorales del organismo repelen la infección, también lo hacen los comportamientos que bloquean las vías de entrada de un agente infeccioso en el organismo. Cuando una proporción muy grande de la población aplica de forma constante comportamientos que reducen la transmisibilidad, las epidemias pueden prevenirse o limitarse enormemente, sin recurrir a la medida reactiva de la cuarentena.
Del mismo modo que la inmunidad humoral no ofrece una protección perfecta al individuo, lo mismo ocurre con la inmunidad conductual; simplemente es importante que una proporción muy alta de la población realice de forma constante conductas preventivas. La protección se produce a nivel del rebaño, más que a nivel individual.
¿Estamos hablando de las cosas equivocadas?
En el contexto de este concepto de «inmunidad de rebaño conductual», los debates actuales sobre la COVID-19 en los medios convencionales y en las redes sociales pueden estar centrados en las cosas equivocadas. En lugar de hablar de escenarios contrafactuales que generan temor (los «qué pasaría si»), debemos centrarnos en estrategias de colaboración masiva que limiten la capacidad de la infección para asentarse en nuestra población.
Una vacuna sería estupenda y llegará finalmente. Pero, mientras tanto, las epidemias como la COVID-19 pueden prevenirse aumentando la prevalencia de conductas preventivas en la población general que impidan su propagación.
Estas medidas incluyen algunas máximas conocidas, ninguna de las cuales se aplica de forma suficientemente coherente, y algunas poco conocidas, que deben adoptarse de manera individual y masiva. Y pronto.
Las conocidas:
lávese las manos con frecuencia y de forma adecuada;
cúbrase la boca (con el brazo) al toser o estornudar;
evite el contacto estrecho con quienes ya están infectados.
Antes de restar importancia a lo anterior por obvio, debemos preguntarnos: ¿los aplicamos con total constancia? ¿Podemos hacerlo mejor? Consideremos también las siguientes conductas, menos obvias pero igual de importantes:
1. Desinfecte la pantalla de su dispositivo móvil dos veces al día
— es una placa de Petri portátil que acumula bacterias y, sí, virus. Son necesarias toallitas antibacterianas, ya que generalmente también eliminan los virus. Limpie su dispositivo al menos dos veces al día, una a la hora de la comida y otra a la hora de la cena (o vinculada a otra rutina diaria). Un estudio publicado recientemente calcula que virus como la COVID-19 podrían persistir hasta nueve días en superficies lisas de vidrio y plástico, como la pantalla de un teléfono móvil.
La boca, la nariz, los ojos y los oídos son todas vías de entrada de los virus al organismo, y los dedos están en contacto constante con superficies que pueden contener virus. Esta medida sencilla es muy difícil de mantener con constancia, pero es esencial para el control de la infección.
3. Use mascarilla solo si usted mismo está enfermo
y reconozca socialmente a quienes son lo bastante responsables como para usarlas cuando están enfermos.
4. Autoaislamiento si está enfermo y tiene fiebre.
5. Involucre a su red social para idear otros cambios de conducta sencillos.
Prevención de la propagación
Fortalecer la inmunidad de rebaño mediante el comportamiento es fundamental para prevenir la propagación de la COVID-19. Debemos hablar más de ello y hacer más al respecto. En medio del mar de incertidumbres que generan temor, esto es algo que depende de nosotros, individual y masivamente.
Hagamos un mejor esfuerzo para aplicar las conductas preventivas anteriores con una gran constancia y a largo plazo.
Y aquí hay un beneficio adicional: también evitaremos la propagación de otras muchas enfermedades infecciosas, incluida la gripe estacional, que mata a más personas en un mes promedio que la COVID-19 en el mes pasado.

