El cierre de las escuelas hace que muchos niños se queden sin su única comida caliente.
Las normas de cuarentena están alterando las cadenas de suministro.
Los gobiernos deben hacer todo lo que esté en su mano para mantener abiertas las rutas comerciales.
Aunque está causando un daño angustioso, la pandemia actual ha generado una oleada de memes menos sombríos. Algunos muestran a personas atrapadas en casa, incapaces de apartarse de la despensa y que van ganando peso. Pero para muchas personas del mundo en desarrollo, los confinamientos significan exactamente lo contrario: no pueden acercarse siquiera a la despensa.
Pensemos en el cierre de las escuelas. En el Norte global, esto supone una molestia para los padres. Dejando de lado las plataformas de aprendizaje electrónico, también representa un revés educativo para los estudiantes, sobre todo si implica posponer los exámenes. Sin embargo, por desalentadora que sea esta situación, no supone una amenaza vital.
En cambio, para muchos niños del Sur global, 85 millones solo en América Latina y el Caribe—el cierre de las escuelas significa que ya no habrá comidas escolares. Esto, a su vez (sobre todo en algunos hogares africanos), significa que se acaba la única comida caliente que cualquiera de los miembros de la familia recibiría en un día.
Ya antes de la crisis del coronavirus, más de 820 millones de personas se acostaban con hambre. Es una cifra enorme, difícil de asimilar, no solo desde el punto de vista moral, sino también desde la perspectiva de las políticas públicas. Al fin y al cabo, el mundo se ha comprometido a acabar con todas las formas de hambre y malnutrición para 2030.
En todo el mundo, la respuesta de las políticas públicas a la pandemia se ha guiado, con razón, por el imperativo de preservar la vida y la salud. Pero una repercusión indeseada podría ser que el hambre se agravara aún más, quizá muy pronto.
A diferencia de lo ocurrido durante la crisis de 2007/2008, y pese a los informes anecdóticos sobre estantes vacíos en los supermercados, el riesgo actual no es que se produzcan escaseces inmediatas. El suministro mundial de alimentos sigue siendo sólido. La gran incógnita son las cadenas de suministro.
Hay indicios de que las normas de cuarentena y los cierres parciales de puertos están causando demoras y obstáculos logísticos en la industria naviera. En medio de las restricciones fronterizas, el transporte por carretera afronta amenazas similares.
La preocupación no se limita a los productos listos para el consumo: las restricciones al transporte pueden afectar gravemente al suministro de fertilizantes, medicamentos veterinarios y otros insumos agrícolas. Mientras tanto, el cierre de restaurantes y las compras menos frecuentes están reduciendo la demanda y, en última instancia, disminuirán la producción. En Occidente, la menor movilidad laboral amenaza con dejar algunos cultivos estacionales pudriéndose en los campos y privar a los productores de sus medios de vida. En África, durante la crisis del ébola, la producción de alimentos cayó un 12%.
Al igual que en el ámbito de la salud pública, donde el impacto del virus se hace evidente semanas después del contagio inicial, los efectos acumulativos de estas perturbaciones del mercado, aunque todavía no sean dramáticos, probablemente se harán visibles ya este mismo mes. Es cierto que los ciudadanos bien alimentados de los países ricos quizá puedan pasar un par de meses sin algunos productos frescos o importados. Pero en el mundo en desarrollo, un niño que sufra desnutrición a una edad temprana quedará con retraso en el crecimiento de por vida.
Por eso no hay tiempo que perder. Los gobiernos, al tiempo que priorizan los objetivos de salud pública, deben hacer todo lo que esté en su mano para mantener abiertas las rutas comerciales y en funcionamiento las cadenas de suministro. Los responsables de las políticas públicas deben convocar sin demora a representantes de la industria alimentaria y de los agricultores para identificar los cuellos de botella y encontrar maneras de eliminarlos. Deben decidir qué categorías de trabajadores agrícolas se considerarán personal esencial y permitirles seguir desplazándose y trabajando según sea necesario, sin menoscabar en modo alguno las medidas de protección correspondientes. Es preciso coordinar los sistemas para garantizar que la información mundial sobre los precios de los alimentos, el consumo y las existencias circule ampliamente y en tiempo real.
Los cierres generalizados, los controles comerciales más estrictos y las políticas introspectivas son respuestas habituales en tiempos de crisis. Estas medidas suelen ser cortoplacistas. Ahora más que nunca, necesitamos cooperación internacional y mecanismos flexibles para preservar la fluidez de los mercados mundiales de alimentos. El coronavirus amenaza con paralizar el mundo tal como lo conocemos. No deberíamos facilitarle la tarea.


