Nuestro mundo posterior al coronavirus se construirá sobre lo que decimos y hacemos ahora

A sign thanking key workers is seen, as the spread of the coronavirus disease (COVID-19) continues, in Herne Hill, London, Britain March 30, 2020. REUTERS/Hannah McKay - RC27UF9X897H
How will coronavirus shape society in the future?Image: REUTERS/Hannah McKay
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  • La crisis a la que nos enfrentamos es histórica, pero la comparación con la guerra debe abordarse con cautela, escribe Javier Solana.

  • La incertidumbre sobre el futuro es inevitable, pero un mundo posterior al coronavirus se construirá sobre lo que decimos y hacemos ahora.

En las próximas semanas, mucho estará en juego de forma colectiva y, para algunos de nosotros, también a título individual. Hoy, la incertidumbre sobre cómo será el mundo posterior a la pandemia es enorme, pero sabemos que se construirá sobre las palabras y los actos que elijamos ahora.

Como muchos lectores sabrán, actualmente me encuentro hospitalizado en Madrid tras haber dado positivo en COVID-19. Mi recuperación ha sido lenta, pero las perspectivas son alentadoras. Aunque estar aislado de mis seres queridos ha sido desagradable, es un alivio que estas penurias nos sobrevengan en el siglo XXI, con tantas herramientas a nuestro alcance para seguir conectados socialmente. Los pasatiempos más tradicionales –escuchar música, leer y, por supuesto, escribir– también han sido un regalo.

Durante muchas horas, he contado con un distinguido compañero para soportar este confinamiento: nada menos que Winston Churchill. Siempre me ha fascinado el primer ministro británico durante la guerra y, en estos días, he podido descubrir nuevos detalles de su vida gracias a una extraordinaria biografía del historiador Andrew Roberts.

La admirable resiliencia de Churchill durante la Segunda Guerra Mundial es una fuente inagotable de inspiración, especialmente en tiempos como estos. Su carácter y su trayectoria, ambos indudablemente complejos, nos recuerdan que el heroísmo es compatible con la imperfección, que la presencia de ánimo es compatible con la contradicción y que el valor es compatible con la vacilación. Personajes como Churchill merecen ser reconocidos, lo que no significa que deban ser glorificados sin espíritu crítico.

En las guerras privadas que muchos de nosotros ya libramos contra la COVID-19, y que muchos otros tendrán desgraciadamente que librar también, sin duda experimentaremos parte de la “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” de los que habló Churchill en mayo de 1940. Pero también debemos tratar de emular su espíritu animoso. Según se informa, el virus altera el olfato y el gusto de algunos pacientes, pero no hay razón alguna para que entumezca nuestro sentido del humor.

Desde un punto de vista colectivo, también tiene sentido inspirarnos en el libro de Churchill. En los últimos días, muchos líderes mundiales han afirmado que estamos en guerra contra el virus y, en cierta medida, tienen razón. Como en cualquier otra guerra, es necesario movilizar recursos y promover con renovada convicción una serie de valores cívicos, como el deber, la camaradería y el servicio público. Los destacados profesionales sanitarios que, en España y en todo el mundo, están dando lo mejor de sí mismos para combatir el virus y aliviar el sufrimiento de los enfermos son un ejemplo para todos nosotros.

Nos enfrentamos a una crisis de proporciones históricas. Pero si lo que estamos viviendo puede denominarse efectivamente guerra, ciertamente no es una guerra típica. Después de todo, el enemigo de hoy es compartido por toda la humanidad, y la movilización de los recursos estatales debe ir de la mano con la desmovilización de la mayor parte de la población.

Es importante no perder de vista estas y otras diferencias. De lo contrario, la retórica bélica podría nublar nuestro juicio y dejarnos vulnerables a ciertas trampas. Para evitar estos escenarios indeseables, permítanme hacer sonar algunas alarmas y formular algunas advertencias.

En primer lugar, no debemos confundir el liderazgo firme –que sin duda será necesario en estas circunstancias tan difíciles– con el liderazgo inflexible. Debe concederse a nuestros gobiernos el margen de maniobra suficiente para hacer frente adecuadamente a esta emergencia, pero eso no debe interpretarse como carta blanca – ni ahora ni nunca.

Garantizar la máxima preservación de las libertades civiles y seguir exigiendo cuentas a nuestros líderes no es solo un imperativo ético; también es nuestra mejor línea de defensa frente a amenazas como la que enfrentamos hoy. Hacerlo no debilita nuestras sociedades; al contrario, enriquece el debate público y, por tanto, aumenta nuestras posibilidades de identificar las respuestas más adecuadas.

En segundo lugar, no debemos confundir la responsabilidad patriótica –que sin duda será necesaria y bienvenida– con formas exclusivas de nacionalismo. No es momento de buscar chivos expiatorios ni de sucumbir al pánico y dar rienda suelta a nuestros peores instintos. La crisis en curso solo se resolverá mediante la racionalidad, la compasión y el entendimiento mutuo, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Deben explorarse todas las vías de cooperación científica y tecnológica internacional, y siempre con espíritu de solidaridad, que hoy, más que nunca, coincide plenamente con nuestros propios intereses. La clave para superar la crisis actual es garantizar que la difusión mundial de las mejores prácticas avance más deprisa que la propagación mundial del virus.

Por último, debemos asegurarnos de que el panorama socioeconómico que surja de esta guerra metafórica no se parezca en modo alguno al que queda tras una guerra real. Los esfuerzos de reconstrucción deben, en otras palabras, concebirse de forma preventiva y no reactiva, y los mecanismos amortiguadores de choques deben empezar a funcionar a pleno rendimiento de inmediato.

Tanto las instituciones de la Unión Europea como los Estados miembros de la UE deben comprometerse a hacer todo lo necesario al respecto para estar a la altura del desafío. Otras organizaciones y foros multilaterales también serán indispensables para diseñar una respuesta conjunta eficaz. Mirando más hacia el futuro, tendremos que asegurarnos de no olvidar las numerosas virtudes de la globalización, que, por supuesto, requiere una reevaluación cuidadosa, pero no un rechazo frontal.

En las próximas semanas, mucho estará en juego de forma colectiva y, para algunos de nosotros, también a título individual. Hoy, la incertidumbre sobre cómo será el mundo posterior a la pandemia es enorme. Pero sabemos que se construirá sobre las palabras y los actos que elijamos ahora. Por ello, haremos bien en mirar al mal que tenemos delante a los ojos, sin perder nunca de vista nuestro propio futuro y el de las generaciones venideras.

La humanidad ha superado pruebas más duras que esta, y las acciones necesarias ahora no son en modo alguno equiparables a las emprendidas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, aunque la crisis de la COVID-19 no llegue a recordarse como la “hora más gloriosa” de nuestros respectivos países, para tomar prestadas las palabras de Churchill, que al menos se recuerde como nuestra.

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