Arancha González, exdirectora ejecutiva del Centro de Comercio Internacional y ministra de Asuntos Exteriores de España, sostiene que la cooperación internacional es la única manera de hacer frente con éxito a la pandemia de coronavirus.
Por ello, cree que el mundo verá el regreso del multilateralismo y el fortalecimiento de instituciones y organizaciones internacionales como la OMS y la UE.
En la lucha contra la pandemia de COVID-19, las respuestas nacionales son vitales, pero a medio plazo la cooperación internacional será nuestra mejor arma. Reformar y reforzar las instituciones y los mecanismos que sustentan esa cooperación será nuestra mejor defensa frente a futuras amenazas mundiales.
Mientras el mundo se esfuerza por contener la COVID-19 y mitigar su impacto en nuestras vidas y medios de subsistencia, debería quedar claro para todos que la cooperación internacional es la única manera eficaz de ganar la batalla. Las respuestas nacionales son vitales, pero a medio plazo el multilateralismo será nuestra mejor arma en esta lucha y nuestra mejor defensa frente a futuras amenazas mundiales.

Mi país, España, está en primera línea de la pandemia. El coronavirus nos golpeó antes y con más fuerza que a la mayoría de los demás países. Lamentamos miles de muertes. Nuestro sistema sanitario ha sido sometido a una prueba extrema. La población soporta un largo confinamiento con un sentido cívico ejemplar. Y hemos tenido que adoptar medidas sin precedentes para proteger nuestra economía.
Como gobiernos, nuestra responsabilidad primordial es hacia nuestros ciudadanos. Pero sabemos que ningún país estará completamente a salvo hasta que todos controlen la pandemia y, finalmente, la erradiquen. Nuestra desunión internacional inicial solo ha fortalecido a nuestro enemigo y nos ha alejado aún más de nuestro objetivo común.
A partir de algunas de las lecciones que todavía estamos aprendiendo, necesitamos urgentemente concebir un enfoque más eficaz de la salud pública mundial que integre nuevas políticas e iniciativas internacionales, europeas y nacionales.
En primer lugar, en el ámbito internacional necesitamos un marco más eficaz para prevenir, detectar y responder a las enfermedades y pandemias, basado en instituciones reforzadas y nuevos mecanismos diseñados para evitar algunos de los fallos que hemos presenciado. Los nuevos acuerdos institucionales deberían basarse en una Organización Mundial de la Salud revitalizada y reformada, con mandatos más amplios y mayores facultades de aplicación. La OMS debería tener capacidad para diseñar e imponer mejores protocolos de preparación y respuesta, exigir el intercambio de datos y movilizar los recursos que sean necesarios.
Un marco mundial de salud con capacidad de hacer cumplir sus normas también debe ser lo bastante ágil para abarcar toda la cadena de intervenciones de salud pública, desde la investigación científica y la alerta temprana hasta la formulación, aplicación y evaluación de políticas. Por eso, además de las reformas necesarias del proceso de toma de decisiones de la OMS y de su Comité de Emergencias, no debería pasarse por alto el potencial de otras plataformas y organizaciones internacionales para contribuir al sistema mundial de salud que necesitamos.
Por ejemplo, el G20 y el G7 pueden ayudar a reunir la voluntad política necesaria. El Banco Mundial y otros bancos regionales de desarrollo están en una posición privilegiada para movilizar recursos destinados a reformar la atención sanitaria. Y organizaciones como la OCDE cuentan con una gran capacidad analítica para identificar las mejores políticas y prácticas sanitarias. En general, debemos promover un «enfoque de Una sola salud» que reúna las dimensiones ambiental, económica, social y de seguridad de la salud pública.
En segundo lugar, la Unión Europea debería ofrecer un modelo de preparación y gestión de crisis que otras regiones puedan emular, poniendo en común recursos y concibiendo nuevos mecanismos de acción conjunta. Además de liderar la creación de un marco mundial de salud nuevo y más sólido, la UE puede y debe mejorar su propia coordinación interna. Al fin y al cabo, la colaboración sectorial en materia de carbón y acero dio origen a la UE, el mecanismo de gobernanza mundial más innovador que ha conocido el mundo. Ahora necesitamos un nivel de ambición similar para hacer frente a los desafíos sanitarios que compartimos.
Una mayor integración europea en este ámbito reportaría varios beneficios importantes. El Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades debería contar con más autonomía y recursos. Podría crearse una auténtica Unidad Europea de Gestión de Crisis, dotada de medios para garantizar una respuesta rápida ante una emergencia. También deberían realizarse pruebas de resistencia sistemáticas de los sistemas sanitarios nacionales para evaluar la resiliencia de los Estados miembros de la UE frente a las perturbaciones. Al igual que las rigurosas pruebas de resistencia realizadas en nuestros sectores financieros, este proceso debería permitir corregir deficiencias, compartir mejores prácticas y desarrollar herramientas de coordinación.
Además, la UE debería invertir en bases de datos conjuntas, reservas médicas y existencias de suministros. Asimismo, debería armonizar protocolos y promover la colaboración científica para desarrollar tratamientos y vacunas. A corto plazo, los países europeos deberían cooperar en una estrategia coordinada de transición para reactivar la economía sin desencadenar un nuevo brote.
Por último, en el ámbito nacional, todos tenemos mucho que hacer, como deber no solo hacia nosotros mismos y los habitantes de nuestros países, sino también hacia nuestros vecinos y la comunidad internacional en su conjunto. En España, crearemos una comisión para evaluar el estado de nuestro sistema sanitario y corregir sus debilidades y deficiencias. Pero, como sabemos que las pandemias afectan con mayor dureza a las personas más vulnerables del mundo, también reforzaremos nuestra diplomacia sanitaria. Fortalecer los sistemas sanitarios nacionales exige compartir nuestra experiencia con otros países y aprender de la suya, así como dar más prioridad a las reformas del sector sanitario en nuestra cooperación para el desarrollo.
Si tomamos medidas como las que aquí se proponen, esta pandemia nos dejará mejor preparados para la próxima. Pero deberíamos buscar un lado positivo más amplio. La cooperación internacional en materia de salud debería extenderse a otros «males públicos» mundiales que no hemos logrado abordar eficazmente: el cambio climático, los conflictos armados, la pobreza, el aumento de la desigualdad, la migración internacional, la proliferación nuclear, el terrorismo y otros más. Es posible que ahora estos desafíos parezcan menos urgentes, pero las amenazas que plantean para todos nosotros persisten.
En nuestro mundo interconectado, necesitamos revitalizar el multilateralismo haciéndolo más coherente y adecuado a su propósito. Eso significa reforzar las instituciones y los mecanismos que funcionan, reformar o eliminar los que no funcionan y crear los que necesitamos. Esta crisis nos recuerda nuestra fragilidad y la importancia de la unidad internacional. No deja lugar a dudas de que estamos juntos en esto. Y deja claro por qué debemos considerar una cooperación más estrecha en materia de salud pública mundial como catalizador del multilateralismo que necesitamos.
