A medida que aumentan las infecciones por coronavirus en América y Europa, los hospitales se están quedando cada vez más sin recursos para tratar a los pacientes.
Entonces, ¿quién recibe el último respirador de emergencia o la última cama en la UCI?
Muchos países están dando prioridad a quienes tienen «más posibilidades de éxito» o a quienes «tienen más años potenciales de vida».
Las pandemias ponen los dilemas éticos en primer plano, de forma cruda y terrible. En todo el mundo, los hospitales no han podido atender a los millones de personas que necesitan tratamiento contra el coronavirus. China creó hospitales improvisados y denegó tratamiento a quienes necesitaban atención por problemas ajenos al coronavirus; los italianos esperan una hora al teléfono para comunicarse con los servicios de emergencia. Pocos países estarán en mejor situación: Estados Unidos tiene menos de 100.000 camas de UCI, y se prevé que necesitará al menos 200.000 para hacer frente al coronavirus; el Reino Unido tiene apenas 8.200 respiradores y está recibiendo otros 3.800.
Cuando los sistemas de salud se ven desbordados por un número de pacientes mayor del que pueden atender de manera realista, el personal médico se ve obligado a decidir quién debe recibir los respiradores y las camas de UCI disponibles. Quartz habló con ocho especialistas en ética, quienes coincidieron en que, en situaciones tan extremas, debe darse prioridad a quienes tienen más posibilidades de sobrevivir. A pesar de la unanimidad, todos estuvieron de acuerdo en que esta decisión dista mucho de ser fácil y no debe tomarse a la ligera.
Distintas teorías morales, la misma respuesta
La decisión de dar prioridad a quienes tienen buenas probabilidades de sobrevivir está respaldada por varias teorías morales. El utilitarismo, por ejemplo, sostiene que la moralidad está determinada por las consecuencias de las acciones y que, por tanto, debemos procurar el mayor bien para el mayor número de personas. «Si damos tratamientos escasos a quienes no pueden beneficiarse de ellos (y tienen muchas probabilidades de morir de todos modos), no solo morirán ellos, sino también quienes tienen más probabilidades de sobrevivir (pero necesitan asistencia respiratoria)», afirma Lydia Dugdale, profesora de Medicina y directora del Centro de Ética Clínica Médica de la Universidad de Columbia. «No es justo distribuir los recursos escasos de una manera que reduzca al mínimo las vidas salvadas».
Una teoría contractualista, que basa la ética en el contrato social que aceptaríamos si desconociéramos nuestra posición en la sociedad, llega a la misma conclusión. Joshua Parker, médico general en formación (médico de atención primaria) que fue coautor de un artículo sobre la ética de la atención durante la pandemia de coronaviruspara el Journal of Medical Ethics, señala el concepto del «velo de la ignorancia» del filósofo John Rawls como una forma de determinar cuál es la acción justa: «Tras el velo de la ignorancia, me despojo de todo conocimiento sobre mi posición. No sé si seré mayor o joven, rico o pobre, estaré sano o enfermo, seré hombre o mujer; tampoco sé si contraeré la COVID-19 y, en caso de hacerlo, qué recursos necesitaré», escribe en un correo electrónico a Quartz. Este experimento mental facilita juzgar qué es justo para la sociedad en su conjunto. Alex John London, director del Centro de Ética y Políticas de la Universidad Carnegie Mellon, coincide: «Esos agentes podrían estar de acuerdo en que, durante una pandemia, cuando no se puede salvar a todo el mundo, los sistemas de salud deben utilizar sus recursos para salvar tantas vidas como sea posible, porque esa es la estrategia que ofrece a cada persona una oportunidad justa de llevar adelante su proyecto de vida».
Incluso las teorías éticas que suelen divergir probablemente conduzcan a esta conclusión. El utilitarismo, que se centra en las consecuencias de una acción, suele contraponerse a la deontología, que sostiene que la moralidad está determinada por el acto en sí. «El deontólogo bien podría empezar con un argumento de justicia: cada persona tiene valor individual y debería tener las mismas posibilidades de recibir atención médica», afirma Anders Sandberg, filósofo del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford. Pero si eso es sencillamente imposible, la teoría no se sostiene. «Como dijo Kant: “el deber implica poder”, y si uno no puede realizar una acción, esta no puede ser obligatoria». Un enfoque deontológico que trate a todos por igual resulta insuficiente cuando simplemente no hay equipo médico para atender a todo el mundo; si algunas personas tendrán acceso y otras no, debemos afrontar la cuestión de quién recibe un trato preferente. Por eso, «incluso el deontólogo más acérrimo suele estar de acuerdo» en que está mal tratar a personas con pocas probabilidades de beneficiarse mientras otras necesitan atención, coincide Brian Dearp, director asociado del Programa Yale-Hastings de Ética y Política Sanitaria de la Universidad de Yale y del Centro Hastings.
Los médicos llevan mucho tiempo lidiando con la necesidad de asignar recursos ante una demanda abrumadora, desde mucho antes del coronavirus. Dugdale señala que las directrices de asignación de respiradores, publicadas por el Departamento de Salud de Nueva York en noviembre de 2015 para abordar el problema durante una epidemia de gripe, indican que se estudiaron varias opciones —atender por orden de llegada, hacer un sorteo, dejar la decisión al criterio clínico del médico y dar prioridad a ciertos pacientes, como los trabajadores sanitarios—, pero se consideró que eran demasiado subjetivas o que no permitían salvar al mayor número de vidas. Se descartó la edad como criterio porque discrimina a las personas mayores y hay muchos casos en los que una persona de más edad tiene mejores probabilidades de sobrevivir que alguien más joven.
Así, se decidió «utilizar únicamente factores clínicos para evaluar las probabilidades de supervivencia de un paciente y determinar su acceso a la terapia con respirador». Sin embargo, en caso de empate, aprobaron dar tratamiento a los niños de 17 años o menos antes que a un adulto cuando ambos tuvieran las mismas probabilidades de sobrevivir. Dugdale añade que se está hablando de aplicar estas directrices al tratamiento del coronavirus en Nueva York.
No hay una buena respuesta
Las graves consecuencias de cualquier decisión que se tome en circunstancias tan extremas hacen que, pese al acuerdo, el mejor curso de acción dista mucho de ser favorable. «Diría que dejar morir a algunas personas sin tratamiento NO es ético, pero quizá sea necesario porque no hay buenas opciones», escribe David Chan, profesor de Filosofía en la Universidad de Alabama en Birmingham. «Decir que es ético ignora el componente trágico, y es mejor que los médicos se sientan mal por hacer lo mejor posible en una situación adversa a que estén convencidos de haber hecho lo correcto».
En realidad, es sencillamente la opción menos mala. Es probable que las alternativas, como un sistema de sorteo o dar prioridad a los pacientes más graves, provoquen más muertes. «Hay muchas posibilidades de que invirtamos recursos en pacientes que no sobrevivan y, por tanto, condenemos no solo al paciente que intentamos salvar, sino también al que quedó sin atención porque se agotaron los recursos», afirma Vanessa Bentley, profesora de Filosofía en la Universidad de Alabama en Birmingham. «Se perdieron vidas que podrían haberse salvado».
Aunque existe un amplio acuerdo sobre el mejor enfoque, los matices de aplicar esta decisión siempre serán difíciles. Los médicos no solo deben evaluar con precisión y dar prioridad a quienes tienen más posibilidades de sobrevivir, sino que también puede haber ocasiones en las que el hospital no tenga equipo suficiente para ayudar siquiera a quienes tienen las mismas probabilidades. Italia ha dado prioridad al tratamiento de quienes tienen «más posibilidades de éxito», pero añade como segundo criterio a quienes «tienen más años potenciales de vida». No es tan fácil llegar a un acuerdo sobre este factor secundario, pero, ante el coronavirus, es una cuestión ética que los médicos tendrán que afrontar.


