La pandemia ha dejado al descubierto desigualdades raciales en salud de larga data.
Detrás de estas disparidades hay numerosos factores.
La financiación y las comunicaciones dirigidas pueden ayudarnos a empezar a abordar estos problemas.
De Louisville a Londres, el llamamiento a la justicia social ha alcanzado una intensidad sin precedentes en todo el mundo, mientras voces multiculturales denuncian la brutalidad policial y las disparidades que ponen en peligro la vida de las personas negras. En medio de unas protestas principalmente pacíficas, caen monumentos coloniales y crece la conciencia mundial, incluso en Idlib, Siria, donde un mural en un edificio bombardeado conmemora a George Floyd.
Por desgracia, Floyd, que murió bajo custodia policial en las calles de Minneapolis en mayo, es uno de muchos. Breonna Taylor, Ahmaud Arbery y otras personas corrieron la misma suerte, acaparando titulares en todo el mundo y ocupando la conciencia colectiva. También están las víctimas menos conocidas, como Collins Khosa, de Alexandra, Sudáfrica, quien fue presuntamente golpeado hasta la muerte por policías y agentes de seguridad por beber una cerveza en el patio de su casa durante el confinamiento por la COVID-19.
La Asociación Estadounidense del Corazón condena los actos insensatos de violencia racial y destrucción en comunidades de personas racializadas que ya afrontan factores socioeconómicos que perjudican la salud y acortan la vida. Defendemos la justicia social porque es lo correcto y porque hay pruebas científicas que respaldan el vínculo entre la injusticia social y las desigualdades en salud.
Está bien documentado el impacto desproporcionado por motivos raciales de las enfermedades cardíacas, los accidentes cerebrovasculares, la diabetes y otras afecciones crónicas. Las personas negras y morenas también tienen más probabilidades de carecer de seguro médico y de sufrir efectos negativos en su salud física y mental debido a las desigualdades socioeconómicas. Esto resulta más evidente que en ningún otro lugar en Chicago, donde los residentes del barrio predominantemente negro de Englewood viven, en promedio, 30 años menos que los del barrio predominantemente blanco de Streeterville, situado a apenas 10 millas de distancia.
Dado que los códigos postales influyen más que los códigos genéticos en la salud y la longevidad, es fundamental impulsar un cambio sostenible en las comunidades urbanas, rurales e indígenas desatendidas. Esto es especialmente importante hoy, mientras la COVID-19 sigue avanzando y se cobra más de 690.000 vidas en todo el mundo y más de 158.000 en Estados Unidos al momento de redactar este texto.
La pandemia ha dejado al descubierto desigualdades de larga data. Con 44 estados y el Distrito de Columbia que informan públicamente datos completos o parciales de muertes por COVID-19 según la raza, la mortalidad entre los estadounidenses negros supera en más del doble la tasa entre los hispanos, es 2,3 veces mayor que entre las personas blancas y asiáticas, 1,7 veces mayor que entre los isleños del Pacífico y 1,4 veces mayor que entre los pueblos indígenas.
La densidad de población influye mucho y, aunque surgen focos rurales, las comunidades más pobladas registran tasas de infección más altas. La herramienta más eficaz para frenar la propagación de enfermedades es el distanciamiento social, que supone un desafío para las familias de bajos ingresos, muchas de las cuales viven hacinadas en barrios donde conviven varias generaciones bajo un mismo techo.
Abordar los determinantes sociales de la salud
La Asociación Estadounidense del Corazón lleva mucho tiempo luchando contra las desigualdades en salud y creó la Oficina de Equidad Sanitaria de la AHA para promover y supervisar iniciativas.
Invertimos en organizaciones que superan las barreras derivadas de los determinantes sociales de la salud y el bienestar a través del Fondo de Impacto Social de la AHA y el recién creado Fondo de Impacto Bernard J. Tyson.
Hasta la fecha, la Asociación ha invertido 4,5 millones de dólares en 34 organizaciones que están eliminando barreras para llevar una vida saludable en Boston, Nueva York, Chicago, Flint (Michigan), San Francisco y Oakland (California). A su vez, esa financiación ha impulsado otros 15,9 millones de dólares de inversores adicionales.
Entre las organizaciones que han recibido inversiones está Forty Acres Fresh Market, fundada en respuesta a la escasez de alimentos frescos y saludables en el West Side de Chicago. Esta entidad sin ánimo de lucro entrega unas tres docenas de cajas de frutas y verduras a comunidades desatendidas y a zonas con una alta concentración de personas vulnerables a la COVID-19.
Muchos otros beneficiarios de subvenciones del Fondo de Impacto Social están interviniendo para apoyar a comunidades vulnerables y cubrir los vacíos que dejan las agencias gubernamentales que han reducido o eliminado servicios. Sus esfuerzos colectivos son esenciales para sostener a las comunidades mientras esperamos una vacuna contra la COVID-19 y tratamientos eficaces.
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Incorporar a las comunidades racializadas en los ensayos clínicos
CenterWatch, el principal repositorio mundial de ensayos clínicos, incluye actualmente 442 estudios sobre la COVID-19 que están reclutando pacientes. La Asociación ha concedido 2,9 millones de dólares a 16 equipos científicos que aceleran estudios sobre el impacto del virus en el corazón y el cerebro.
El reclutamiento activo de personas de comunidades racializadas es fundamental para desarrollar tratamientos dirigidos contra la COVID-19 y otras afecciones, y para cumplir la promesa de la medicina personalizada.
El problema es la participación históricamente baja de personas negras e hispanas en la investigación clínica, que puede deberse a la falta de información, las creencias culturales y la desconfianza en el sistema médico. Para algunas personas, la desconfianza se basa en injusticias históricas, como el infame Estudio Tuskegee sobre la sífilis no tratada en hombres negros — realizado por el Gobierno de Estados Unidos sin el consentimiento informado de los pacientes entre 1932 y 1972.
Hoy existen medidas para proteger a los pacientes, entre ellas las juntas de revisión institucional y los comités de ética que supervisan el proceso de los ensayos. El consentimiento informado garantiza que los pacientes entiendan y acepten los posibles riesgos y beneficios de participar en estudios.
Empoderados más allá de la pandemia
La Asociación seguirá invirtiendo en investigación, concienciando y abordando los determinantes sociales de la salud mucho después de que haya pasado la pandemia.
Seguimos abogando por políticas que garanticen un acceso equitativo a las pruebas, la atención médica, el apoyo financiero, los alimentos saludables y la actividad física.
Al mismo tiempo, los equipos de Impacto Comunitario en Puget Sound, Denver, Chicago, Nashville, Jackson, Baltimore y otras localidades colaboran con actores locales para reducir la carga de las enfermedades crónicas.
La Asociación Estadounidense del Corazón lleva casi un siglo promoviendo la equidad sanitaria para todas las personas, y redoblamos nuestro compromiso de superar las barreras raciales y socioeconómicas al bienestar.
Debemos unirnos como una fuerza incansable para lograr un mundo donde las personas vivan más y con mejor salud. Esa es nuestra misión y nuestra contribución a una sociedad más equitativa.


