En 1945, sir Alexander Fleming recibió el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento de la penicilina.
En su discurso de aceptación, sir Alexander habló de la responsabilidad que acompañaba a ese descubrimiento, a saber, que los antibióticos, pese a su capacidad para facilitar procedimientos médicos que de otro modo serían difíciles de realizar sin un gran riesgo de infección, podrían acabar provocando problemas peligrosos. Le preocupaba la posibilidad de que, con el tiempo, las bacterias llegaran a volverse resistentes a esos potentes antibióticos, lo que provocaría infecciones cada vez más letales.
Tenía razón. Las bacterias resistentes a los antibióticos se han convertido en una grave amenaza para la salud mundial. Organizaciones e instituciones de todo el mundo, entre ellas la Organización Mundial de la Salud (OMS), las Naciones Unidas (ONU) y numerosos gobiernos, han emprendido esfuerzos conjuntos para prevenir la resistencia a los antibióticos, y son conscientes de que luchan contra el tiempo. No cabe duda de que, sin una acción cooperativa seria, las infecciones simples que antaño se trataban fácilmente con antibióticos podrían volverse letales. En definitiva, si no se presta una atención seria a este problema, nuestros procedimientos sanitarios actuales son demasiado débiles para ganar la guerra contra las bacterias resistentes a los antibióticos.
¿Cómo podemos, en el poco tiempo disponible, protegernos de esta amenaza muy real para la salud mundial?
En primer lugar, debemos pasar de un comportamiento reactivo a uno proactivo. Y debemos colaborar, compartiendo nuestros datos y mejores prácticas para evitar la duplicación de esfuerzos. Estos esfuerzos ya están en marcha y, al aprovechar estas acciones junto con las opciones tecnológicas, nos estamos acercando a un avance global.
En segundo lugar, mediante la aplicación de nuevas tecnologías de seguimiento y diagnóstico, podemos identificar bacterias para prevenir brotes potenciales en los que una infección de un individuo se propaga rápidamente a otros. Utilizando tecnologías disponibles, como la secuenciación de ADN de nueva generación, podemos determinar de manera eficaz si un paciente concreto alberga una bacteria que podría provocar una proliferación.
En tercer lugar, debemos comunicar la importancia de este problema, no solo dentro de nuestras propias comunidades profesionales, sino a todos los rincones del mundo, incluidas las zonas en desarrollo y devastadas por la guerra. La OMS y la ONU son capaces de transmitir los mensajes necesarios a escala mundial, pero necesitan la cooperación de los gobiernos y de los líderes mundiales.
En la base de todos estos esfuerzos está el poder de la ciencia. Los investigadores desarrollan continuamente nuevos enfoques en sus estudios sobre las bacterias. Al compartir sus resultados, pueden multiplicar el impacto de sus investigaciones. También existe una posible ventaja en poner a prueba teorías y compartir los datos sobre mecanismos de resistencia recién descubiertos, combinando los resultados para revelar las mejores soluciones posibles. Debería convertirse en una práctica habitual pasar de plataformas de chat básicas, como Twitter y Slack, a medios más sofisticados y fáciles de usar para compartir datos.
Los emprendedores tecnológicos y de tecnología médica, con sus equipos dedicados e innovaciones, se cuentan entre las partes interesadas en este esfuerzo, junto con grandes organizaciones de investigación, gobiernos y grandes empresas. El poder de la colaboración es evidente, sobre todo porque disponemos de tiempo limitado para superar la urgente amenaza de las bacterias resistentes a los antibióticos.
La profecía de sir Alexander fue acertada. Depende de nosotros desarrollar las herramientas necesarias para convertir el desafío de esa profecía en una colaboración exitosa que mantenga sano nuestro mundo.


