Tres plantas de una guía de remedios vegetales tradicionales del Sur, encargada por el Cirujano General de la Confederación en pleno apogeo de la Guerra Civil, tienen propiedades antisépticas, según nuevas investigaciones.
Los resultados muestran que los extractos de las plantas (el roble blanco, el tulípero y el bastón del diablo) tienen actividad antimicrobiana contra una o más de tres especies peligrosas de bacterias multirresistentes asociadas a infecciones de heridas: Acinetobacter baumannii, Staphylococcus aureus, y Klebsiella pneumoniae.
“Nuestros hallazgos sugieren que el uso de estas terapias tópicas pudo haber salvado algunas extremidades e incluso vidas durante la Guerra Civil”, afirma la autora principal Cassandra Quave, profesora adjunta del Centro para el Estudio de la Salud Humana y del departamento de dermatología de la Facultad de Medicina de la Universidad Emory.
Quave es etnobotánica y estudia cómo las personas usan las plantas en las prácticas tradicionales de curación para descubrir candidatos prometedores para nuevos fármacos. “La etnobotánica es, esencialmente, la ciencia de la supervivencia: cómo se las arreglan las personas cuando solo disponen de lo que hay en su entorno inmediato”, afirma. “La guía de remedios vegetales de la Guerra Civil es un gran ejemplo de ello.”
“Nuestra investigación podría algún día beneficiar a la atención moderna de heridas, si logramos identificar qué compuestos son responsables de la actividad antimicrobiana”, afirma Micah Dettweiler, primer autor del artículo publicado en Scientific Reports.
Si los investigadores logran identificar los principios activos, “es mi esperanza de que podamos probar después [más a fondo] estas moléculas en nuestros modelos de infección bacteriana de renombre mundial”, afirma el coautor Daniel Zurawski, jefe de patogénesis y virulencia del Departamento de Infecciones de Heridas del Instituto de Investigación del Ejército Walter Reed.
“Siempre he sido un gran aficionado a la Guerra Civil”, añade Zurawski. “También creo firmemente en aprender de todo lo que podamos extraer del pasado, para beneficiarnos ahora del conocimiento y la sabiduría de nuestros antepasados.”
Dettweiler aún era estudiante de grado en Emory cuando oyó hablar de la guía de plantas de la Guerra Civil y decidió investigarla para su tesis de honores. Desde entonces se ha graduado en biología y ahora trabaja como especialista en investigación en el laboratorio de Quave.
“Me sorprendió saber que murieron mucho más soldados de la Guerra Civil por enfermedades que en combate”, afirma. “También me sorprendió lo habitual que era la amputación como tratamiento médico para una herida infectada.”
Alrededor de uno de cada 13 soldados supervivientes de la Guerra Civil regresó a casa con una o más extremidades perdidas, según el American Battlefield Trust.
En la época de la Guerra Civil, de 1861 a 1865, la teoría de los gérmenes se encontraba en sus primeras etapas de desarrollo y empezaba a ganar aceptación de forma gradual. La formación médica formal de los médicos también estaba en su infancia. Un antiséptico se definía simplemente como un tónico usado para prevenir la «mortificación de la carne». Según el Museo Nacional de la Medicina de la Guerra Civil, a veces se usaban yodo y bromo para tratar infecciones, aunque se desconocía la razón de su eficacia.
Otros medicamentos convencionales disponibles en la época incluían la quinina, para tratar la malaria, y la morfina y el cloroformo, para bloquear el dolor.
Sin embargo, los hospitales de campaña militares de la Confederación no tenían un acceso fiable a estos medicamentos debido al bloqueo: la Armada de la Unión vigilaba de cerca los principales puertos del Sur para impedir que la Confederación comerciara.
En busca de alternativas, la Confederación encargó a Francis Porcher, botánico y cirujano de Carolina del Sur, que compilara un libro sobre plantas medicinales de los estados del Sur, incluidos los remedios vegetales usados por los nativos americanos y los africanos esclavizados. “Resources of the Southern Fields and Forests”, publicado en 1863, fue un importante compendio de usos de distintas plantas, que incluía la descripción de 37 especies para tratar la gangrena y otras infecciones. Samuel Moore, Cirujano General de la Confederación, se basó en la obra de Porcher para elaborar un documento titulado “Tabla de suministro estándar de los remedios indígenas para el servicio de campaña y para los enfermos en hospitales generales”.
Para el presente estudio, los investigadores se centraron en tres especies vegetales que Porcher citó por su uso antiséptico y que crecen en la Reserva Lullwater, en el campus de Emory. Incluyeron dos árboles frondosos comunes (el roble blanco (Quercus alba) y el tulípero (Liriodendron tulipifera)), así como un arbusto leñoso espinoso conocido comúnmente como bastón del diablo (Aralia spinose).
Los investigadores recogieron muestras de estas tres plantas de ejemplares del campus, según las especificaciones de Porcher. Obtuvieron los extractos de la corteza y las agallas del roble blanco; de las hojas, la corteza interna de la raíz y la corteza de las ramas del tulípero; y de las hojas del bastón del diablo. Después probaron los extractos con tres especies de bacterias multirresistentes que se encuentran habitualmente en infecciones de heridas.
Acinetobacter baumannii (conocida popularmente como «Iraqibacter» por su asociación con soldados heridos en combate que regresaban de la guerra de Irak) presenta una amplia resistencia a la mayoría de los antibióticos de primera línea. “Se está convirtiendo en una gran amenaza para los soldados que se recuperan de heridas de combate y para los hospitales en general”, afirma Quave.
Staphylococcus aureus se considera la más peligrosa de las numerosas bacterias estafilocócicas comunes y puede propagarse desde infecciones de la piel o dispositivos médicos a través del torrente sanguíneo e infectar órganos distantes. Klebsiella pneumoniae es otra de las principales causas de infección hospitalaria y puede provocar casos potencialmente mortales de neumonía y shock séptico.
Las pruebas de laboratorio mostraron que los extractos del roble blanco y del tulípero inhibían el crecimiento de S. aureus, mientras que los extractos del roble blanco también inhibían el crecimiento de A. baumannii y K. pneumoniae. Los extractos de ambas plantas también impedían que S. aureus formara biopelículas, que pueden actuar como un escudo frente a los antibióticos.
Los extractos del bastón del diablo inhibieron tanto la formación de biopelículas como la detección de quórum en S. aureus. La detección de quórum es un sistema de señalización que las bacterias estafilocócicas usan para fabricar toxinas y aumentar su virulencia. Bloquear este sistema «desarma» esencialmente a las bacterias.
Quave señala que los remedios vegetales tradicionales a menudo se descartan si no atacan y matan activamente a los patógenos, y añade: “Hay muchas más formas de ayudar a curar las infecciones, y debemos centrarnos en ellas en la era de las bacterias resistentes a los fármacos.”
“Las plantas tienen una gran riqueza de diversidad química, lo que es una razón más para proteger los entornos naturales”, afirma Dettweiler. Tiene previsto cursar estudios de posgrado centrados en la investigación de plantas con fines médicos o agrícolas. “Me interesan las plantas porque, aunque no se desplazan de un lugar a otro, son extremadamente poderosas e importantes.”
Un premio del Programa de Educación en Ciencias del Instituto Médico Howard Hughes a Emory, y becas de los Institutos Nacionales de Salud, del Centro Nacional de Salud Complementaria e Integrativa y del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas respaldaron el estudio.




