Crece el temor de que la COVID-19 cause estragos en la Amazonía.
Un niño de 15 años de la tribu yanomami se convirtió en la primera persona indígena de la que se tiene constancia que murió a causa de la enfermedad.
Debido a la naturaleza particular y diversa de las tribus, está resultando difícil encontrar la manera de ayudar a las comunidades indígenas, porque cada pueblo es diferente y, por tanto, necesita una respuesta distinta.
Un niño de 15 años de una remota región de la Amazonía brasileña, cerca de la frontera con Venezuela, murió de COVID-19 el 9 de abril. Miembro del pueblo yanomami, integrado por 35.000 personas, el niño fue la primera muerte conocida en las comunidades indígenas de Brasil durante la pandemia actual. Ahora crece el temor de que la COVID-19 cause estragos en toda la Amazonía.
Este temor no sorprende, dado que se estima que el 90 % de los habitantes originarios de las Américas murió como consecuencia de la colonización europea, especialmente a causa de las enfermedades infecciosas que los europeos trajeron consigo. Memorias colectivas fragmentadas de pandemias mortales de la época de antepasados remotos siguen circulando en relatos de muertes mágicas causadas por extranjeros.
Hemos trabajado con comunidades y federaciones indígenas de la región desde 2005, y hemos sido testigos de su lucha continua contra la deforestación y las consecuencias más amplias de la urbanización implacable: las condiciones mismas que hacen más probable el salto zoonótico y la aparición de nuevas enfermedades infecciosas más probables.
Vidas diversas
Mucho antes de la respuesta del Gobierno, las federaciones indígenas de toda la Amazonía pusieron en marcha amplias campañas para mitigar la pandemia y sus consecuencias socioeconómicas.
No es una tarea sencilla. Los pueblos amazónicos llevan vidas diversas: desde comunidades a las que se llega tras navegar en canoa durante muchos días más allá de las carreteras más cercanas hasta vidas urbanas que dependen por completo de un flujo constante de dinero en efectivo para subsistir; desde propietarios de tierras hasta personas sin tierra; y desde quienes poseen conocimientos tradicionales sobre alimentos y medicinas del bosque hasta quienes rechazan las costumbres antiguas en favor de los teléfonos móviles y los videojuegos. El impacto de la COVID-19 en los pueblos indígenas será tan diverso como sus circunstancias.

Para las pocas comunidades remotas que aún gozan de autonomía funcional, poco ha cambiado: el mundo exterior es una amenaza que no deja de avanzar y cuanto más tiempo se pueda mantener el aislamiento, más tiempo podrá garantizarse la supervivencia cultural.
Muchos pueblos amazónicos son especialmente vulnerables a las enfermedades infecciosas. Están expuestos a los efectos de la minería y la extracción de petróleo, así como al racismo institucionalizado, que les dificulta acceder a una buena educación, atención sanitaria y empleo.
Una amenaza entre muchas
La extracción de recursos, tanto legal como ilegal, continúa a pesar del confinamiento. De hecho, las operaciones ilegales se están expandiendo ante la falta de una resistencia activa, ignorando las restricciones de viaje y posiblemente aumentando la propagación de la infección. Algunos sospechan que mineros ilegales podrían haber llevado la COVID-19 a los yanomami.

Preguntamos a nuestra red de contactos en las regiones del Alto Napo ecuatoriano y Ucayali peruano sobre las percepciones locales de las necesidades y los deseos. Aunque ahora mismo no podemos contactar con muchas personas, que se han retirado a aldeas y comunidades sin internet, el mensaje de las comunidades kichwas accesibles por carretera es unánime: les preocupa la nueva enfermedad, pero el confinamiento plantea una inquietud mucho mayor. Un curandero tradicional nos dijo: «Tenemos plantas para curarnos, pero ahora que no nos permiten ir a ninguna parte, no podemos ganar dinero».

Muchas familias indígenas necesitan llevar sus productos al mercado para complementar lo que producen para subsistir, abastecer de combustible generadores y canoas, pagar deudas y acceder a teléfonos o internet. El confinamiento impide todo esto. Sin prestaciones sociales ni otro tipo de apoyo económico, esto resulta tan devastador en la Amazonía como en cualquier otro lugar.
Entre las comunidades indígenas de las periferias urbanas del Napo, crece el interés por plantar árboles y plantas medicinales como respuesta a la pandemia. Sin embargo, para el número cada vez mayor de familias indígenas sin acceso a la tierra —cuyos territorios han sido invadidos, degradados y divididos en parcelas cada vez más pequeñas—, la situación es catastrófica. Como era de esperar, las mujeres y los niños son quienes más sufren, mientras el consumo de alcohol y la violencia doméstica aumentan junto con el aburrimiento y la desesperación.
Mientras escribimos, las comunidades indígenas de toda la Amazonía están tomando las riendas de la situación. Están cerrando las rutas de acceso y adentrándose aún más en el bosque. Siempre que pueden, se refugian en territorios ancestrales, a veces en lugares de importancia cultural o espiritual.

